El Servicio de Pastoral Vocacional de la CEE busca crear «una cultura vocacional que ayude a plantearse la vida como vocación»

El Servicio de Pastoral Vocacional de la CEE busca crear «una cultura vocacional que ayude a plantearse la vida como vocación»

El sacerdote operario José Benito Gallego Marchante, más conocido como Jotabé, es desde el pasado 2 de octubre el nuevo director del Servicio de Pastoral Vocacional de la Conferencia Episcopal Española. El actual rector del Templo de Santa Catalina en Valencia nos cuenta en qué consiste este servicio y analiza la situación de la pastoral vocacional en España.

¿Cómo surgió el Servicio de Pastoral de la Vocación de la CEE y qué función tiene?

Tradicionalmente, la pastoral vocacional, en buena parte de las diócesis de España, ha estado muy vinculada a los seminarios; por tanto, la promoción era la de la vocación sacerdotal. Esto no anula esa otra pastoral juvenil y vocacional que congregaciones e institutos religiosos promovían en sus realidades y plataformas de apostolado.

Desde hace algunos años, y gracias a las diferentes experiencias en la pastoral de la vocación, como fue la peregrinación europea de jóvenes a Santiago en 2022 con el ‘Pórtico de la Vocación’, la Conferencia Episcopal Española ha ido reflexionando progresivamente este marco de la pastoral de la llamada.

Se trata de que en todas las realidades eclesiales (diócesis, congregaciones, asociaciones y movimientos laicales) se proponga también la promoción de la vida como vocación. ¡Servir a la vocación en las vocaciones!

De esta forma nació el Servicio nacional de Pastoral de la Vocación de la CEE, no sólo para nuestras diócesis, sino para todas las realidades eclesiales. Esto significa que en las delegaciones diocesanas de Pastoral Vocacional estén personas de todas las vocaciones (clero, vida consagrada, familias, laicos y misioneros), concibiendo así la Pastoral Vocacional en sentido amplio.

Por tanto, este servicio, a diferencia de las estructuras de las comisiones y subcomisiones episcopales, se trata principalmente de un proyecto de comunión entre varias realidades de la CEE para ir creando en nuestra Iglesia que peregrina en España una cultura vocacional que ayude a que niños, jóvenes y adultos se planteen su vida como vocación, teniendo como génesis el sacramento del bautismo y como horizonte la llamada a la santidad.

¿Cómo es la colaboración entre distintas instituciones (CEE, CONFER, CEDIS…) en el ámbito de la pastoral vocacional?

Más que colaboración, es un cauce de comunión entre las diferentes comisiones episcopales que integran el Servicio nacional de Pastoral de la Vocación: laicos, familia y vida (con juventud e infancia), vida consagrada, clero y seminarios, misiones, pastoral educativa y catequesis. Cuenta también con la presencia de CONFER (religiosos) y CEDIS (institutos seculares).

A un nivel más práctico, todas estas realidades de la Iglesia se unen para animar la pastoral vocacional en coordinación con los diferentes Servicios diocesanos de Pastoral Vocacional en las diócesis y realidades eclesiales para que también se incluyan miembros del clero diocesano, vida consagrada, laicos, jóvenes, matrimonios y misioneros.

Especialmente, este trabajo conjunto se pudo apreciar en la organización y desarrollo del Congreso de Vocaciones, en febrero de 2025. Pero desde hace unos años, ya se viene trabajando en cómo plantear la cuestión vocacional como elemento transversal de nuestras campañas (día de la vida consagrada, día del seminario, apostolado seglar, misiones, jornada pro-orantibus, semana de la familia, etc.) y acciones pastorales como es la organización y desarrollo del encuentro de responsables de los Servicios diocesanos de Pastoral Vocacional y la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y Vocaciones Nativas.

Por delante quedan otras acciones de trabajo: encuentro con los responsables de Pastoral Vocacional en las provincias eclesiásticas, diócesis, congregaciones religiosas; crear un Consejo Asesor de Pastoral de la Vocación; organización de un encuentro anual vocacional; propuesta de cursos formativos sobre discernimiento y acompañamiento; encuentros de para acompañantes y de oración; ofrecer bibliografía vocacional y listado de ejercicios espirituales; aprovechar la web del Congreso de Vocaciones como espacio web de Pastoral de la Vocación, etc.

Uno de los grandes hitos ha sido el Congreso de Vocaciones. ¿Qué balance haces pasados ya unos meses de su celebración?

Lo que la Iglesia en España vivió por medio de la celebración del Congreso de Vocaciones ‘¿Para quién soy?’, fue una gran fiesta de toda la asamblea de los llamados para la misión. ¡Eso es la Iglesia! Y ciertamente que esta experiencia ha sido altamente valorada por todas las personas que estuvieron implicadas en las etapas del pre-congreso, con los itinerarios de trabajo y grupos de discernimiento, y en los días de celebración, con una amplia representación de todas las realidades eclesiales por medio de los congresistas. También la Hermandad participó activamente.

Sin duda que, en mitad del invierno pasado, el Congreso de Vocaciones fue un verdadero pentecostés vocacional que nos traslada ahora a una nueva etapa, la del post-congreso; es decir, este es el tiempo sereno y reflexivo para acoger toda la riqueza de aquel trabajo e ir injertándolo transversalmente en toda la pastoral de la Iglesia.

Sin duda que el balance es muy positivo, pues nos impulsa a hacer prevalecer el alma vocacional en toda la pastoral de la Iglesia y organizar la pastoral de la llamada. También en la pastoral con adolescentes y jóvenes de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.

Si el Congreso de Vocaciones afirma que «hablar de vocación es hablar del camino de la vida», la primera valoración está en que cada uno de nosotros ha sido soñado y amado por Dios. Por tanto, en ese amor se encierra una llamada personal y única. ¡Toda vida es vocación!

En un mundo que a menudo propone caminos rápidos, fáciles y sin compromisos, la segunda valoración está en que la Iglesia, por medio del kerigma y evangelio de la vocación y de la propuesta de una cultura vocacional, nos sigue anunciando que vale la pena descubrir para qué hemos sido creados y a qué estamos llamados. Hacer de nuestra vida un continuo sí que libera y transforma. ¡Toda edad es vocacional!

Así pues, este kerigma y cultura vocacional no es solo para algunos, sino para todos los bautizados. Se trata de abrir el corazón a Dios, escuchar su voz y caminar con alegría hacia la misión que nos confía. ¡Todas las vocaciones son necesarias en la Iglesia y para el mundo! ¡Todos somos misión!

¿Hay fórmulas mágicas para la difícil situación vocacional, incluso crisis, en un país como España?

No. Desconozco si las hubo en otra época similar a la actual. Lo que sí sigue siendo increíble es el Evangelio que, como en otras épocas, continúa inspirando propuestas provocativas, derramando gracias abundantes y transformando la vida de las personas para responder con un sí definitivo a la llamada que Jesús les hace, a la misión que nos confía a todos.

Lo que ocurre es que esa difícil situación vocacional, que la hay, se empareja con la crisis antropológica de comprensión de lo que somos. Por eso se puede decir que el paradigma actual es el de «personas sin vocación», porque corresponde a cada uno darse un propósito, arreglarse un sentido. De modo que lo «vocacional» se reduce a una mera elección donde cada uno pone sus reglas y hace un ejercicio autónomo de, simplemente, optar.

Por tanto, los elementos antropológicos esenciales para la vocación están en crisis. Los jóvenes carecen de herramientas básicas para la vida, desconocen la gramática elemental de la existencia. Por un lado, ansían la exacerbada búsqueda de libertad, propia de la modernidad, que quiere a toda costa generar sujetos autónomos e independientes. Consiguientemente, si el paradigma de hoy sitúa en el centro esta libertad y la búsqueda de bienestar, se convierten en el foco de toda decisión; no hay cabida a la entrega con amor, centro de un paradigma vocacional. Así, este proceso de sobredimensionamiento de la libertad, reduciéndola a su dimensión negativa (que nada ni nadie te oprima ni limite, que lo puedas todo y no tengas que renunciar a nada ni cerrar ninguna puerta…), induce a olvidar la dimensión positiva basada en la capacidad de cumplimiento del propio ser en el amor y en la responsabilidad. Por tanto, en una sociedad que prima la eficacia y la utilidad por encima de todo, se debilita cualquier búsqueda del bien común.

¿Qué papel desempeñan las redes sociales en la pastoral vocacional?

En el Servicio de Pastoral de la Vocación, del que hemos hablado en la primera pregunta, queremos desarrollar una serie de claves teológico-pastorales en las que se apoyen todas las iniciativas futuras, como son: entender y proyectar nuestra vida cristiana como vocación; subrayar la llamada personal de Jesús partiendo de la importancia esencial del sacramento del bautismo; y seguir posteriormente con el acompañamiento y el discernimiento vocacional de todas las vocaciones. ¡Todos por todos!

El propósito es crear un ecosistema, una cultura vocacional, un humus, donde las personas descubran qué hacer con su vida persiguiendo un sentido y plenitud que no alcanzarían por otros caminos, escuchando la llamada del Señor y asumiendo lo radical y exigente de toda vocación y estado de vida.

Es tarea multidimensional, y la creación de una cultura vocacional pide repensar el lenguaje y las prácticas de nuestras comunidades e instituciones. Hablar de la vocación y mostrar las vocaciones desde dentro del mundo digital, utilizando las herramientas tecnológicas como mediaciones de gracia y cauces de promoción, sin renunciar nunca a la verdad del Evangelio. Evangelizar en este tiempo no es cambiar el mensaje, sino dejar que Cristo brille con lenguaje nuevo en los nuevos areópagos del mundo. Y, ciertamente, el uso y el dominio de las redes sociales (imágenes, textos, vídeos) pueden ayudar a entender e interiorizar que somos vocación; ayudar a escuchar esa llamada concreta y específica para cada uno; mostrar testimonios de personas capaces de responder a esta llamada.

Pero ciertamente, de la red social hay que pasar a la relación personal. Así, el Servicio de Pastoral de la Vocación quiere potenciar el cuidado y la formación de los acompañantes, crecer en la vida de oración y sacramental y en la formación vocacional de todas las vocaciones.

¿Existe alguna propuesta para las cada vez más habituales «vocaciones tardías»?

Anteriormente decíamos que toda vida es vocación. Por tanto, ¡toda edad es vocacional! Esto choca frontalmente con la tradicional codificación reductiva: «vocación temprana o vocación tardía».

Sabemos que la vocación no se reduce a un trabajo o a una tarea o a una edad idónea y productiva, sino que tiene que ver más con «el ser» que con el hacer. La tarea vocacional no deja de ser una concreción de la misión a la que «uno es enviado desde lo que es». La vocación aúna la identidad y la misión, de modo que no nace una al margen de la otra, sino que, de alguna manera, van de la mano, de manera que uno/a «es hecho, es llamado». La vocación constituye la persona en cuanto tal, porque la constituye como relación con Aquel que la crea, que le llama.

Por lo tanto, nunca podemos olvidar que el punto de partida es que somos amados, en todo momento y siempre. Lo original, lo primero y temprano es: ¡ser llamado es ser amado! Y por un amor que nos trajo a la existencia, que nos regaló la vida de manera incondicional. Nadie se ha dado la vida y nadie se la ha ganado a base de méritos o capacidades personales. La primera vocación que recibimos es: ¡la existencia! La vida es don. Vocación, que es universal, de todos.

Y habría una segunda vocación universal: ¡a la dicha! No se nos da la vida para arrastrarnos por la existencia sino para llenarla de dicha, «de VIDA», con mayúsculas.

Este es el fundamento antropológico de la vocación, previo al Bautismo, que el Papa Francisco nos recordó en Christus Vivit. Nuestro ser más íntimo está en ser don, lo cual hace referencia al Dador, sobre el que se funda nuestra existencia. Efectivamente, la vocación no es un extra a lo que somos en un determinado momento de nuestra vida (edad), ni es un añadido a la estructura antropológica fundamental; es lo que somos: ¡somos vocación!

Por ejemplo, es bonito pensar que el nombre que tenemos cada persona es reflejo de esto. Al principio, nuestro nombre nos es dado y eso nos identifica. «Y con ese nombre se nos llama», porque antes que, llamado a algo concreto por nuestro nombre, ¡somos llamados con un nombre!

El segundo estadio es el camino para alcanzar «la dicha». Aquí sí importa la edad, las características personales, las circunstancias de vida, la madurez en los procesos que, necesariamente, pasa por acoger este don que somos por parte de nuestra libertad y hacerlo florecer en la dinámica de convertirse en donación. Es en el «darse» donde encontramos las dos dimensiones necesarias para la vida: sentido y gusto. ¡Y la edad, como la experiencia, cuenta!

Sentido tiene que ver con el saber, con hallar la respuesta al porqué y al para qué profundos de la propia existencia. Aporta significado, dirección, densidad, hondura… De alguna manera impide una existencia vacía. El gusto tiene que ver con sabor, alegría, gozo… Ambas son necesarias para la plenitud de la persona, y ambas se alcanza al descubrir y responder a la vocación específica de cada persona, el modo de concretar el «ser donación».

En resumen, que la vida es vocación y que la dicha pasa por saberse donación, ¡esto es de todos y para todos! Y esto se concreta en los diferentes estados de vida y misiones, que son las vocaciones específicas de cada persona. Así, pues, no podemos hablar de Vocación sin vocaciones (concretas) y no tienen sentido las vocaciones (tempranas o tardías) sin Vocación.

Por tanto, esto no es un privilegio de unos pocos, sino que ¡todos somos y tenemos vocación! Todas igual de importantes e imprescindibles, a cualquier edad y momento de nuestra vida: sacerdocio, vida consagrada, laicado, matrimonio, etc. Seguramente, vivir en plenitud la propia vocación es desde donde mejor pueden valorarse las otras vocaciones.

Ahora bien, volviendo al adjetivo «tardías» de la pregunta, el Servicio de Pastoral de la Vocación no sólo es un proyecto de comunión y trabajo entre clero, vida consagrada, familias, laicos y misioneros, sino que entre sus objetivos busca «cómo insertar la cuestión vocacional» en la pastoral educativa y pastoral familiar, en los itinerarios de la iniciación cristiana y catequesis, en el catecumenado de adultos y preparación al matrimonio, en los procesos de pastoral con adolescentes y jóvenes, en las nuevas experiencias de primer anuncio y retiros intensos de evangelización o kerygmáticos durante un fin de semana, etc. Ciertamente que estas últimas experiencias despiertan en muchos jóvenes y adultos una inquietud vocacional, a veces radical. Lo óptimo es saberlas conducir hacia personas formadas y con experiencia en la acogida, escucha, acompañamiento y discernimiento; muchas de ellas ya están en los Servicio diocesanos de Pastoral de la Vocación, como ámbito de comunión y de trabajo vocacional.

¿Qué esperas aportar en esta nueva misión?

Fundamentalmente trabajo. Trabajo en equipo. Con ilusión y alegría. Dando lo mejor de uno mismo desde la clave de este proyecto: el de una cultura vocacional que, por medio del anuncio del Evangelio de la vocación, ayude a que niños, jóvenes y adultos se planteen su vida como vocación, teniendo como génesis el sacramento del bautismo y como horizonte la llamada a la santidad, como ya se ha indicado anteriormente.

¿Qué supone para la Hermandad que un operario desempeñe este servicio? ¿Confía la Iglesia en los Operarios para la pastoral vocacional?

Pues eso, un acto de confianza. También un ejercicio de responsabilidad. Por su carisma, trayectoria y dedicación, la Hermandad sabe y sigue estando al servicio de la pastoral de las vocaciones en la Iglesia y en el mundo.

En una época de su historia, los Sacerdotes Operarios Diocesanos lo hicieron por medio de los colegios de vocaciones eclesiásticas, que ideó el fundador de la Hermandad, el beato Manuel Domingo y Sol, y la formación en numerosos seminarios, tarea que se sigue ejerciendo.

Pero, aunque en palabras de Mosén Sol «la formación del clero es la llave de la cosecha y la renovación de la Iglesia», han existido otros verbos vocacionales (sembrar, cultivar y cuidar) que han despertado en los Operarios numerosas e importantes iniciativas. Unas, en el campo de la formación: Revista Seminarios, Cátedra Mosén Sol, Editorial Sígueme, Casa de la Biblia, Colegio español de Roma. Otras, en el campo del acompañamiento y el discernimiento: institutos de pastoral de la vocación, centros de orientación vocacional y servicios de animación vocacional. También en la pastoral: delegaciones diocesanas de pastoral juvenil y vocacional, colegios y parroquias, templos de reparación eucarística. Últimamente en el cuidado especial de los sacerdotes: Residencia Mosén Sol. Y ahora se añade esta colaboración en el Servicio de Pastoral de la Vocación.

Un breve mensaje para quienes acompañan el discernimiento vocacional de otras personas.

Todo lo expuesto hasta aquí ya es un hermoso mensaje para quienes dedican vida y tiempo a la urgente tarea de acompañar. Por tanto, la mejor palabra es: ¡gracias!

Gracias porque con la tarea de estos acompañantes la Iglesia siempre será una familia vocacional donde se garantiza la comunión entre laicos, consagrados, sacerdotes y obispos, y quien acompaña refleja la diversidad de vocaciones y fortalece la vida de la Iglesia.

Gracias porque estos acompañantes son testigos de cómo la vocación se continúa desarrollando en un contexto concreto y tiene un «para». El acompañante observa cómo cada llamada toca el corazón en un momento y lugar determinados, y siempre apunta al bien del mundo y al servicio de los demás.

Gracias porque con esta tarea del acompañamiento (personas, tiempo, lugares, metodología) seguimos trabajando en pro de una cultura vocacional urgente: toda pastoral debe integrar la dimensión vocacional, promoviendo la apertura a la vida como don, el acompañamiento y la corresponsabilidad.

Gracias porque acompañante y acompañado buscan el discernimiento, que es clave para pasar de los sueños a los retos. Y esto implica: escuchar la voz de Dios en la historia y en las personas permite transformar la inspiración en acción concreta y comprometida.

Que el fuego del Espíritu siga acompañando a estos hermanos y hermanas que tienen ese don y el carisma de estar llamados a transmitir el amor y la alegría de Dios, convirtiéndose en luz y calor para los demás, siendo así testigos del Evangelio.

Y otro para quienes se plantean su vocación.

Como hemos venido desarrollando a lo largo de todos estos párrafos reiterar, que la vida es don. La vida es para donarla. Dios te ama; por ende, Dios te llama. Así es que, ¡responde!

Por ser tu vida una vocación, es un don. Nadie la merecemos, acogerla es tu tarea. Ni si quiera se conquista, agradécela. No la guardes, no la escondas, tampoco la entierres, mucho mejor si la entregas. En el sacerdocio, en la vida consagrada, en la vida matrimonial, como laico comprometido o misionero. Pero, ¡te entregas!

Este camino implica humildad, confianza y disponibilidad. Te ayudarán estos iconos vocacionales: el Cristo de la Llamada y la Virgen de la Vocación.