06 Mar El secreto de la vocación sacerdotal de Ulises Trujillo: “Una decisión que te exige la entrega de toda la vida no se improvisa”
El joven mexicano Ulises Trujillo, ordenado sacerdote el 24 de enero, nos comparte en esta entrevista cómo ha caminado por la senda de la vocación.
El Santuario Diocesano de Ntra. Sra. de Guadalupe, en Coatzacoalcos (México), acogió la ordenación sacerdotal del joven mexicano Ulises Trujillo el pasado 24 de enero. Fue una celebración especial, en la que participaron familiares, amigos, operarios y el Director General de la Hermandad, entre otras personas.
Nacido el 19 de mayo de 1982 en Coatzacoalcos (Ed. Veracruz – México), ingresó en el Aspirantado Mosén Sol de México en 2017. Estudió Filosofía (2017-2020) y Teología (2020-2023) en la Universidad Pontificia de México, donde obtuvo el Bachillerato en Teología. Fue ordenado diácono en el Seminario Mayor de San José de Quito (Ecuador), donde continúa destinado tras su ordenación sacerdotal. Un camino vocacional del que nos habla en esta entrevista.
¿Cómo vivías la fe con tu familia?
Crecí en un ambiente humilde y sencillo, donde la semilla de la fe se arraigó en mi corazón. Mi madre nos enseñó, con su testimonio de vida, que seguir a Jesús es lo esencial para cada cristiano.


¿Qué te hizo plantearte tu vocación?
Mi inquietud vocacional comenzó mientras trabajaba en la Escuela de Evangelización San Andrés. Lo único que yo quería hacer era anunciar a Cristo. La mayoría de los hermanos que servían en ese ministerio de evangelización eran casados, y en mi interior brotaba una pregunta que exigía una respuesta: “¿Qué voy a hacer con mi vida?”. Al mismo tiempo, me llamaba la atención el testimonio vocacional de mi párroco, hombre de mucha entrega y oración. Este contraste entre la vida matrimonial y la sacerdotal despertó en mí el deseo de buscar y hallar la voluntad de Dios en mi vida. Un día, un amigo me invitó a un Encuentro de Orientación Vocacional dirigido por don Ovidio Pecharromán. Con él inicie mi discernimiento vocacional. Me acompañó casi tres años, hasta que tomé la decisión de ingresar al Aspirantado Mosén Sol en México. Recuerdo con especial cariño su consejo: “Calma, consejo y oración encuentran la vocación”.


¿Qué has aprendido en tu etapa formativa?
He aprendido que una decisión que te exige la entrega de toda la vida no se improvisa. Es necesario orar ante Dios con el corazón desnudo, dejarse acompañar por los formadores y compartir el proceso con la familia y los amigos. Descubrí que el mejor camino para llegar a Dios es mi propia historia de salvación personal, dejar que Él descienda a mis heridas y las sane con el bálsamo de su misericordia. La etapa formativa me enseñó que la libertad y la apertura de corazón son dos elementos esenciales para que la gracia de Dios me configure a imagen de su Hijo.
¿Por qué la Hermandad?
La Hermandad me enseñó que el camino hacia la santidad no se recorre en solitario, sino junto a otros hermanos que comparten el mismo deseo de ser santos. Con los operarios aprendí que mi vocación solo madura cuando la vivo en fraternidad. Y, aunque cada uno es diferente, el amor a Cristo nos une más que la sangre.

¿Cómo crees que te sueña Dios como sacerdote?
Dios me sueña como un pastor-formador humilde, sencillo y sin ambiciones, entregado totalmente al servicio de los futuros sacerdotes. Me sueña con un corazón que arde en celo para que los jóvenes experimenten su misericordia, que transforma la vida. Pero también creo que mira mis fragilidades, limitaciones; sin embargo, Él me dice: “Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”.



¿Cómo vives tu misión actualmente?
La vivo con alegría, buscando siempre la santificación de los jóvenes. En la medida que les ayudo a que se santifiquen, caminamos juntos hacia la santidad.
Una frase de Don Manuel…
“En vano dirá que ama a Dios quien no tiene celo por su gloria y por la salvación de las almas. Estos sentimientos van siempre unidos”.
La santidad del sacerdote consiste en…
Vaciarnos de nosotros mismos para que el amor de Dios llene todo nuestro ser. Así, el pueblo de Dios encontrará en cada sacerdote el rostro misericordioso de Jesús, que los ama, los acompaña y los alimenta con el Pan de vida eterna.