San José acoge, protege y alimenta la vocación

San José acoge, protege y alimenta la vocación

Cerca de la fiesta del Santo Patriarca, queremos recordar cómo cuida de cada vocación sacerdotal, de igual manera que hizo con Jesús y María.

Este 19 de marzo celebramos la solemnidad de San José, patrono de la Iglesia Universal, de los seminarios y de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos.

En este año, inspirados por el libro ‘San José. Acoger, proteger y alimentar’, de Fabio Rosini, queremos recordar al Santo Patriarca como aquel que cuida de las vocaciones sacerdotales.

De igual manera que San José acogió, protegió y alimentó a Jesús y María como un gran don de Dios, hoy acoge, protege y alimenta la vocación del seminarista en su camino al sacerdocio.

Por este motivo, hemos elaborado un triduo a San José con estos tres verbos: acoger, proteger y alimentar.

San José acoge las vocaciones

Al igual que acogió a Jesús como un don inesperado de la Providencia, San José recibe hoy al joven vocacionado para enseñarle que su vida no es un error. Él ayuda al seminarista a entender que ha sido llamado a la existencia por un Dios que lo ama con la inmensidad de un océano. Acoger, para José, es aceptar que Dios tome el «volante» de vida y le invita al joven a dejarse guiar por Dios que le da una nueva dirección a su vida.

Como hizo con el Niño Dios, San José «saca a la luz» la nobleza y la belleza que Dios ha puesto en el corazón del joven vocacionado. Él es quien le susurra al alma: «Hijo de David, entra en tu grandeza», ayudándole a vencer el miedo a su propia capacidad de hacer el bien. San José colabora con Dios para que el seminarista descubra quién es realmente ante los ojos del Padre.

Además, enseña al joven vocacionado que acoger la vocación significa recibir la obra de Dios en uno mismo, dejándose fecundar por su gracia. Así como José no fue el «actor» que planeó la salvación, sino el que se puso al servicio de una obra mayor, él ayuda al seminarista a no ser el centro de su propia vida. Bajo su guía, el joven aprende que ser sacerdote es, ante todo, dejar que la belleza de Dios brille a través de su propia humanidad.

San José protege la vocación

Al igual que salvó a Jesús de la masacre de Herodes, San José actúa hoy como un muro y un escudo que defiende la vocación del seminarista. Él es el guardián atento que escruta el horizonte para captar el peligro antes de que llegue, protegiendo al joven vocacionado de la desconfianza y la mediocridad que buscan «matar» su alma. Su protección es vital para que el joven no se sienta solo frente a las dificultades del camino.

San José custodia lo que es precioso y protege al joven vocacionado de las «fugas» que adormecen el corazón, como los paraísos virtuales o el individualismo. Él sabe que el enemigo de la vida intenta convencer al seminarista de que no es capaz o de que es un error, por lo que José interviene para arrancarlo de esa desolación. Protege su sensibilidad para que no se desperdicie en cosas pequeñas, sino que se mantenga enfocada en las cosas grandes de Dios.

Él proporciona al joven vocacionado la fortaleza para asumir sus responsabilidades con una confianza serena. Al igual que protegió a la Sagrada Familia apoyándose en la fuerza de Dios Padre, San José enseña al seminarista que su autoridad y valor no vienen de sus propias fuerzas inestables, sino de Dios. Bajo su amparo, el joven aprende a ser un custodio de la vida de los demás, gastándose por las almas sin miedo ni cálculos.

San José alimenta la vocación

Al igual que alimentó a Jesús con el fruto de su trabajo, San José es el administrador sabio que da al seminarista la «ración adecuada» de formación en el momento oportuno. Él sabe gestionar los ritmos del corazón del joven vocacionado, nutriéndolo con una pedagogía que lo ayuda a progresar cualitativamente en su respuesta de amor. José no da a todos lo mismo, sino que cuida cada vocación con la delicadeza de quien prepara un alimento a medida.

Él enseña al seminarista la importancia de las «buenas costumbres» espirituales, que son el recipiente donde se conserva la gracia de Dios. Así como Jesús creció bajo los rituales y la disciplina que José le enseñó en Nazaret, el joven vocacionado aprende que la oración diaria y el orden son la «botella» necesaria para que el vino de su vocación no se pierda. Bajo su cuidado, lo ordinario se convierte en el terreno donde madura una fe adulta.

Finalmente, San José alimenta al joven vocacionado para que alcance la madurez de «estar en las cosas de su Padre». José nutre la libertad del joven para que, al final del camino, pueda ser un sacerdote capaz de entregar la vida sin poseer a nadie, reflejando el amor casto del Padre.