29 Ene Mosén Sol, arquitecto de la fraternidad sacerdotal
Los nervios son esos arcos que sobresalen, encargados de sostener todo el peso y distribuirlo hacia los pilares. Mosén Sol encontró en este elemento una alegoría de aquello que evita que el edificio espiritual se desmorone bajo el peso de la rutina o la tentación. Ese edificio espiritual que es la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos se sostiene sobre un nervio de tres hilos: la exquisita selección y aptitud de los miembros de la Hermandad; la fiel observancia de las Constituciones y el Reglamento por parte de cada uno de ellos; y la espontánea apertura de corazón junto con la dócil sujeción a los consejos de los Superiores. Por ello, en el día de su fiesta, recordamos al Beato Manuel Domingo y Sol como un arquitecto de fraternidad sacerdotal.
Elección de los miembros
El primer hilo del nervio de la Hermandad se refiere a la exquisita selección y aptitud de sus miembros. Don Manuel consideraba que quienes aspirasen a entrar en la Hermandad debían tener un deseo de santidad sacerdotal. No quería mediocridades, sino un carácter generoso y entregado.
Los operarios estamos llamados a vivir con intensidad nuestra vocación a la santidad en unión con otros sacerdotes, trabajando en equipo por los intereses de Jesús. Hemos de vivir en plenitud nuestra espiritualidad sacerdotal, fundamentada en el sacramento del Orden, alimentada por la Eucaristía y centrada en el amor reparador a Jesús Sacramentado. La Hermandad se tiene que nutrir de hombres de corazón, como decía Don Manuel.
Sólo así podemos llevar a cabo nuestra misión de fomento y sostenimiento de las vocaciones, centrados de manera especial en la formación sacerdotal. Sin el discernimiento en la elección de los candidatos, el material de la bóveda sería frágil.
Cumplimiento del reglamento
Cada institución tiene unos fines y objetivos, recogidos en sus reglamentos. Un segundo hilo del nervio de la Hermandad es la fiel observancia de los Estatutos y del Directorio por parte de cada uno.
Los Estatutos y el Directorio son como un resumen del espíritu de la misma, un buen camino de santificación sacerdotal y una fuente de las gracias del cielo. En su observancia constante y generosa, los operarios nos esforzamos en demostrar nuestro amor a Dios, a la Iglesia y a la misma Hermandad.
Los operarios estamos llamados a valorar los Estatutos para el logro de la propia santificación y común edificación. Esta fidelidad engendra en los operarios un verdadero espíritu sacerdotal y aún unidad de espíritu sacerdotal, y por consiguiente de verdadero espíritu de la Hermandad. Sin la observancia del reglamento, la estructura carecería de orden.
Apertura de corazón
Para mantener el buen espíritu de la Hermandad, los operarios debemos caracterizarnos por una espontánea apertura de corazón y una dócil sujeción a las amonestaciones, consejos y mandatos de los Directores. Es el tercer hilo del nervio.
Don Manuel recomendaba al operario tener toda apertura de corazón con los otros superiores y hasta con los iguales en todo lo que sienta o pueda sucederle. Veía que esta forma de actuar daba seguridad en el modo de obrar, así como a los iguales y compañeros.
Decía: “No ser corazones cerrados, ni caracteres abstraídos, de los que no sabe nunca ni qué piensan, ni lo que tienen, ni por qué caminos andan. Hemos de obrar como si lo hiciésemos todo en medio de la plaza; fuera misterios y tortuosidades de conducta, ni excentricismos de carácter. Expansión y abertura”. Sin la apertura de corazón, la fraternidad se convertiría en una armadura rígida.
Ser reparadores del Corazón de Jesús Sacramentado
Don Manuel era contundente al afirmar que, “sobre estos nervios, lo que más ha de sostener la Obra, vivificar a sus individuos, obtener gracias, es el mantenimiento del espíritu que ha de vivificar a sus individuos. El de reparadores de Jesús sacramentado, de su amor; y como fruto de ello, de todos sus intereses en las parroquias» (Escritos I,5º,31).
Para él, el sentimiento de amor y compasión hacia el Señor en la Eucaristía es el gran medio que vivifica y sostiene la Hermandad. Si falta el latido de la reparación, el cuerpo de la Hermandad se debilita y queda desfigurado. En definitiva, este es el «nervio» más profundo, el que convierte el trabajo de cualquier operario en un seminario, un templo o una parroquia en un acto de amor que consuela el Corazón de Cristo.
Beato Manuel Domingo y Sol, arquitecto de la fraternidad sacerdotal, ruega por nosotros.