Así quiere vivir Fabien Mavula Kayombo la santidad sacerdotal: “Ser transparente a Cristo y dejarse consumir por su amor”

Así quiere vivir Fabien Mavula Kayombo la santidad sacerdotal: “Ser transparente a Cristo y dejarse consumir por su amor”

El joven congoleño Fabien Mavula Kayombo, ordenado sacerdote el pasado mes de julio, nos habla de su camino vocacional en esta entrevista.

El pasado 19 de julio, Lubumbashi (R.D. Congo) acogió una gran fiesta vocacional con la ordenación de 25 diáconos y 37 sacerdotes. Entre estos últimos, estaba Fabien Mavula Kayombo.

Nacido el 28 de marzo de 1997 en Likasi (República Democrática del Congo), hijo de Jules Kayombo y de Agnès Musanzi, este joven se ha formado para el sacerdocio en su tierra natal y en México, pasando por el Seminario menor de Lubumbashi, la Universidad Pontificia de México, el Aspirantado Maison Don Manuel de Lubumbashi y posteriormente el Aspirantado Mosén Sol de México. En la actualidad, Fabien desarrolla su ministerio diaconal como formador del Seminario Mayor de Santa María de Guadalupe y San Rafael Guízar y Valencia de la Diócesis de Cancún-Chetumal (México). Un camino vocacional del que ofrece más detalles en esta entrevista.

¿Cómo vivías la fe con tu familia?

Crecí en una familia profundamente católica, donde la fe se vivía con naturalidad y testimonio. En ese ambiente sencillo, aprendí que la fe no se impone, se contagia. La oración compartida y el ejemplo silencioso de mis padres sembraron en mí el deseo de seguir a Cristo: allí, sin grandes palabras, nació mi vocación.

¿Qué te hizo plantearte tu vocación?

Todo comenzó con una inquietud interior desde mi familia y una misión de verano, donde, al ver a mi párroco entregado, sentí en lo profundo: “¿Y si ese fueras tú?”. A través de la oración, el acompañamiento y el ingreso al seminario menor de Lubumbashi, esa pregunta se transformó en camino. No fue una decisión rápida, sino una respuesta humilde a un llamado que me fue conquistando el corazón.

¿Qué has aprendido en tu etapa formativa?

He comprendido que el sacerdocio no se improvisa. Es un camino que exige formación, pero sobre todo apertura del corazón. Aprendí a conocerme, a dejarme moldear por Dios, y a vivir la obediencia como una forma de libertad. Descubrí que la fragilidad no me aleja de Él, sino que me acerca a su gracia. Y entendí que ser sacerdote no es hacer mucho, sino estar: ser presencia humilde de Cristo entre su gente.

¿Por qué la Hermandad?

En la Hermandad encontré una familia espiritual que me ayudó a crecer y a caminar hacia la santidad. Desde el seminario menor admiraba cómo los operarios vivían su vocación en equipo, con fe profunda y compromiso. Allí aprendí que seguir a Cristo no se hace solo, sino en comunión. La Hermandad me enseñó el valor del servicio, la belleza de la vocación y la fuerza de la fraternidad vivida con sencillez.

¿Cómo crees que te sueña Dios como sacerdote?

Creo que Dios me sueña como un pastor que, con sencillez, se esfuerza cada día por acercarse a su pueblo y sentir el olor a oveja, como decía el papa Francisco. Me sueña humilde, sin protagonismos, con fuego en el corazón, pero también con temores y fragilidades que solo su gracia sostiene. Me sueña pequeño, pero confiado en su amor. Y yo, con todo lo que soy, quiero seguir soñando con Él.

Una frase de Don Manuel…

“No estamos destinados a salvarnos solos”.

La santidad del sacerdote consiste en…

Creo que se trata de ser alegre y disponible para amar, para acompañar, para ser un reflejo humilde de la presencia de Dios. Ser transparente a Cristo. Dejarse consumir por su amor.