D. Vicente Hernández Alonso, tras sus bodas de oro sacerdotales: «Situarse en lo propio de cada tiempo ha supuesto grandes esfuerzos»

D. Vicente Hernández Alonso, tras sus bodas de oro sacerdotales: «Situarse en lo propio de cada tiempo ha supuesto grandes esfuerzos»

El sacerdote operario D. Vicente Hernández Alonso cuenta en esta entrevista cómo ha evolucionado su forma de ser sacerdote durante medio siglo de ministerio, dedicado especialmente a la formación sacerdotal. Lo hace desde la Residencia Mosén Sol, en Alquerías del Niño Perdido (Castellón), donde se encuentra destinado actualmente.

D. Vicente Hernández Alonso nació el 23 de abril de 1948 en Fuentes de Béjar (Salamanca), España. Fue ordenado presbítero el 15 de junio de 1975, en la ciudad de Segovia, por el obispo entonces de esa diócesis, D. Antonio Palenzuela Velázquez.

¿Qué significa celebrar los 50 años de sacerdocio?

Las bodas de oro son un gran acontecimiento. La contemplación de la larga trayectoria personal se hace inevitable. Y se puede descubrir que el camino buscado con ahínco y por fin abierto en la juventud se ha recorrido felizmente, superando obstáculos y alcanzando sucesivas metas, previstas e imprevistas. Aparece como algo milagroso, pero la realidad está ahí y se me impone la acción de gracias. Al mismo tiempo, en el horizonte futuro, donde la vida será ya un rápido declinar, se abre la esperanza que manifiesta el Salmo 138: “El Señor completará cuanto ha hecho por mí”.

¿Cómo surge tu vocación por el sacerdocio?

Un operario de mi pueblo, don Eugenio Sánchez, preguntó a un grupo de chavalitos si alguno quería irse al seminario con él. Yo levanté la mano. Tenía once años. Pasaron otros dieciséis hasta que el día de mi ordenación oí esta llamada: “Acérquese el que va a ser ordenado presbítero”. La vocación va surgiendo, es un proceso. Se teje despacio, entre luces y sombras, en sucesivas llamadas y respuestas: infantiles, adolescentes, juveniles. Da lugar a un largo relato que la memoria guarda, pero quizá no se tiene conciencia de lo fundamental, porque eso acontece en lo más profundo de nuestro ser.

¿Qué recuerdos tienes de la época en el Aspirantado?

Si quisiera relatar lo que fueron mis catorce años de formación “institucional”, tendría que escribir un grueso volumen, que sería ilustrativo de una época de gran interés histórico. A mí me tocó formarme en “varios aspirantados”. En el Aspirantado de Salamanca los cuatro primeros años, siendo preadolescente. La riqueza que recibimos (éramos sesenta compañeros en mi curso) en esos años de Salamanca es imponderable. Guardo un grato recuerdo. La figura de don Estanislao Calvo, nuestro rector, ha sido siempre un referente en mi vida. Pasé (pasamos) después dos años en Tortosa, para realizar lo que se llamaba entonces el bachillerato superior. Fue como descubrir otro mundo y, en cierto sentido, otra España:  Cataluña, los lugares originarios de Don Manuel y de la Hermandad, la fusión con otro grupo de muchachos que habían iniciado allí su aspirantado, navarros y aragoneses, sobre todo.  Esos aspectos fueron muy positivos. No obstante, la pequeña ciudad de Tortosa daba para poco, en todos los órdenes. Eso se hacía muy notorio, llegando de Salamanca. En conjunto, valoro mucho aquella etapa de fervor adolescente en la inolvidable Tortosa, junto al Ebro.

Y vuelta a Salamanca para hacer los tres años de Filosofía. Buenos desde el punto de vista académico, pero muy revueltos. Estoy iniciando la juventud con todos los desafíos que comporta. Acababa el Concilio y la Iglesia entra en una etapa de lógica inestabilidad, haciendo revisión de sí misma e intentando encarnar las orientaciones conciliares. España entra en un rápido proceso de industrialización, se hace urbana y se abren grandes horizontes de empleo a los jóvenes. El régimen político comienza a ser cuestionado y se debilita. Sobre esas bases se hace presente lo que se ha venido llamando desde entonces la “crisis vocacional”, que de un modo o de otro nos afectó muy de lleno a seminaristas y formadores.

Los cuatro años de la siguiente etapa, la de Teología, que cursamos en la Universidad Pontificia, fueron poco menos que caóticos. Recordaré apenas que la iniciamos en el año 69, es decir, un año después de la histórica revolución de los estudiantes en París, que se extendió por Europa como la pólvora, y diré que, al iniciarla, ya éramos tan solo diez aspirantes, de los cuales yo era el único de aquellos sesenta del Aspirantado menor de Salamanca y de todos los que se sumaron del Aspirantado de Tortosa. Los otros nueve se habían ido añadiendo a lo largo de los años y algunos incluso se unieron en ese momento del inicio de la Teología, venidos de seminarios diocesanos que dirigía la Hermandad.  De esos diez, llegamos a ordenarnos solo tres, a lo que hay que añadir que uno de ellos abandonó el ministerio al año siguiente. ¿Qué sucedió? Lo diré brevemente: que la situación social, política y eclesial antes apuntada llegó, en nuestro ambiente, al paroxismo. ¡Tiempos difíciles!

¿Cómo fue el día de tu ordenación sacerdotal?

Tuvo lugar en el Seminario de Segovia, que fue mi primer destino, el 15 de junio de 1975. Se programó en esa fecha para que fuese el colofón del aquel curso y los seminaristas, todos menores, pudiesen vivir la ordenación de su formador más joven. El obispo de la diócesis me ordenó solo a mí, pues no había más candidatos, ni diocesanos ni operarios. Me acompañaron mis padres, hermanos y otros familiares, los operarios compañeros de equipo, cuyo rector era don Juan de Andrés, otros operarios llegados de varios lugares, algunas personas amigas y, naturalmente, los seminaristas. Fue una fiesta sencilla y muy familiar. Al ser el único ordenado, se puede decir que, por un lado, gané protagonismo, pero al mismo tiempo me vi privado de la alegría de recibir el sacramento con otros compañeros.

¿Qué ministerios has desempeñado en estos 50 años?

La mayor parte de mis años de ministerio los he dedicado a la formación de seminaristas. Creo que son cuarenta y dos. Enumero mis destinos siguiendo un orden cronológico: Seminario menor de Segovia, Aspirantado menor de Salamanca, Seminario mayor de Toledo, Aspirantado mayor en Salamanca, Seminario mayor de Guadix y finalmente Seminario mayor de Évora (Portugal) donde he vivido mis últimos quince años. Estando con los aspirantes menores en Salamanca, trabajé simultáneamente en el Instituto Vocacional durante seis años y continué después en el mismo Instituto otros cinco (lo que me aportó y lo que aporté al Instituto Vocacional merecería un amplio capítulo aparte). Y, al acabar en Toledo, antes de regresar a Salamanca, viví y trabajé cuatro años en Roma siendo miembro del Consejo general de la Hermandad. Visto así el panorama, puede parecer que mi ministerio fue una especie de “monocultivo”, algo monótono y repetitivo, pero no es así. Los tiempos fueron distintos, hubo gran diversidad de lugares y cada diócesis se puede decir que es un mundo muy particular que hay que descubrir para saber adaptarse. De hecho, los desafíos fueron fuertes. Pasar la vida junto a jóvenes, día a día, es muy exigente y a veces agotador, pero vale la pena. El balance, gracias a Dios, es satisfactorio.

¿Cómo vives tu actual misión?

Ahora estoy en la Residencia Mosén Sol, que se encuentra en Alquerías del Niño Perdido (Castellón), donde los tres operarios del equipo acogemos a sacerdotes, diocesanos o religiosos, de diversas diócesis o congregaciones, que están viviendo situaciones difíciles en su vida y ministerio, por motivos muy diversos. Aquí encuentran un ambiente acogedor, sosegado, y reciben ayuda psicológica y espiritual en un régimen comunitario y fraterno. La gran mayoría regresan a sus lugares de origen bastante recuperados y agradecidos, con nuevos recursos para hacer frente a las dificultades de la vida ministerial.  Se trata de un servicio muy acorde con el espíritu de la Hermandad, siempre preocupada y dedicada al fomento y sostenimiento de las vocaciones, y de manera especial de las sacerdotales.

¿Por qué sigues siendo sacerdote?

Porque, a partir de mi ordenación, me he ido haciendo sacerdote en todas las dimensiones de mi persona: en el pensar, el sentir, el querer, el hacer. El ejercicio del ministerio y el mismo transcurrir de la vida van generando sucesivas capas de sedimentación que estructuran la personalidad. Además, la misión no acaba nunca, aunque, debido a la edad, las tareas sean menos. Es decir, sigo siendo sacerdote porque no puedo ser otra cosa.

¿Cómo ha evolucionado tu manera de vivir el sacerdocio?

Según las fases de la vida personal, la evolución del mundo y de la Iglesia y las tareas en que se ha concretado la misión. Pienso, por ejemplo, en lo que ha supuesto ir pasando de una España subdesarrollada y en “régimen de cristiandad” a una España situada ahora en lo que llaman la “posmodernidad”. El Concilio y el inmediato posconcilio dieron un giro determinante a la Iglesia y al mismo tiempo al modo de entender y ejercer el ministerio. Todo ha ido muy deprisa y situarse en lo propio de cada tiempo ha supuesto grandes esfuerzos.  Personalmente, diría que mi vocación ha sido la misma, pero la he ido comprendiendo y viviendo con mayor profundidad. No es lo mismo ser educador (¡qué palabra, Dios mío!) a los veinticinco que a los setenta y seis años. Y yo me he visto en ambos extremos. En fin, ha sido una aventura, como la misma vida lo es.

¿Qué significa ser sacerdote operario?

Significa tener claro que eres sacerdote secular, dispuesto a vivir y trabajar en fraternidad con otros compañeros, al servicio de las diversas vocaciones de los miembros de la Iglesia, bien integrado en la dinámica de la diócesis a la que sirves y teniendo de fondo una especial devoción a la Eucaristía. Esto supone asumir con entusiasmo los valores que están en la base y dan impulso a esos rasgos característicos: el sacerdocio en sí, la fraternidad de los sacerdotes, la vocación como llamada y misión, la universalidad y diocesaneidad de la Iglesia.

¿Cuál es tu experiencia de fraternidad?

Ha sido muy buena, comenzando por la familia, con mis hermanos de sangre, tanto en la infancia como después a lo largo de la vida. En la Hermandad he formado parte de nueve equipos de operarios a lo largo de estos cincuenta años. Muy variados en cuanto a edades, procedencias, modalidades, caracteres, carismas… Este es nuestro mayor tesoro. Pone de manifiesto que no en vano nos llamamos Hermandad de Sacerdotes. Porque, efectivamente, en el equipo la fraternidad se recibe como un don y al mismo tiempo se va labrando en el día a día. Además, con mucha frecuencia, florece también la amistad. La fraternidad con los sacerdotes de las diócesis donde he trabajado la he vivido a un nivel diferente y resulta más compleja, sobre todo al situarte la tarea pastoral en el seminario, una institución que todos observan y someten a juicio. En este sentido, tengo que reconocer que he vivido momentos de dificultad, pero en líneas generales también hago una valoración positiva.

Un mensaje para quien se pregunta por su vocación

Trata de conocerte a ti mismo/a en serio. Toma como referencia a Jesucristo y su proyecto. Fíjate en personas, del presente o del pasado, que te entusiasman. Sal de tus propios intereses y procura realizar pequeños servicios. Déjate orientar por quienes te conocen y te quieren. Y ten paciencia. Llegará un momento en que descubrirás, sorprendido/a, que las piezas de tu “puzzle” se han ido colocando sin darte cuenta.

Una experiencia inolvidable

El grave accidente sufrido hace ya casi ocho años en Portugal, en que estuve al borde de la tragedia. Lo viví como una tempestad imprevisible que de repente pone a prueba a toda la persona, presentándose muy al vivo la fragilidad humana, la vida y la muerte.

Pasaje bíblico favorito

Entre los varios que me dicen mucho, escogería hoy unas palabras de la segunda Carta a Timoteo: “Si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2Timoteo, 2,13). Da ánimo frente a las muchas infidelidades que aparecen al hacer memoria de cincuenta años de vida.

Un libro

Las Poesías completas de Antonio Machado.

Una película

Doce hombres sin piedad.

Un personaje

El obispo que me ordenó: Antonio Palenzuela.