La pregunta que cambió la vida de Allan Arguinzones: “¿Será que puedo ser feliz si me hago sacerdote?”

La pregunta que cambió la vida de Allan Arguinzones: “¿Será que puedo ser feliz si me hago sacerdote?”

El pasado 10 de mayo fue un día muy especial para Allan Arguinzones. En la fiesta de San Juan de Ávila, patrono de la Hermandad, este joven venezolano fue ordenado sacerdote en el Templo de la Reparación de Tortosa por imposición de manos de Mons. Javier Vilanova, obispo auxiliar de Barcelona. La cercanía a parte de su familia, radicada en la provincia de Barcelona, motivó que la ordenación sacerdotal se celebrara en España en lugar de en Venezuela. Allan cumplía así un sueño en la querida tierra natal de Mosén Sol, quien tantos operarios soñó para la abundante mies.

¿Cómo vivías la fe con tu familia?

En mi casa no éramos muy comprometidos con la fe, aunque Dios estuvo siempre presente en el hogar, ya sea por la tradición de pedir la bendición a los mayores, que es muy propia de nuestra cultura, y también por la enseñanza de los valores y el respeto que siempre tenía espacio en el diario de nuestra casa, ya que mi madre era docente y siempre estaba pendiente de nuestra educación. Es verdad que no íbamos a misa regularmente, pero mis padres se preocuparon en su momento por que mis hermanos y yo recibiéramos los sacramentos. También en mi familia materna hay una gran devoción a la Rosa Mística y varias veces íbamos a los rezos en casa de los familiares. Cuando visitábamos a la familia, solíamos ir al Santuario de Betania, que es un lugar extraordinario de peregrinación donde se presume que se apareció la Virgen María y donde se respira una paz tremenda. En el fondo había raíces cristianas, no tan profundas, pero lo suficiente para que Dios apareciera en medio de mi camino.

¿Qué te hizo plantearte tu vocación?

Cuando cumplí diecisiete años, ya había hecho la confirmación y, siendo monaguillo, me invitaron a participar de un retiro de jóvenes llamado ‘Encuentro de Promoción Juvenil’, fundado por un sacerdote español en el año 1968. La propuesta fue que viviría una experiencia que me ayudaría a crecer en mi vida parroquial, a lo que respondí afirmativamente, porque sentía que era algo que necesitaba en ese momento. Éramos alrededor de veinte jóvenes, varones todos, más el equipo de servicio en el que estaba un sacerdote sin cleriman, sin pantalón de vestir ni zapatos negros bien pulidos, sino que más bien estaba como de incógnito; llevaba una franela/camiseta, un pantalón de montaña y botas. Además, era bastante joven en comparación a los únicos que yo conocía, que eran mi párroco y el vicario de la parroquia. Este sacerdote era muy simpático y cercano, pero me llamaba mucho la atención que se veía muy feliz, cosa que me extrañaba porque me hacía preguntarme: “¿qué hace que este tipo sea tan feliz estando encerrado en una casa de retiro con veinte jóvenes problemáticos?”. El encuentro comenzó el jueves en la tarde y fue tornándose con el tiempo mucho más profundo en sus cuestionamientos. Durante esos días, me mostraron aspectos de la vida humana y cristiana que nunca había tomado en cuenta y que me hacían preguntarme cosas que jamás imaginé: “¿Acaso no puedo yo ser tan feliz como ese cura? ¿Qué opciones tengo? ¿Será que puedo ser feliz si me hago sacerdote?”. Para cuando llegó el domingo, algo había cambiado en mí considerablemente. Lo que tenía entre manos para ese momento (novia, universidad, familia y amigos) ya no me parecía suficiente; en cambio, la idea de estar en la parroquia y entregarme más en el ministerio de los monaguillos, irme de misión y servir en lo que fuera me seducía muchísimo. No dije nada hasta el fin de semana siguiente del encuentro, cuando hablé con mi párroco y le dije con mucha ligereza y sin entender mucho: “Padre, yo, como que quiero ser sacerdote”, y allí comenzó todo.

¿Qué has aprendido en tu etapa formativa?

Mi etapa formativa fue larga, doce años en total. En la primera etapa, de cinco años, tuve contacto con la vida consagrada, donde conocí el testimonio de San Francisco de Asís y la ascesis como un valor de la vida religiosa. Durante esos años, viví como un fraile aprendiendo de los consejos evangélicos, la caridad, el esfuerzo en la misión y la entrega desinteresada por los demás. Luego de un tiempo de discernimiento, dejé esa vida y volví a casa con mi familia. Después de un año de seguir buscando, hablé con el obispo de mi diócesis y me abrió las puertas del seminario diocesano, donde descubrí la caridad pastoral como el carisma y el valor más poderoso y absoluto en la vida del presbítero y donde hice los amigos que hoy son como mis hermanos. Para mi sorpresa, allí también me encontré con los operarios y conocí al beato Manuel Domingo y Sol.

¿Por qué la Hermandad?

Cuando conocí a los operarios en el seminario diocesano, me llamó poderosamente la atención su modo de relacionarse entre ellos, su inteligencia, pero, sobre todo, la cercanía que mostraban con nosotros. Cuando iba a sus oficinas, prestaban mucha atención a lo que tenía que decirles, por más insignificante que fuera. Siempre fueron muy simpáticos y nunca se mostraban desinteresados por mi historia o lo que sea que les compartiera. Cuando hablaba con ellos, siempre la reflexión giraba en torno a la generosidad de nuestra respuesta a Dios, la santidad como ideal de vida, el esfuerzo como el modo de hacer todas las cosas, la importancia que tiene la formación de buenos y santos sacerdotes… Y, sobre todo, me enseñaron a disfrutar de la fraternidad con mis compañeros. En el fondo, su autoridad nunca se sintió como la de un superior, sino que eran realmente compañeros a mi lado en el camino; eso sí, a veces eran muy duros, pero siempre me dejaban ver que era por mi bien. Lo que terminó pasando es que descubrí que yo también quería ser como uno de ellos y vivir el sacerdocio de esa misma manera, y aquí estoy.

¿Cómo crees que te sueña Dios como sacerdote?

Esta respuesta es fácil: Dios me sueña santo, pero, como sabe lo débil que soy, me llama todos los días a luchar y a esforzarme por serlo valiéndose de la gente con que la comparto mi ministerio actualmente, con mis compañeros y hermanos operarios, con mi familia, incluso la gente del día a día.

Una frase de Don Manuel…

“No sabemos si estamos destinados a ser río caudaloso o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida. Pero, más brillante o más humilde, nuestra obligación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos”.

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