D. Agustín Sabater, el administrador sensato que supo invertir

D. Agustín Sabater, el administrador sensato que supo invertir

La historia está llena de héroes anónimos que nunca salen en los titulares. Pero, seamos conscientes de ello o no, son estas personas escondidas las que hacen posible que el mundo se mantenga de pie. El siervo de Dios D. Agustín Sabater pertenece a esta categoría de hombres. Durante once años fue encargado de la disciplina en los seminarios de Ciudad Real y Badajoz, y luego, trabajó como administrador del Seminario de Almería nada menos que durante veinticinco años.

Los administradores no pasan a la historia. Los rectores tienen más renombre; también los directores espirituales. Muchos, de entre ellos, llegan a ser obispos. Pero no los administradores. No sabemos por qué, pero suelen tener mala fama. Normalmente les vemos como personas tacañas y poco acogedoras cuando se les va a pedir cualquier tipo de ayuda. Sin embargo D. Agustín estaba hecho de otra pasta.

Quienes le conocieron destacan de él cuatro rasgos que definen su persona. En primer lugar señalan su bondad. ¿Un administrador bondadoso? Parece ser que D. Agustín lo era. Dicen de él que no era capaz de negar su ayuda a los seminaristas, incluso que era su paño de lágrimas, también de algunos sacerdotes que tenían necesidad. A todos les prestaba la ayuda económica que podía.

Era también era entregado y sacrificado. Se ofrecía para cualquier servicio que se le pidiera. En este sentido se resalta en él su sencillez. No le importaba que le confiaran los trabajos más humildes y de segunda fila. Vestía con simplicidad y le gustaba tratar y ayudar a los pobres.

Por último, D. Agustín también llamó la atención por su competencia y su formación integral. Le gustaba de manera especial la Teología dogmática y poseía una buena biblioteca. Se especializó en dar clases a los alumnos que tenían más dificultades.

Un sacerdote lo resume todo con  esta frase: «Todo lo suplía. Si un seminarista estaba atrasado, D. Agustín era su profesor particular. Si le faltaba dinero, él suplía de su peculio».

Realmente fue un administrador raro, distinto. Para los seminaristas fue ante todo un hombre de fe y un buen sacerdote; un ejemplo y un estímulo.

Bondad, entrega, sencillez y competencia. Cuatro talentos en los que el sensato administrador D. Agustín invirtió hasta obtener la mayor ganancia: el martirio.

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