Beato Mosén Sol: «De la Concepción Inmaculada de María depende nuestro bien y nuestra felicidad»

Beato Mosén Sol: «De la Concepción Inmaculada de María depende nuestro bien y nuestra felicidad»

El beato Manuel Domingo y Sol amaba mucho a María, la Madre de Jesús. Se sentía seguro bajo su protección. Por eso quiso también confiar la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos a su cuidado maternal.

Reproducimos aquí parte de un sermón predicado en el Convento de la Purísima Concepción de Tortosa, el día de la Inmaculada 10 años después de la proclamación del dogma por Pío IX. La foto que encabeza el texto reproduce la imagen de la Inmaculada de dicho convento. Ante ella rezó mucho don Manuel. Probablemente rezara la oración que hemos reproducido el final.

Ahora bien, pues, católicos, ¿no es este dogma admirable un motivo de gratitud, de consuelo y de esperanza para nosotros? Sí, el privilegio de la Concepción de María es un motivo de alegría para nuestro corazón. Propio de hijos es el complacerse en el bien y en las cualidades de sus padres. Ya sabéis que el perfecto amor de Dios consiste en amarle por ser quien es, por su grandeza, el complacerse en sus atributos y perfecciones, en abismarse en /el/ deseo de su gloria y de su felicidad.

Pues bien, nosotros que somos hijos de María, que la amamos sinceramente, que nos reunimos hoy para admirarla y contemplarla en este misterio, ¿cómo podremos menos de alegrarnos y de estar profundamente agradecidos a Dios por las gracias de que inundó su alma en el primer instante de su existencia? ¿Quién podrá menos de extasiar su corazón al contemplar el rostro resplandeciente de esta divina niña que hoy tiene ya virtud de enamorar al mismo Dios?

Sí, Madre mía, nos complacemos en vuestra grandeza, y si nos fuese posible, sacrificaríamos gustosos nuestras vidas, si con ello pudiéramos aumentar un grado vuestra hermosura.

En segundo lugar, hermanos míos, la Concepción de María debe llenarnos de consuelo. Ya lo habéis oído; María ha sido constituida en este día como la aurora que anuncia al mundo el día de la gracia. Hasta entonces el mundo en el orden espiritual yace en la noche de la ignorancia y del pecado; no había ni una flor que no apareciera marchita en el mismo día de su aparición sobre la tierra. Los justos de la antigua Ley veían lejano el día de la reparación universal, y nosotros, hermanos míos, si semejantes a ellos hubiésemos tenido la desgracia de vivir en aquellos tiempos, hubiéramos también visto poseído nuestro corazón del desconsuelo y la amargura.

Pero la aparición de María en el horizonte de la gracia, es como si dijera: consolaos, justos; ved ya la aurora que viene a anunciar el Sol de justicia; venid y ved esta visión grande, esta misteriosa zarza; venid y ved aquella inocencia primitiva que llorasteis perdida en otro tiempo, restaurada ya hoy sobre la tierra, y por consiguiente, recordaréis para consuelo de vuestro corazón que se ha verificado ya aquel anuncio consolador que resonó en el Paraíso. Sí, repito, la Concepción de María fue el anuncio de consuelo para la humanidad.

En fin, el misterio que hoy celebramos debe reanimar nuestro espíritu y llenarlo de una santa esperanza.

De la Concepción Inmaculada de María depende, hermanos míos, no sólo la gloria de Dios, sino también nuestro bien y nuestra felicidad. ¡Ay! Hasta ahora no teníamos en la tierra ni una criatura que se atreviera a levantar los ojos al cielo para interesarse en nuestro favor; pero desde este momento tenemos y ya entre nosotros un alma pura, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad. Hasta ahora no teníamos ni una Ester agraciada, que pudiera inclinar la vara del Rey del cielo; pero, desde este día, tenemos esta Ester poderosa que, como águila divina, remontará sus miradas hasta el trono del mismo Dios.

 

 Oración del Beato Mosén Sol a María

Madre mía,
yo renuevo en el día de hoy el amor de hijo para con Vos.
Cumplid en mí todo lo que he prometido y propuesto
a vuestro divino Hijo Jesús.
Asistidme en todos los momentos de mi vida.
Aumentad mi devoción y confianza en Vos.
Salvadme a mi familia, como os lo he pedido tantas veces.
Y que en la hora de mi muerte pueda pronunciar dulcemente
los nombres de Jesús y María y, pronunciándolos,
expirar abrasado en el amor de estos santos corazones.
Amén

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