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MOSÉN SOL VENEZOLANO
La Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús llega a Venezuela el 8 de septiembre de 1956. Desde ese momento, comenzó un recorrido de gracia y de apostolado fructífero, en cada uno de los campos en los que ha desarrollado su actividad. De la mano de los iniciadores de la obra en Venezuela, la Hermandad comienza a mostrarse con el espíritu que Mosén Sol le había querido imprimir: un espíritu de servicio integral a la Iglesia, con una disponibilidad sin límites, en los campos que le eran propios. Los Operarios habían iniciado así una historia gloriosa en Venezuela.
Don Manuel fue un tipo excepcional. Realmente, es difícil encontrar en alguien una disposición al trabajo tan grande. Desde sus inicios en el seminario, pasando por sus primeros años de sacerdote y culminando en el cuidado paternal de la obra que el Señor le había inspirado, nunca tuvo descanso. Deseaba que el día tuviera más horas para poder hacer todo lo que había por hacer. “Desde tercero de filosofía no sé lo que es sobrar tiempo; no sé lo que es no tener nada que hacer”, decía. Y se lo creemos, pues no es posible dar tantos frutos si no se aplica cada segundo de la vida a alcanzarlos.
Sus primeros años de sacerdocio, unidos a la ilusión de esas primicias, fueron una explosión de labores. Sólo se le podría criticar que quería hacer de todo, lo que podría dar una sensación de desorden. Estaba buscando su norte. Y quien busca el norte es natural que tenga que probar muchos caminos. Sin dudas, su espíritu se transparentaba en todas las labores que realizaba: inquieto, lleno de ilusión, entusiasmado, buscando hacer el bien.
En esa búsqueda incansable de su camino probó casi todos los campos de la obra de la Iglesia. Parroquia, grupos juveniles, grupos de obreros, misiones, escritor, confesor, director vocacional, consejero espiritual, hasta consejero político… Un hombre impresionante, pues quería abarcar todo con su sacerdocio nuevo y renovador. Sólo le faltaba encaminar correctamente este “instinto santo”, como él mismo lo llamó: “Una ambición santa parecía querernos lanzar, al mismo tiempo, a todos los campos… Hubiéramos querido tener medios para atender a todos. Tal era nuestro instinto santo”. Y, en un hombre, sacerdote, que quería estar en las manos de Dios para que Él hiciera la obra para la que lo había elegido, no podía faltar ese instante de gracia, esa inspiración amorosa y sutil, que le abría el camino por el cual desarrollar ese “instinto santo”. No podía Dios faltar a esta cita con la necesidad de atender a un hombre que estaba a su plena disposición y que podía dar tantos buenos frutos con su labor puesta en las manos de la Iglesia y en la búsqueda del bien de la humanidad. Menos aún cuando esta obra que le iba a encomendar era una necesidad tan sentida en la España del momento y que se proyectaría luego en el mundo completo.
El 29 de enero de 1883 recibe la respuesta tan añorada. Al estar en la acción de gracias después de celebrar la Santa Misa, recibe la inspiración del Espíritu de fundar la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, cuyo objetivo, percibido burdamente en ese primer momento, sería el de asumir el cuidado de los Colegios San José, que ya se habían ido extendiendo, como obra de ayuda a la formación de seminaristas pobres, que había decidido realizar después del encuentro con Ramón Valero, seminarista enviado por la Providencia divina a atravesarse en el camino de Don Manuel. Fue el momento de gracia que necesitaba Mosén Sol para abandonarse en las manos del Infinitamente Providente para encauzar todas sus fuerzas apostólicas y espirituales, al descubrir cuál era la voluntad divina. Así lo indica Don Manuel: “La formación del clero es lo que podíamos decir la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios… Todo el bien de la Iglesia y de las almas y de la sociedad y del mundo depende de la formación del clero”. Esta era su corona y aquello por lo cual lucharía incansablemente durante lo que le restara de vida. A ello entregaría todas sus fuerzas.
Este hombre incansable, entregado totalmente a los deseos de Dios sobre él, añorante de ser servidor de Dios, de la Iglesia y de los hermanos, había encontrado, gracias a la inspiración divina, cómo multiplicarse en el mundo: a través de los sacerdotes que pertenecieran a la Hermandad. Ya no tenía que hacer él todo lo que hacía, sino que tenía que procurar la buena formación de los sacerdotes puestos en sus manos, para que éstos se encargaran de llevar adelante la obra de la evangelización en los múltiples campos que atendía la Iglesia. No se trataba ya de que Mosén Sol “hiciera”, sino de que “hiciera hacer”.
Y ese fue el gran secreto que estuvo Mosén Sol buscando tan ardientemente. Y logró alcanzarlo del mismísimo Dios. Lo arrancó de ese corazón amoroso y providente por su deseo incansable, por el ardor de su entrega, por la ilusión apostólica con que emprendía cada obra que realizaba. No podía la Providencia amorosa del Dios que lo había convocado a ser suyo, negar a su elegido esta muestra de preferencia.
De allí en adelante, conociendo cuál era el camino que abría Dios para él, todo fue dándose naturalmente. No sin verdaderas dificultades. Pero sí razonablemente feliz, pues estaba seguro de estar en lo que Dios quería. Y esto es suficiente para dar fuerzas ante cualquier empresa por adelantar. Cuando se encontró con las grandes dificultades en las labores de fundación del Colegio Español de San José, en Roma, tuvo la ingeniosa ocurrencia de decir: “Muy bien nos deben ir las cosas cuando nos va tan mal”. Daba a entender, con esto, que su obra era la que Dios quería y que el demonio, experto en envidia y en entorpecer las obras buenas, estaba metiendo su mano para obstaculizar la llegada a la meta. Pero eso no lo amilana, pues la seguridad de estar en el camino correcto, inspirado e impulsado por la gracia divina, lo convencía aún más de que por ahí era por donde había que ir.
La historia posterior es historia de fuerza, de sueño perdido, de tesón por extender la obra. Y así, presenciamos el hermoso espectáculo de la llegada de la Hermandad a Italia, a México, a Alemania, a Argentina, a África… Y a nuestra querida Venezuela, de la mano de aquellos precursores a quienes recordamos con tanto cariño y de quienes hemos recibido tan bellos testimonios y enseñanzas.
Con esto, Mosén Sol se hizo internacional, como lo son todos los regalos de Dios. Cuando Dios regala, sus regalos no tienen fronteras. Así como su salvación es universal, cada uno de los regalos de su amor para los hombres y mujeres son para todos, sean quienes sean y estén donde estén. Y por ello, podemos afirmar con todas las de la ley que Mosén Sol se hizo venezolano, cuando el Señor quiso que ese regalo hermoso de su ser, de su sacerdocio, de la Hermandad que había fundado por su intermedio, llegaran a nuestra tierra.
Mosén Sol dice chévere, cónchale y chamo, como los venezolanos. Mosén Sol come arepas y pabellón, va al Mercado Municipal a probar los pastelitos y la chicha y añora las hallacas de diciembre, como los venezolanos. Mosén Sol tiene la tez morena como la bella raza venezolana, fruto de la mezcla de múltiples razas. Mosén Sol se baña en las playas de Margarita, se lanza a rodar feliz en los Médanos de Coro, sube el teleférico más largo y alto del mundo en Mérida, visita la Gran Sabana y el Salto Ángel, el más alto del mundo. Mosén Sol es andino, es llanero, es costeño, es caraqueño. Mosén Sol está en Caracas, en Valencia, en Ciudad Guayana, en Guatire, en Ciudad Bolívar. Está en Venezuela y es venezolano. Y acá sigue realizando las obras que él quería: todas las que fueran “para la mayor gloria de Dios”.
Desde su llegada a Venezuela no hizo sino destacar por su entrega. A través de cada Operario que vino a esta tierra y los venezolanos que luego fueron surgiendo acá, ha seguido haciendo las obras de Dios.
Por eso, inició modestamente en un colegio parroquial y en la parroquia, en Boconó, Estado Trujillo. Por eso, fue Capellán de los Hermanos de La Salle en La Colina, Caracas. Por eso, inició la obra bandera de la Hermandad en Venezuela, los Cursillos de Cristiandad. Por eso, siguió asumiendo Parroquias desde las cuales proyectar su preocupación por todas las vocaciones. Por eso, se abrió luego a lo más propio de la Hermandad, como lo es la atención de Seminarios y la promoción vocacional a través del Centro de Pastoral Vocacional y del Instituto de Pastoral Vocacional.
Y desde esas plataformas, quiso siempre ser fiel a lo que la Hermandad debía hacer, desde que fue inspirada y discernida: el fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales; la promoción de la espiritualidad en los jóvenes; y la reparación eucarística. En todos y cada uno de los campos en los que se encuentra la Hermandad siempre está presente el espíritu “vocacional” de cada una de las obras. No hay una sola de ellas en las que Mosén Sol no haga de las suyas. Y las suyas son las de Dios, a través de la Hermandad.
Mosén Sol, a través de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos en Venezuela, ha promovido muchísimas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Ha promovido la vocación laical como nadie en todo el País (por ejemplo, el Cardenal Castillo Lara, qepd, reconoció que el rostro del laicado en Venezuela había sido totalmente transformado desde la llegada de los Cursillos de Cristiandad a Venezuela, de la mano de los Operarios. Esto mismo lo han reconocido la casi totalidad de Obispos venezolanos). Las parroquias de Operarios son un continuo pulular de jóvenes que se identifican con la Iglesia y se entregan apostólicamente a ella. En las parroquias de Operarios se promueve el espíritu eucarístico y la unión de afectos con Jesús Sacramentado y, por esa unión, se ha comprendido perfectamente que la reparación no es un acto solamente espiritual, sino profundamente social, pues se da el compromiso por la mejora de las condiciones de vida de los más pobres y desatendidos. En los seminarios en los que están o han estado los Operarios se nota el espíritu profundamente sacerdotal que quiere imprimir Mosén Sol, para que se cumpla el ser “la llave de la cosecha” en la obra de la Iglesia en el mundo. Cada sacerdote formado por los Operarios va teniendo un espíritu sacerdotal más intenso y más eclesial. La formación que se da en los Seminarios en los que se encuentran los Operarios ha sido ya reconocida por los Señores Obispos y por los mismos sacerdotes surgidos de ellos.
Y todo esto lo ha logrado Mosén Sol, ese venezolano venido de Tortosa. Ese que nació hace ya casi cien años. Y que tiene carnet de identidad universal. Ese que tiene cédula de identidad venezolana y que se quedó para seguir haciendo el bien entre nosotros. Don Manuel en Venezuela se llamó Luis García Segura, Arsenio Barrionuevo, Cesáreo Gil, Hermógenes Castaño, Avelino Zaldívar, Ángel Jiménez, Francisco Alfaraz, Salvador De Espinosa, Paolo Borelli, Carlos Vítolo, Yván Rodríguez… Y sigue asumiendo nombres venezolanos. Y sigue trabajando denodadamente por las obras de la mayor gloria de Dios en nuestro país.
Los venezolanos le agradecemos a Dios profundamente el que Mosén Sol se haya querido hacer venezolano. Y que haya querido venir a nuestra patria para enriquecernos con su espíritu. Nuestra Iglesia en Venezuela ha obtenido infinitas riquezas con este don. Mosén Sol y la Hermandad han sido un regalo grandioso de la Providencia para todos.
Y nos comprometemos a hacer que su espíritu y su ideal se mantengan a tope. Que no decaiga ese deseo extraordinario de llegar a todos y de conducirlos al encuentro con el Señor de la Misericordia y de la Paz. En cada uno de los campos en los que nos encontramos ejerciendo nuestra labor, haremos lo posible por ser reflejos de Don Manuel, por hacer que la Hermandad mantenga su carisma, haciéndolo asequible para todos. Haremos que Mosén Sol y la Hermandad sigan siendo venezolanos.
Mons. Ramón José Viloria Pinzón
Obispo de Puerto Cabello
Secretario General de la CEV
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