BEATO MANUEL DOMINGO Y SOL. CENTENARIO DE SU MUERTE

1909-2009

Celebraciones desde el 29.01.2008 hasta el 29.01.2009

 

El 25 de enero de 1909 moría en Tortosa, su ciudad natal, Mosén Sol, uno de los sacerdotes que más han influido en el último siglo en la Iglesia española: en la renovación de los seminarios y  en la  pastoral de las vocaciones. Estamos comenzando ahora el Centenario de su muerte.

Mosén Sol, como se le llamaba en su tierra, era, ante todo, un hombre de corazón.

Como Jesús, se conmovía fácilmente ante la necesidad de los pobres y daba con generosidad cuanto tenía.  Para imitar a Jesús pobre, que no tenía donde reclinar su cabeza, en las vísperas de su ordenación sacerdotal, hizo este propósito: "Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas, y lo feo que resulta el ser interesado, además de no tener apego a nada, procuraré, con el permiso de mi director, en las festividades principales, quedarme sin nada". Así sería ya un hombre libre para amar...

El amor a los pobres lo aprendió de su madre, de manera sobresaliente, y será una de las características más significativas de su personalidad humana y espiritual: “La pobreza, decía, merece siempre todos los respetos y atenciones”. El 18 de septiembre de 1890 escribe: “En el colegio de san José (fundado por él mismo) se reparten todos los días 400 raciones a los pobres, y viene allí toda la miseria de Tortosa”.

Sabemos que lo que recibía por su ministerio de vicario y los estipendios de misas iban a parar a los pobres. “Mi familia me alimenta y me viste”. Con eso tenía bastante.

María, su hermana, entregaba de su parte, sus ropas nuevas a sacerdotes pobres. Le parecía una exageración, pero Manuel  le decía: “Debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente y, una vez convencidos de la necesidad, socorrerla, aunque para ello tengamos que vender la camisa”.

“Estando mi hermano en casa, decía su hermana,  no tengo nada seguro». Ni siquiera la comida del día, pues en ocasiones echaba  mano Mosén Sol de las viandas ya preparadas, para obsequiar a sus visitantes o a los mendigos.

Y junto a la compasión y bondad de corazón, encontramos en su vida una enorme actividad, una inquietud apostólica y evangelizadora incansable.

Él mismo confesó un día que, a los pocos años de su ordenación sacerdotal, una «ambición santa» se apoderó de su corazón: no se sentía satisfecho con todos los trabajos que llevaba entre manos: parroquia, enseñanza, misionero por todos los pueblos de la diócesis, apostolado intenso con jóvenes y obreros, escritor... Quería, y son sus palabras, llegar a todas partes y aunar sus esfuerzos con otros sacerdotes que tuvieran sus mismas inquietudes, para trabajar juntos, donde Dios quisiera y como él quisiera, a las órdenes del obispo, sin ambiciones de cargos o privilegios ni deseos más que el de trabajar por la gloria de Dios. Lo concretará más tarde.

Finalmente, inspirado por Dios, se centró  en lo que él llamaba las dos palancas más eficaces para hacer el bien: las vocaciones y la juventud.

Comenzó por los jóvenes. “Los jóvenes,  predicaba, deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes...”. Por ello, “es preciso formar a jóvenes en los que pueda infundirse el amor al apostolado por la juventud”.
«De las juventudes deben salir, por un lado, vocaciones eclesiásticas que pueblen los seminarios, y por otro, hombres prácticamente católicos y fervorosos que lleven la vida a las parroquias».

Y por los jóvenes, por “salvar a la juventud”, sacrificó su tiempo, sus intereses y su dinero. “Mucho ha sido mi amor a la juventud”, confesaba al final de su vida.

Muchísimo tiempo y energías dedicó a la dirección espiritual de las jóvenes en proceso de acompañamiento y discernimiento vocacional.

Muchas jóvenes de Tortosa y de los pueblos de la diócesis, iban a confesarse con él. Tenía el don singularísimo de conocer e intuir vocaciones. Cuando se ponía al alcance de su mano alguna de las que él entendiera ser «buena para amiga del Señor», según decía Santa Teresa, no la dejaba ya.

En 1869 organizó La «Juventud Católica» de Tortosa.El quería una juventud alegre, piadosa y comprometida. Por eso, una de las iniciativas de la Academia de la «Juventud» fue la de establecer Escuelas nocturnas para obreros y artesanos.

En diciembre de 1881, sacó a la luz pública el primer número de la  revista mensual titulada «El Congregante de San Luis», con veintidós páginas de texto. Llegó a alcanzar fama, prestigio y carácter nacional. Fue el primer periódico de las Congregaciones marianas en España.

Muy pronto adquirió 2.700 metros cuadrados de terreno para establecer un Gimnasio o Círculo de recreo para los jóvenes.

Llegó a reunir hasta 150 congregantes de la sección de estudiantes. Para adiestrarlos en el apostolado social cristiano, estableció secciones destinadas a recoger ropas, que distribuían luego entre los pobres; a visitar los jueves las cárceles, consolando, obsequiando y disponiendo a los presos para la recepción de los Sacra­mentos, e instruyéndolos en la doctrina cristiana; a prestar piadoso homenaje cada semana a la Santísima Virgen de la Cinta y al Santísimo Sacramento; a repartir entre las clases trabajado­ras «La Lectura Popular» y otras cosas semejantes.

En septiembre de 1891 llevó a Roma la Peregrinación de Congregantes marianos, para con­memorar el Tercer Centenario de la muerte de San Luis Gonzaga. El Papa León XIII le felicitó con mucho cariño y gratitud.
           
Su corazón apostólico ideó en 1886 un proyecto de «Institución de Maestros Católicos». Soñaba con fundar una «Hermandad de Maestros Católicos», levantando para ello Colegios adecuadosen las ciudades donde hubiese Normales del Magisterio, para ayudarles económicamente y organizarlos en vida de comunidad durante el tiempo de sus estudios con el fin de infiltrar en ellos un profundo espíritu cristiano. Finalmente, por diversas razones, no pudo realizar su importante proyecto.

Para salir al paso y contrarrestar los efectos demoledores producidos por cierta publicación tortosina sectaria y blasfema, comenzó a editar en 1871, en unión con su  amigo don Enrique de Ossó,  hoy san Enrique, un periódico semanal titulado «El Amigo del Pueblo», «que recibieron –dice él mismo- con gozo indecible los buenos católicos en aquellos aciagos días».
El trabajo por las vocaciones se convirtió finalmente en su auténtica obsesión. Pero, al hablar de vocaciones no pensaba solamente en los sacerdotes y religiosos, sino que incluía también a los seglares, cosa entonces desconocida. 

A los mismos seglares decía: «Cuán pocas veces hemos puesto nuestra palabra, nuestro talento, nuestra influencia, nuestros intereses al servicio de la gloria de Dios y para la salvación de las almas!. Cuán poco hemos meditado que Dios nos quería para cooperadores suyos, cada uno según sus facultades y su vocación!. Sí, todos debemos ser auxiliares de Dios; todos tenemos esta vocación. No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos».

De todos modos, serán las vocaciones sacerdotales lo que él mismo llamará la “llave de la cosecha” en todos los campos de la gloria de Dios.

En aquel tiempo, el Seminario de Tortosa había sido destrozado por la Revolución del año 1868, y los pocos seminaristas que aún quedaban, vivían diseminados por la ciudad, con hambre y sin formación.

El encuentro providencial con uno de estos seminaristas, le lanzó a trabajar sin descanso para dar casa, calor, comida e instrucción a los estudiantes seminaristas.

A mitad de verano, los sacerdotes de la diócesis reciben una carta circular de su puño y letra, en la que les informa que se abre una casa en Tortosa, llamada “Colegio de san José”, para dar un hogar y formación a seminaristas pobres.   

A los dos años, tuvo que comprar una casa más grande porque ya los seminaristas ascendían a 50.  Al curso siguiente, eran 98. Y al año siguiente, 30 más le piden cobijo, y ya no hay sitio. ¿Qué hacer?

Tiene 190 alumnos, pero dispersos en distintos lugares de la ciudad. No se puede seguir así, e inmediatamente propone la idea de construir un Colegio, capaz y con las condiciones necesarias para la formación de los futuros sacerdotes. El 1 de enero de 1878 compró los terrenos necesarios y el 11 de abril se colocó la primera piedra. El 11 de octubre de 1879 y fue inaugurado oficialmente el Colegio de San José de Vocaciones eclesiásticas de Tortosa, con 300 alumnos, más los 100 que continúa manteniendo gratuitamente en un palacio de la ciudad.

Este tipo de Colegio, adquirió fama entre los obispos y muy pronto lo fue estableciendo en Valencia, MurciaOrihuela,  Plasencia  (Cáceres), Almería, Burgos,  y finalmente en Lisboa. De aquí, debido a maniobras sucias de la masonería, los operarios tuvieron que abandonar su misión en Portugal.

En Roma, después de innumerables trabajos y fatigas, fundó en 1892 el Pontificio Colegio Español de San José.

La fundación de la Hermandad: ocurrió que una mañana, aún casi a oscuras, una  luz especial invadió su alma. El mismo nos lo dirá: “Jesús Sacramentado me inspiró la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, el día 29 de enero de 1883, a las siete y media de la mañana”.

La Hermandad es, según su fundador, una “fraternidad sacerdotal” “Hemos de ser decía el Fundador, sacerdotes, y nada más que sacerdotes, y santos; y trabajar cuando podamos por la gloria de Dios, y,  a ser posible, en unión de otros”, siendo y viviendo como verdaderos sacerdotes diocesanos, con una dirección común para mantener el espíritu universal y familiar de la Hermandad.

Manuel Domingo y Sol sembró a manos llenas y al final de su vida dejó establecidos 10 colegios para vocaciones eclesiásticas, la dirección de 18 seminarios en España y América, 2 Templos de Reparación, varios conventos de clausura y el Pontificio Colegio Español de san José en Roma. Y todo fue obra de un sacerdote bueno, profundamente eucarístico, con un corazón  que no se cansó de amar, de trabajar infatigablemente, movido por el amor apasionado a Cristo y a los hombres..

Felizmente, el 29 de marzo de 1987 fue declarado Beato por el Papa Juan Pablo II. Ahora esperamos que pronto pueda ser canonizado como modelo sacerdotal y como “Santo apóstol de las Vocaciones Sacerdotales” como le nombró el Papa Pablo VI en 1970, para toda la Iglesia universal. ¡Dios quiera que lo podamos ver!

           

Julio García Velasco