EL BEATO MANUEL DOMINGO Y SOL
un sacerdote bueno y audaz

 

 

PRESENTACIÓN

El 25 de enero de 1909 fallecía en Tortosa, la bella ciudad episcopal del sur de Cataluña asentada  en las dos riberas del ya remansado  río Ebro, el sacerdote diocesano Manuel Domingo y Sol.

A su muerte escribieron de él bellos elogios. Desde el Papa Pío X hasta el más joven alumno de los colegios de vocaciones eclesiásticas. El cardenal Sancha, desde Toledo testimoniaba: “este seminario está desconocido desde que llegaron a él los sacerdotes operarios”. Un colegial romano, más tarde obispo de Madrid,  comentó: “era nuestro padre”.

Al morir dejaba una estela de cien hombres trabajando escondidos en diez colegios de vocaciones , en dieciocho seminarios, en dos templos de Reparación a Jesús Sacramentado y en el  Pontificio Colegio Español de San José de Roma. Como él mismo diría , trabajaban, sin ser vistos, pero en las raíces del bien.

El Decreto que reconoce sus virtudes heroicas lo define como santo apóstol de las vocaciones sacerdotales. A los 84 años de su muerte el Papa Juan Pablo II lo declara Beato en una ceremonia singular pues llega acompañado del cardenal Espínola, arzobispo de Sevilla y de las tres primeras religiosas Carmelitas beatificadas como mártires, procedentes de la Diócesis de Sigüenza. Ellas abrían brecha en un elenco de mártires reconocidos que ha ido engrosándose hasta nuestros días.

Descendiente de labriegos acomodados por parte de madre y de toneleros por parte de padre, había nacido en el corazón de su ciudad en la madrugada de un viernes santo, el 1 de abril de 1836 y bautizado el sábado siguiente recién bendecidas las aguas pascuales. Le pusieron por nombre Manuel; Domingo lo llevaba como primer apellido heredado de su padre Francisco y Sol le acompañaba como segundo de parte de su madre Josefa. Hacía el número once de los doce que enriquecieron a la familia Domingo Sol.

Como el segundo apellido era más breve y a los sacerdotes catalanes se las conocía por mosén, a todos resultó  más directo bautizarle clericalmente como Mosén Sol, olvidando el Domingo, que tampoco estaba mal. En su última conversación con la religiosa que lo atendía la misma mañana de su muerte, repasó sonriente los nombres con que le llamaban por las calles, según a quien tropezaba: mosén Sol, don Manuel, mosén Manuel, doctor Sol, Manuel Domingo, pare vicari… Le divertía conocer, con solo el tratamiento, a qué grupo pertenecía la persona: discípulos, vecinos del barrio, catalanes, tortosinos, religiosas, devotas.

José María Javierre en su biografía del Beato Mosén Sol, arranca con esta pregunta: ¿y qué le importan hoy los curas a la sociedad española? Nuestra pregunta hoy es: ¿Nos interesa recordar o aprender algo de un cura que nunca tuvo ni quiso otro título que el de ser “sacerdote, solo sacerdote y nada más que sacerdote”?
A los sacerdotes actuales, tantas veces zarandeados por vientos agostadores o por palabras despectivas, nos puede interesar la historia y, sobre todo conocer la actualidad  de un hombre cuyo empeño apostólico era multiplicar las vocaciones, la razón de su vida estuvo íntegra en dar a la Iglesia y al mundo muchos y santos sacerdotes y el centro de su espiritualidad era la Eucaristía.¿Quién era, qué hizo, cual fue el hontanar de su vida interior y la fortaleza de sus compromisos apostólicos?

 

1. UN HOMBRE CABAL
                       
Cuando Manuel pasa a ser Mosén Domingo y Sol es alto, robusto, agradables sus maneras, “le rodea un aire de bondad juvenil y de honradez de adulto. Sabe lo que quiere. Para él, lo deja escrito en sus papeles íntimos, hacerse cura significaba dedicar proyectos, temores y sobresaltos, alegrías y  penas, es decir, su vida entera, a los intereses de la gloria de Dios”. No entran en sus planes una carrera  humanamente brillante. Era ya un hombre cabal.

Tortosa era en esos años una ciudad acogedora, tranquila, mezcla de capital de provincia ―aspiración que nunca alcanzó― y de campechanería de pueblo grande habitado por terratenientes, hortelanos, pescadores, un buen grupo de comerciantes y, como ciudad clerical que era, un número respetable de canónigos y curas, algunos religiosos y varios  claustros de religiosas.

En España eran años de inseguridad y de convulsiones políticas que no dejaron  de quemar conventos y matar o expulsar religiosos; años de sectarismo  y de guerras fratricidas: supresión de conventos, expulsión del Nuncio y de los Jesuitas, nueva Constitución de 1837. En Tortosa, precisamente el año en que nace don Manuel, 1836, es fusilada doña Ana María Griñón, madre del antiguo seminarista y ahora cabecilla carlista, Ramón Cabrera. Conocido como “el tigre del maestrazgo”.
Los ramalazos llegaron también a la ciudad en la que, a pesar de su reducida población, de 1834 a 1843 son fusiladas 30 personas, entre ellas un conocido canónigo, el doctor Sala. Tres mil tortosinos se alistaron en el ejercito carlista y otros tantos forman parte de las milicias nacionales. Abocados los primeros a un absolutismo sin fronteras, arrasan consigo también a una buena masa de eclesiásticos españoles, incapaces de comprender por entonces las sensatas palabras que escribía el gran filósofo catalán Jaime Balmes:” No identifiquéis la causa eterna con la causa temporal; y cuando se presten a alguna alianza legítima y decorosa, sea siempre conservando aquella independencia que reclaman sus principios inmutables”.

En marzo de 1841 el papa Gregorio XVI deplora en una célebre alocución los ultrajes   y persecuciones  que se venían infligiendo a la  Iglesia de España. A partir de 1844, con el gobierno Narváez, se impone la moderación y la Iglesia puede conocer  cierta calma, siendo respetada y reconocida tanto por la Constitución de 1845 como por el Concordato firmado con la Santa Sede en 1851, justamente el año en que el estudiante tortosino Manuel Domingo y Sol ingresa en el seminario diocesano de su ciudad.

Ya siendo sacerdote, vivirá con mayor intensidad la caída de Isabel II (1868), la entrada en España de Amadeo de Saboya (1871), la proclamación de la república a principios de 1873, que ya le va a afectar directamente como profesor del Instituto, la entrada en Madrid de Alfonso XII y su muerte poco después (1875), los tiempos de la regencia y el reinado de Alfonso XIII a partir de 1902. Finalmente el triunfo total  de   “Solidaritat Catalana” en las elecciones generales de 1907.                                   

2. TRAYECTORIA SACERDOTAL
              
Nada sabemos de cómo pudiera brotar  en él su primera inclinación hacia el sacerdocio, pero por sus manifestaciones posteriores, podemos  suponer que fuera germinando  sin ninguna violencia y con natural espontaneidad en el seno de su familia. Y como en el seminario de Tortosa no se recibía, en plan de internado, a los niños que se iniciaban en sus estudios de latín y humanidades, tuvo que asistir a las clases de uno de aquellos “dómines” que impartían su enseñanza agregados al colegio de San Matías, ya por  entonces considerado como seminario conciliar o diocesano.

Difícilmente podía recibirse otra instrucción en su ciudad ya que hasta 1848 no se instala el Instituto de Segunda Enseñanza. Entra en San Matías, donde cursó tres años de filosofía, siete de teología y uno de derecho canónico. Siendo ya sacerdote, obtiene la licenciatura en teología en la universidad eclesiástica de Valencia en 1863 y el 26 de febrero de 1867 el doctorado en la misma universidad. En mayo de 1866 es nombrado socio de la Academia Bibliográfica Mariana de Lérida y ese mismo año, el 8 de octubre, con la máxima calificación consigue el título de Bachillerato en Artes, título expedido el 24 de diciembre por el rector de la Universidad Literaria de Barcelona.

Ordenado sacerdote el 2 de junio de 1860, a partir del año siguiente se inscribe en la “Casa de Misiones y Ejercicios”, recién establecida en Tortosa. Recorre la Diócesis predicando misiones y ejercicios espirituales en las parroquias hasta el 7 de marzo de 1862 en que fue nombrado regente del entonces pequeño poblado de La Aldea. Al año siguiente se encargará de la parroquia de Santiago de la capital de la diócesis. El 5 de febrero de 1864 fue nombrado profesor de Religión y moral en el Instituto de Segunda Enseñanza, donde actuó además como secretario hasta que la revolución hizo desaparecer la asignatura de religión en 1868. El continuará su apostolado fuera de las aulas con los jóvenes, estableciendo la Juventud Católica y creando los Círculos Obreros. Se encarga de la Congregación de San Luis y fundó  la primera revista de las Congregaciones que tituló “El Congregante”. Levantó un gimnasio para la formación y recreo de las juventudes tortosinas.

El año 1868 fue nombrado vicario y confesor del Convento de Santa Clara; fue confesor de la Purísima. Desde el confesionario promovió a gran escala las vocaciones religiosas. Fundó los conventos de Vinaroz, Vall d’ Uxó y Benicarló; ayudó a las Oblatas del Santísimo Redentor, siendo él el verdadero fundador de la casa de Tortosa; se desvivió por las hermanas de la Compañía de Santa Teresa, fundadas por su amigo Enrique de Ossó.

           
3. PERO NO ESTABA SATISFECHO
   
Pero su celo no quedaba satisfecho. Quería abarcarlo todo y de una vez: «una ambición santa parecía querernos lanzar al mismo tiempo a todos los campos». Y providencialmente se abrió la luz de su espíritu con el encuentro fortuito de un seminarista, Ramón Valero, uno de los pocos alumnos del seminario que, después de la Revolución del 68 continuaban sus estudios. Cursaba su segundo año de filosofía, vivía de limosnas, dormía en una buhardilla y se alimentaba de lo que recogía de caridad yendo de puerta en puerta. Estudiaba lo que buenamente podía ya que como consta en diálogo con Mosén Sol, no podía pagarse lo necesario para alumbrarse de noche. Fueron suficientes tres minutos de conversación para cambiar la suerte futura de aquel pobre seminarista y también el horizonte apostólico de aquel aún joven sacerdote.

A sus 36 años de edad es un sacerdote contento, muy contento, lleva 16 de sacerdote y no ha parado; pero su ritmo existencial, la dispersión en tantas tareas comienza a inquietarlo. Como tantos sacerdotes de entonces y de ahora, llegados a un edad y probados diversos campos pastorales, necesitaba, por una parte un eje que vinculara en tomo a sí todas las actividades y una dirección que las oriente en la misma dirección.
 
Enseguida nos vamos a asomar a su alma, descubriremos el cimiento donde apoya sus trabajos y su intensa jornada sacerdotal. El curso 1873-74 comienza la aventura de la fundación del Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José de Tortosa y en 1879 pudo inaugurar el edificio en el que albergaba a 300 seminaristas.
 Pero Mosén Sol andaba pensando en algo que diera continuidad y consolidara esta labor para que, como dirá tantas veces después, las iniciativas pastorales no quedaran a merced de los acontecimientos al desaparecer quien tuvo la iniciativa. Así nacerá la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús. El mismo lo contará en repetidas ocasiones. El día 29 de enero de 1883, a las siete y media de la mañana, después de celebrar la Santa Misa el Señor le inspiró la fundación de la Hermandad, por ello podrá decir: «Nuestra Obra ha brotado del Corazón de Jesús Sacramentado, silencioso, olvidad, desconocido, ultrajado». El 16 de julio de 1883 se fue, con los otros cuatro primeros Sacerdotes Operarios, al Desierto de las Palmas para «redactar las bases permanentes y reglas provisionales de la Hermandad». Tenía la aprobación verbal de su obispo, que la hizo oficialmente efectiva el 2 de febrero de 1884.

El Beato Manuel Domingo y Sol inmediatamente amplió su radio de acción apostólica, acudiendo a las diócesis que reclamaban sus servicios, fundando Colegios de San José para Vocaciones Sacerdotales. El año 1884 fundó el Colegio de Vocaciones en Valencia. En 1888 el de Murcia; en 1889 el de Orihuela. Siempre preocupado por la mejor formación sacerdotal, el año 1892, después de un auténtico vía-crucis por la oposición de los poderosos de la tierra, pudo fundar en Roma el Colegio Español de San José, una de las obras de más importancia e influencia para la renovación espiritual e intelectual del clero español. Ese mismo año 1892 se hizo cargo del Colegio de Vocaciones de Plasencia. El año 1894 del Colegio de Vocaciones de Almería y de dos colegios en Burgos, que enseguida redujo al Colegio de San José edificado de nueva planta. El año 1895 fundó el Colegio de Vocaciones en Lisboa.

Los Colegios de San José marcaron un ritmo nuevo en la formación sacerdotal, desgraciadamente muy descuidada entonces en las diócesis españolas, y los obispos comenzaron a urgir a don Manuel para que se hiciera cargo de la dirección de los seminarios. Después de pensarlo, mucho y obtenido el beneplácito de todos los operarios, aceptó el Seminario de Astorga en el año 1897, el Seminario de Toledo en 1898. Allí fundó también un Colegio de San José. Ese mismo año aceptó la dirección del Seminario de Chilapa en México. El año 1899 tiene que aceptar el Seminario de Zaragoza; en 1901 el de Sigüenza y dos de Cuenca, en 1902 el Seminario de Badajoz, y el de Baeza el año 1903; el año 1904 los Seminarios de Jaén, Ciudad Real y Málaga; el Seminario de Barcelona el año 1905; el de Segovia en 1906, el de Almería en 1907 y el de Tarragona en 1908. En México tuvo que aceptar también los Seminarios de Cuernavaca y Puebla de los Ángeles y encargarse del Templo Nacional Expiatorio de San Felipe de Jesús.

Sufría mucho don Manuel porque no podía acceder a las numerosas y constantes peticiones que le llegaban de toda España y América, pero, dice, en la presencia de Dios quedo tranquilo, porque El ve que no podemos. Realmente don Manuel Domingo y Sol pudo escribir: «El Señor me ha hecho gustar, y en abundancia, de todos los consuelos y sinsabores de los varios campos del ministerio sacerdotal: cura de almas, enseñanza, monjas, asociaciones, y últimamente fomento de vocaciones eclesiásticas, y de todo, esto último es lo que forma y formará mi gozo y mi corona»

Sólo le quedaba una ilusión de toda la vida: levantar templos de Reparación. Los quería en cada diócesis. Al final pudo edificar el Templo de Reparación de Tortosa, donde descansan sus restos mortales. Y es que la Santísima Eucaristía fue su pasión y la raíz de todo su ministerio. «Si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, encontraríamos que el origen de nuestro deseo del bien y del fomento de las vocaciones eclesiásticas, de que Dios nos dé muchos y buenos sacerdotes, ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado».

4. COMO ERA MOSÉN SOL

Hasta aquí su trayectoria humana y sacerdotal. Pero, ¿cómo era de verdad Mosén Sol? Sí, «un cura bueno, ejemplar, piadoso; con una dosis de buen humor sano, rural, campesino». Pero, ¿cómo era por dentro? ¿Cuál era la fuente de su manar multiforme? ¿Qué originalidad nos legó en su espiritualidad y en su estilo de trabajo apostólico? Con sus textos en la mano, nos atreveríamos a elaborar el perfil del sacerdote diocesano que él soñó, deseó e intentó vivir.

Por fuera, a Mosén Sol lo vieron sus paisanos corpulento y amable. Fue quizás un metro setenta y cinco centímetros de talla, recio, de complexión vigorosa. Su rostro si queda fielmente reflejado en los retratos, que coinciden con las expresiones de quienes le conocieron: tez blanca, rostro agraciado, simpático, ojos y cabellos castaños, calvicie prematura. Mirada mansa, bondadosa. La voz dulce, insinuante, «suavemente quejumbrosa», dicen, qué curioso, «como si veladamente revelan la existencia en. su corazón de alguna pena secreta., con cuidado disimulada». Caminaba un poquillo inclinado hacia adelante, acogedor. Le rodeaba un aire atractivo, pacífico. Sonreía. Causaba impresión agradable. No le faltó el piropo de una mujer «¡Ah, ya tiene bien puesto el sobrenombre de Sol, ya!».

 Como intervalo entre la fuente y el mar, entre la raíz y los frutos, dejemos constancia de las virtudes humanas sacerdotales de Mosén Sol. Sin castigarles con los textos, subrayaría las siguientes: de corazón magnánimo hasta no poder más; amable y audaz: «usted pertenece —le escribe el entonces auditor de la Nunciatura en Madrid, Monseñor Vico― a una raza de hombres que difícilmente pierden coraje frente a las dificultades». Mosén Sol es un hombre de amistades. Es interesante echar una mirada a los amigos sacerdotes que con él forman el grupo más activo de la pastoral de la diócesis de sus tiempos: El primer puesto corresponde a don Benito Sanz y Forés; lástima que lo llevan a Madrid: sigue vinculado a Tortosa, va y viene si puede, escribe, aconseja. En seguida de la Revolución, lo hacen obispo: qué sorpresa en el equipo tortosino. Mosén Sol seguirá llamándole «don Benito», y el recién consagrado obispo le escribe desde Oviedo, su primera sede, con esta cabecera cariñosa: «Querido Manolin». Sanz y Forés prosperará en el escalafón episcopal, será luego arzobispo de Valladolid y cardenal de Sevilla. La amistad con mosén Sol permanecerá inalterable.

Otros tres canónigos de la catedral pelean codo a codo del obispo estos años difíciles: don Juan Corominas, profesor de Teología en el Seminario; don Gabriel Duch (que bautizó a Manuel Domingo treinta y dos años atrás, todavía continua de párroco catedralicio), y don Mariano García, religioso exclaustrado, dinámico, celoso; «un espejo» lo considera mosén Sol. El más notable de los amigos, Enrique de Ossó. Los dos sacerdotes juntos, valían por un huracán desatado en las calles de la ciudad. Eran admirados y queridos, se hacían famosos. Un estudiante de aquellos días cuenta que habló, a sus compañeros, de la categoría de mosén Sol, y se oyó responder: «¿Acaso vale más que Ossó?»

Mosén Sol es un trabajador infatigable, pero a partir de su encuentro con el seminarista Valero, va a ser el gran apóstol de las vocaciones. Pablo VI en el Decreto sobre sus virtudes heroicas lo plasmará con definición ajustada: «De todos los que durante siglos han dedicado sus esfuerzos al fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones sacerdotales acaso ninguno lo hizo con tanto entusiasmo, con tanta prudencia, con tanto ardor como Manuel Domingo y Sol, sacerdote, justamente llamado el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales».
Uno de sus biógrafos resume así su pensamiento sobre el mismo: «La razón existencial de don Manuel Domingo y Sol estuvo íntegramente en dar a la Iglesia, y al mundo, muchos y santos sacerdotes».

El recientemente fallecido cardenal don Marcelo González, biógrafo de san Enrique de Ossó afirma: «el hombre a quien más deben los seminarios españoles en lo que va de siglo es a Mosén Sol».


5. SACERDOTE, SÓLO SACERDOTE Y NADA MÁS QUE SACERDOTE

Mosén Sol, por fuera y por dentro, sacerdote, sólo sacerdote, y nada mas que sacerdote. Con razón repetiría lo que se propuso en el amanecer de su ministerio: “trabajar donde fuese y como Dios quisiera y a la voluntad del Prelado; pero con verdadero celo de las almas, y sin buscar ninguna comodidad”.

Para Mosén Sol un cura no es un funcionario, sino un testigo de los misterios de Dios. Por tanto, ha de ser santo. Don Manuel no deja ir el pensamiento por los cerros de Úbeda, tiene las ideas claras: si el sacerdote no proyecta llegar a santo, lo dijo a sus seminaristas, «más vale que se haga carbonero». Santos ¿cómo? «Mediante la vida de unión con Dios». Estuvo pendiente de la presencia misteriosa de Dios a todas horas, utilizando trucos ingenuos y prácticas pueblerinas, tan sabrosas como el pan. De repente le veían «cerrar los ojos un instante y llevar la mano al pecho». Desde la ventanilla del tren saludaba con miradas cariñosas la torre de cada pueblo. Al lado de un camposanto rezaba su responso. Los «ángeles» formaron parte de su mapa existencial, ángeles de la guarda, ángel de España, santo ángel que cuida Tortosa, ángel protector de cada parroquia: los ángeles en la biografía de don Manuel significan una atmósfera que lo empapa todo con secretas fuerzas superiores, en definitiva, traen la cercanía de Dios. Cumplía con escrúpulo las prácticas de rezo y mortificaciones propuestas por la Iglesia a los cristianos, y con sumo cuidado las especificas de sacerdote: retiro mensual, ejercicios anuales, meditación diaria, visitas al Santísimo, rezo del breviario, ceremonias de la misa.

El trato cercano de los misterios le dio seguridad interior, confianza en la providencia divina, tanto si los asuntos rodaban bien como en las horas de angustia: «No puedo esperar que todos los días Jesús me mande caramelos», decía.
La perfección sacerdotal. Sacerdotes, y santos y, a ser posible, en unión con otros, Es el tema que repetirá a todos los alumnos en colegios y seminarios. ¿De qué os voy a hablar? de mi tema favorito: la perfección: «No basta adquirir los conocimientos. Esto es necesario, es conditio sine qua non, si podemos decirlo así más no es lo esencial. Supuesta vuestra vocación, si sois llamados al sacerdocio, debéis ser santos... Si no tuvieseis ánimo de ser santos, os lo suplicaría, no queráis ser sacerdotes… seríais unos infelices”.

6. CON LA PERFECCION PROPIA DE LOS SACERDOTES

Mosén sol lo expresaba en estos términos: «sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que sacerdote... sacerdote libre sin ambiciones ni deseos más que trabajar por la gloria de Dios».

Ya el Concilio Vaticano II nos recuerda que “los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar la perfección” (PO, 12).

El Beato Mosén Sol es reiterativo en este tema, pero lo apoya en el sacramento del Orden y en el ejercicio del ministerio, naturalmente con lenguaje propio de su época: «El sacerdote, por razón de sus ministerios, debe tener mayor santificación que el simple religioso». «La santidad es inherente a nuestro estado». «El sacerdocio exige la perfección por su Orden y por sus oficios...». «El sacerdote, debe no tender, sino poseerla por su Orden».

Cuando habla a sus alumnos teólogos, es reiterativo en estas ideas: «Es preciso entender la alteza del ministerio que supone gracias extraordinarias de Dios y, por lo tanto, correspondencia y fidelidad.

Y como esta fidelidad exige continuo esfuerzo y abnegación y sacrificio, con una vida buena, pero tibia, es imposible, y viene la cercenación de las gracias de Dios, y luego se deja de ser buenos para pasar a la tibieza, que en un sacerdote Dios no la puede sufrir».

El sacerdote, por razón de sus ministerios, vive en intimidad constante con Dios, en familiaridad muy estrecha con Jesucristo, y esto también está pidiéndole santidad. «Y si, para penetramos de la alta santidad que exigen los ministerios y oficios, según el principio de Santo Tomás, quisiéramos ahondar en la consideración de dichos oficios, habría para impresionamos y, diría, espantarnos. Miremos sus actos a la luz de la fe: siempre y casi continuamente en contacto con Dios, ejecutor de sus voluntades en orden a las almas, ministro de Jesucristo, continuador de su obra. Sólo la costumbre de verlo todos los días y de practicarlo nos hace casi insensibles y olvidadores de estos oficios... ¡Qué santidad requiere! Prescindo de las gracias y familiaridad que Cristo ofrece y, por ello, le correspondemos, que esto exige. ¿Quiénes debían amar más a Jesucristo? ¿Por qué nos es más repugnante Judas que los judíos?». La cercanía con Cristo exige santidad, que es amistad sincera, intimidad profunda con El, porque el amigo que no ama, deja de ser amigo y se convierte en traidor. El Beato Manuel Domingo y Sol lo lleva muy profundamente clavado en el corazón: «El sacerdote, o ha de ser santo, o no sirve más que para Judas».

 La santidad consiste en la perfección de la caridad. Y esto quiere decir que el sacerdote debe ser especialmente santo, porque es el hombre de la caridad. Dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «El sacerdote no sólo ha de santificarse a sí, sino a las almas, y siempre, siempre es sacerdote, mediador. Colocado en la fuente de las gracias, es encargado de repartirlas. No hay obra que no sea en bien de ellas, cuando ora, celebra, reza, administra, siempre, siempre». Por ser el hombre de la caridad, el sacerdote tiene que ser santo. Ha sido constituido en favor de los hombres. Es un expropiado por utilidad pública. Es para otros, no para sí mismo. Por eso, dice el Beato Manuel Domingo y Sol: «Debemos agitar la llama de la caridad para llegar a la perfección de la caridad debida, ¡puesto que el sacerdote es más de los otros que de sí. Jesucristo le ha escogido para esto... Además, en el ejercicio de los poderes sacerdotales, somos más para los otros que para nosotros: bautizamos, predicamos, absolvemos, decimos Misa. Verdad que hay profesiones sociales, v.gr.: abogado, médico, pero lo son para sí también. El sacerdote, no. Es el hombre de la caridad y debemos practicarla hoy más que nunca». El haber sido llamados a la intimidad con Cristo, el haber sido consagrados está pidiendo santidad, que es amor. Como dice el Papa Juan Pablo II, «la consagración que recibís os absorbe totalmente, os dedica radicalmente, hace de vosotros instrumentos vivos de la acción de Cristo en el mundo, prolongación de su misión para gloria del Padre. A ello responde vuestro don total al Señor. El don total, que es compromiso de santidad». Y el Beato Manuel Domingo y Sol se expresa así: «¿Qué exige en mí este estado? Una gratitud constante. Una humildad profunda. Una santidad constante». Y, por esta razón, decía a sus seminaristas: «Si no tuvierais ánimo de ser santos, os lo suplicaría, no queráis ser sacerdotes».

7. LA FRATERNIDAD SACERDOTAL, MEDIO DE SANTIFICACIÓN Y DE EFICACIA PASTORAL

Uno de los medios que el Concilio Vaticano II propone a los sacerdotes para su más fácil y mejor santificación, así como para la eficacia de ministerio, es que «mantengan el vínculo de la comunión sacerdotal», «pues por sus cotidianas acciones sagradas, como por todo su ministerio íntegro, que ejercen en comunión con el Obispo y con los presbíteros, se encaminan a la perfección de su vida».
Una de las facetas más características en la espiritualidad sacerdotal, que propone el Beato Manuel Domingo y Sol, es la unión de los presbíteros entre sí, a fin de que logren con mayor facilidad su santificación en medio del mundo y promuevan más eficazmente todos los intereses de Jesús. Personalmente lo deseó siempre, y no cejó hasta encontrar el modo de llevarlo a cabo. Dice que, desde los primeros años de su sacerdocio, «hubiéramos querido, como por instinto, tener medios para todo, y aunar nuestros esfuerzos piadosos los que pensábamos del mismo modo, y unirnos y ayudarnos y hacer entre todos ciertos ministerios de celo, para multiplicar así la gloría de Dios y tener mérito en todas estas cosas, con esa mutua cooperación de unos con otros».

Otra feliz coincidencia con el espíritu del Concilio Vaticano II, que dice: «En virtud de la común Ordenación sagrada y de la común misión, todos los presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad».

 Lo mismo que dice: «Ningún presbítero puede cumplir cabalmente su misión aislado y como por su cuenta, sino sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de los que están al frente de la Iglesia».

Para conseguir estos cometidos, el Beato Manuel Domingo y Sol fundó la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos que, según él mismo dice, «es una obra puramente sacerdotal. Es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que sacerdote... Y el construir este espíritu sacerdotal en un estado permanente forma la esencia y la naturaliza de nuestra Obra. Ahora bien, y notadlo: ese espíritu dificilísimamente lo hubierais conservado individualmente...

8. LA FUENTE DE LAS AGUAS

Pero no podemos cerrar esta semblanza sin satisfacer una curiosidad o un deseo legítimo que, sin duda, anida en lo más intimo de nosotros mismos. Necesitamos “dar una mirada de conjunto al autor de tantas obras. Hacer un viaje escrutador al fondo de aquel alma sacerdotal. Sorprender, en cuanto es posible a un ajeno, los últimos refugios del hombre, allí donde, por sentirse solo y sin testigos, no tiene empacho en suprimir el disimulo o lo artificial. Bucear en la hondura de aquella vida llena, robusta, pletórica, cargada de frutos sabrosos para ver si podemos encontrar la raíz última, el punto exacto de donde mana y procede su hermosura”.

La vida del Beato Mosén Sol es múltiple, compleja, rica y variada en manifestaciones exteriores. Hombre de una pieza, aún en lo físico, su semblante se presentaba siempre acompañado de una limpia y sana alegría comentando desde ellas las múltiples incidencias de que su vida estuvo sembrada, para un espíritu fino como el suyo y atento al profundo sentido de los acontecimientos. Es un deje de buen humor que encontramos en sus cartas.

Su temple de espíritu era de una reciedumbre moral innegable. Solo un gran carácter hubiera podido intentar y, sobre todo, llevar a cabo las grandes y numerosas empresas que él inició y vio coronadas con el más rotundo éxito. La fundación de Roma bastaría para acreditar de enérgico y constante a cualquiera. A él aún le quedaba humor para consolar y dar optimismo a los demás.

Claro que esa heroica constancia no era pura tenacidad de carácter. En Mosén Sol entraba a la par la gracia de Dios, ese elemento sobrenatural de la paciencia, llevada en él a extremos difícilmente asequibles a una virtud ordinaria.

El mejor termómetro para medir la santidad de una persona es apreciar los quilates de su humildad, esa gran virtud escondida en las profundidades del alma, que es cimiento insustituible de todo edificio sobrenatural por cuya hondura hay que graduar la fuerza de resistencia del castillo interior. Con qué ingenua naturalidad se escapaba el alma por la boca del fundador de la Hermandad, cuando, en agosto de 1904, decía a los operarios reunidos en Valencia para convencerlos de que debían elegir a otro para la carga de Director General, que él ya no podía llevar sobre sus hombros por los muchos achaques: “He estado siempre convencidísimo ―dice— de que faltando yo, y no es efecto de humildad, la Hermandad irá mejor: Una cosa es la iniciativa, que Dios da a quien quiere, y otra es la conservación y el desarrollo, que Dios concede a los que elige para ello. No es saludable ni lo mejor a los que tienen ciertos cargos o autoridad morir en ellos, para que así tengan tiempo de escarmentar y hacer penitencia de sus deficiencias y descuidos antes de morir”. Hablando de los muchos trabajos soportados en la fundación de Valencia, escribe a un amigo: “Hubo momentos que estaba a punto de ser infiel a la gracia, queriéndome enfadar y vengarme, paralizando un poco el movimiento de la Obra en ésta ―abandonarla no, porque hace falta―  pero al fin miré a Jesús y me avergoncé de mi falta de fe y de constancia”. Se siente palpitar en estas ingenuas palabras el ansia de los santos porque todos conozcan sus pecados, para que los desprecien y los tengan en poco. He aquí un hermoso rasgo que retrata de cuerpo y alma su alma delicadísima, poniendo de manifiesto, a la vez que su profunda humildad. si finísima delicadeza de conciencia y aquel temor constante que tuvo toda su vida por evitar en sus palabras o en su conducta todo lo que pudiera ser piedra de escándalo para las personas sencillas.

Aunque de la humildad es la paciencia en las injurias y en soportar impertinencias y rarezas de criterio de los demás. Complemento y salvaguardia de la humildad es la mortificación. Todo ello, en uno de sus escritos, encabezado con estas significativas, sinceras  y humildes frases: “No tengo ataduras en el corazón, cargo, lugar, ni intereses. Tampoco afecto permanente a comida, bebida”. Pocas pinceladas, más certeras para dibujar a un santo.  Mosén Sol sabía que el trabajo de la santidad es principalmente positivo, de construcción. Él tendió en incesante vuelo hacia las cumbres cimeras de la perfección desde su tierna edad.

 Su corazón había nacido para amar. Dotado de una sensibilidad ardiente como pocas, de un natural tierno y afectuoso, por temperamento, bien pronto pudo preverse que cuando la gracia le conquistara definitivamente, como le conquistó en efecto por entero desde su florida juventud había, por espontánea fuerza de las cosas, de arrastrarlo hacia el amor con ímpetu irrefrenable. Mosén Sol fue un perfecto enamorado de Jesús. Esta es, sin duda, su virtud central, su característica, la que explica su vida y sus obras, y da unidad y sentido a aquella larga cadena de admirables empresas de celo y no comunes ejemplos de virtud de que está tejida su historia. El amor a Jesús lo ilumina todo: sus generosos afanes de servicio, de seminarista: su celo de novel sacerdote en la catequesis y en la vida parroquial: su consagración prematura y predominante al ministerio de la dirección de almas: su simpática atracción por la juventud; sus correrías apostólicas y sus trabajos por levantar nuevos conventos de esposas del Señor; su empeño por la propaganda católica, el amor a Jesús es, sobre todo, la razón última de su consagración plena y definitiva a la Obra de las vocaciones, de sus Colegios, de la Hermandad, de los templos de Reparación a Jesús Sacramentado. Pensaba únicamente en que Jesús tuviera ministros en abundancia, enamorados de su Corazón y fervorosos reparadores de su amor eucarístico. Seria menester ir recorriendo todos los pases de su fecunda vida para descubrir en cada uno de ellos esa fuerza misteriosa del amor escondido, que agitaba y encendía su alma y ponía alas en sus pies cansados de peregrino para recorrer España de punta a punta, corno tantas veces lo hizo, impulsado por este ardiente fuego que le abrasaba la entrañas, como al profeta Jeremías y al apóstol Pablo.

Mosén Sol amaba a Jesús. Y el amor engendra la confianza y lleva continuamente el pensamiento tras la persona amada. El nombre de Jesús estaba permanentemente en sus labios, porque brotaba en todo momento en su corazón.

Y no pronunciaba este dulcísimo nombre de una manera fría y rutinaria Eran continuos sus suspiros a Jesús por medio de ardientes jaculatorias. Hasta durmiendo lo pronunciaba e impresionaba a las personas que se le acercaban por la forma y emoción con que usaba tal nombre. La confianza con que trataba a Jesús podía parecer excesiva a quien no lo conociera bien. Había aprendido de Santa Teresa, y se lo decía además su piadoso instinto, que el amor dice disparates: “no te pares hasta decirle cosas con excesiva franqueza, pues, como dice Santa Teresa, no debemos parar hasta decirle a Jesús disparates”. Y eso hacía también él. Tenía tal comunicación íntima de todas sus cosas con el Señor, que le introducía en todas sus empresas como autor principal de las mismas.

 Ese exquisito amor a Dios le conduce a un amor obsequioso y sacrificado para con el prójimo; su caridad para con los pobres era extremada. Hay un concepto bastante extendido de la santidad y que la hace consistir en un estiramiento continuo de nervios, en una severidad solemne del rostro, en una rigidez temible de conducta. Puede ser un tipo de santo; pero desde luego no lo fue de Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Jesús. Tampoco es ese tipo de santidad que abrazó Mosén Sol. Su temperamento amable, afectuoso, humanísimo, le inclinaba a la suavidad de trato y a la jovialidad de la vida sencilla y alegre en el Señor. Nunca le abandonaba el buen humor; y a uno de los operarios le escribe esta máxima digna de antología: “No olvides que la tristeza es el mal más grande para el alma después del pecado... es lo único que ambiciono en nuestros Operarios: que tengan alegría espiritual, que es la salsa de un buen apostolado. Con cinco minutos de pensar en la eternidad y una visita a Jesús Sacramentado, desaparecen todas las melancolías”.

 Su amabilidad y su prudente comprensión no le impedían mostrarse enérgico cuando la ocasión o los temas lo requerían. Así lo demostró en la dirección espiritual, en decisiones como el centro de estudios a frecuentar por los colegiales de Roma o a la hora de elegir confesores para los alumnos de sus colegios: “primero es la gloria de Dios y la formación de los jóvenes”.

 Los caminos de la gracia son múltiples, variados e insondables. Dios baja a las almas por mil sendas ignoradas que los hombres no somos capaces ni siquiera de enumerar. La vida interior de Mosén Sol tiene mil diversas facetas que la colocan en su medio personal único. Es ―como dice uno de sus biógrafos― “un poliedro bellísimo en cuyas aristas transparentes se quiebra el sol en mil diversos matices. Dios derramó a manos llenas sobre él el caudal de sus dones naturales y la colmada abundancia de sus mercedes sobrenaturales. En una personalidad tan rica en colorido, tan diversa en afanes, tan múltiple en empresas, es difícil al historiador, que ama la unidad y la síntesis y el golpe simplista de la visión impresionante, reducir a cifra desnuda la riqueza de sus líneas fisonómicas. Pero, por debajo, está la multitud de fuerzas que agitaron su espíritu.
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Entre el ramaje exuberante de la espesa fronda que brotó de su corazón gigante, parece adivinar el fino observador, el dulce son de la corriente cristalina y fresca de un arroyo que todo lo vivifica y lo nutre de sustancia.

En la vida de Mosén Sol hay un hilo de plata que brota en calladas honduras interiores; es la causa escondida de tanta grandeza y de tanta hermosura. El amor abrasado a Jesús Hostia, que le hizo humilde y manso: mortificado, sencillo y amable como Él y, como Él, incansable y audaz y multiforme trabajador de la gloria del Padre”.

Me permito resumir en breves frases quien y cómo era y qué intereses le movieron ¿Este sacerdote cuya memoria recordamos a lo largo de este año que, para nosotros, ya no es funeral sino jubilar:

  • Empeño apostólico: “Mi intento primero y mi ambición en la Obra era multiplicar las vocaciones”.
  • Razón de su vida: “La razón  existencial de Mosén Sol estuvo íntegra en dar a la  Iglesia muchos y santos sacerdotes”.
  • Su centro: la Eucaristía: “Jesús Sacramentado ha de ser el arroyo, el aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos”.
  • Sacerdote ejemplar: Así lo definió el cardenal González Martín  en la  homilía de la concelebración de acción de gracias por su Beatificación: “Nunca la más mínima  sombra de vulgaridad apareció en la vida de don Manuel Domingo y Sol, esa mancha frecuente en nuestras vidas sacerdotales, que afea la belleza irresistible de la caridad pastoral cuando se vive integra y plenamente… Dondequiera que estuvo siempre tuvo una consigna: exigirse más y más”.
  • Santo apóstol de las vocaciones. Mosén Sol fue un trabajador infatigable en todos los campos y por todos los medios posibles en la pastoral diocesana. Pero a partir del encuentro con un seminarista pobre, deja todo para dedicarse a trabajar por las vocaciones y en su formación. Por ello el Decreto en el que se declara el ejercicio de sus virtudes en grado heroico lo sintetiza con definición ajustada: “De todos los que durante siglos han dedicado sus esfuerzos al fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones sacerdotales acaso ninguno lo hizo con tanto entusiasmo, con tanta prudencia y tanto ardor como Manuel Domingo y Sol, sacerdote, justamente llamado el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales”.

CONCLUSIÓN

No se si la figura sacerdotal y apostólica del Beato Mosén Sol ha quedado iluminada. Algo había en él que al punto le conquistaba afecto y admiración. También a mi; desde los años jóvenes de mi vida con los Operarios y mis primeras lecturas me atrajo su amabilidad, su cortesía, su piedad abierta, su espiritualidad nada vulgar. Porque así era el hombre: “enérgico, constante, emprendedor, inflexible, sin miedo a la lucha cuando entendía que se atravesaba por medio la voluntad de Dios; desprendido, humilde, sencillo e ingenuo como un niño cuando se trataba de intereses o conveniencias suyas”.

No fue Mosén Sol un hombre de triunfos resonantes, no llevó tras de sí el fervor y el aplauso de las masas. Le hubiera resultado fácil por sus cualidades humanas y si hubiera seguido en los trabajos de sus primeros años de sacerdote. Pero trabajando en “las raíces del bien”, encerrándose  los claustros del seminario, es difícil  por no decir imposible, sumar parabienes. Prefirió ser  «la gota de rocío que envía Dios a la planta desconocida». Se veía a sí mismo  como un hombre sencillo, sacerdote sin puesto fijo, disponible siempre.

Así, sin más, se fijará para la historia la vida de este humilde y genial sacerdote tortosino que no había querido ser nunca más que sacerdote y sólo sacerdote.


Lope Rubio Parrado
Director Espiritual
Teologado de la Hermandad en México

 

La base de todo lo escrito está en las publicaciones siguientes:
– Martín Hernández, F., Rubio Parrado, L., Mosén Sol,  Salamanca1978
– Mártil Barbero, G., Manuel Domingo y Sol, Apóstol del sacerdocio, Madrid 1942
Javierre, J.M., Reportaje a Mosén Sol,  Un hombre bueno y audaz, Madrid 1987
                

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