Misa del Beato Manuel Domingo y Sol
Parroquia del Parque Móvil de Madrid
Primera lectura: Jr 1,4-10 Salmo: 39
Segunda lectura: Ef 1,3-10
Evangelio: Mt 9,35-38
Queridos hermanos:
Estamos hoy celebrando la fiesta del Beato Manuel Domingo y Sol, fundador, como sabéis, de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos a la que pertenecen los sacerdotes a cargo de esta parroquia. Y en esta ocasión se trata de una celebración muy especial porque con ella iniciamos la conmemoración del I Centenario de la muerte de Mn. Sol. En estos días, de hecho, se están llevando a cabo los actos de inauguración de este Centenario en Tortosa, ciudad donde nació y vivió la mayor parte de su vida nuestro fundador.
Entre quienes le conocemos, cuando se habla de Mn. Sol, nos viene inmediatamente una palabra a la mente, la palabra “vocación”. Pablo VI, se refirió a él como al “santo apóstol de las vocaciones”, y la oración colecta de esta misa empezaba diciendo: “Oh Dios, que descubriste al Beato Manuel Domingo y Sol el profundo sentido de toda vocación, en especial de la vocación sacerdotal”.
Y es que, efectivamente, toda la vida de Mn. Sol estuvo marcada por una constante inquietud por animar a los jóvenes a responder a la llamada de Dios a seguir a Cristo según el designio específico de su voluntad para cada uno de ellos. Fundó asociaciones juveniles donde los jóvenes pudieran formarse en la fe y relacionarse en el marco de los valores cristianos, cuidó y acompañó a muchas chicas en el discernimiento de su vocación a la vida religiosa y, sobre todo, se desvivió por lo que él llamó “la llave de la cosecha”, es decir, por acompañar, sustentar y formar a los jóvenes con vocación al sacerdocio.
Hoy Mn. Sol nos recuerda a todos, y especialmente a los jóvenes, que cada uno de nosotros ha sido creado por Dios como una criatura única e irrepetible con una misión específica al servicio de los demás, y que sólo seremos felices y nos realizaremos como personas, en la medida en que respondamos con generosidad a esta llamada de Dios.
La pregunta clave para nuestra vida, sobre todo en la juventud, no es “¿qué quiero llegar a ser y hacer en el futuro? ¿a qué puedo aspirar con los talentos y posibilidades que tengo?” sino “¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿a qué me está llamando Dios?”.
El salmo que hemos proclamado nos da la clave de lo que debe ser nuestra actitud fundamental ante el futuro: «aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad», «habla, Señor, que tu siervo escucha», «hágase en mí según tu palabra».
Y lo que Dios nos pide es que nos neguemos a nosotros mismos, tomemos su cruz y le sigamos, es decir, que renunciemos a nuestra tendencia al egoísmo y vivamos nuestra vida como entrega al servicio de los demás.
Hay una idea falsa muy común que tenemos que desterrar de nuestra mente, y es creer que nuestra vocación es aquello que nos sentimos espontáneamente inclinados a realizar, aquello que nos resulta agradable y que podemos controlar con facilidad. Nada más lejos de la realidad. Como se ve en el caso de Jeremías que nos presentaba la primera lectura, la llamada de Dios es algo que nos sobrepasa y nos descoloca por completo. Jeremías se ve incapaz de realizar lo que Dios le pide y responde con excusas y objeciones: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho».
Y es que el problema está en que nos pensamos que la vocación es algo nuestro que tenemos que realizar con nuestro propio esfuerzo, mientras que la vocación es de Dios y no somos nosotros quienes la realizamos, sino el poder de Dios actuando en nosotros: «No digas "soy un muchacho", que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte [...] Mira: yo pongo mis palabras en tu boca».
Pero tal vez ahora me preguntaréis: muy bien, estupendo, ¿pero qué puedo hacer yo para saber lo que Dios quiere de mí, para discernir la llamada del Señor?
Y la respuesta es muy sencilla: para que Dios pueda comunicarnos lo que Él quiere de nosotros necesitamos tener una actitud de escucha. Recuerdo a un obispo que, hablando acerca de la actual crisis de vocaciones al sacerdocio, comentaba que él estaba convencido de que Dios seguía llamando a muchos jóvenes a esta vocación, pero que lo que ocurría es que había tanto ruido en el ambiente que era casi imposible escuchar su voz.
Efectivamente, sea cual sea el designio que Dios tenga para nuestra vida, para poder descubrirlo necesitamos hacer un poco de silencio, apartar de vez en cuando nuestra mirada de tantos estímulos que reclaman constantemente nuestra atención, y escuchar la palabra del Señor, que nos habla a través de las Escrituras y de los hechos y circunstancias que se nos presentan en la vida cotidiana.
Y uno de los signos más elocuentes a través de los cuales nos habla el Señor son las necesidades de nuestros hermanos. Hemos visto en el Evangelio cómo la preocupación de Jesús por que Dios mande trabajadores a su mies nace de su compasión ante las gentes que estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.
Pues creo que si hoy miramos con los ojos de Jesús a los hombres y mujeres de nuestro tiempo -y muy especialmente a los jóvenes- descubriremos que a menudo también ellos están extenuados y abandonados como ovejas sin pastor. Y la constatación de esta situación no puede dejarnos indiferentes, sino que debe movernos -como a Jesús- a orar y a salir al encuentro de tantos y tantos jóvenes que, aunque tal vez dispongan de los últimos artilugios electrónicos del mercado, están angustiados y desesperados porque no encuentran sentido a su vida.
Que el Beato Manuel Domingo y Sol interceda por nosotros para que sepamos escuchar en cada momento la llamada de Dios y, siguiendo el ejemplo de su vida, tengamos la fortaleza y la audacia para responder a ella con todo nuestro ser.
José María Prats Rocavert
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