JUAN PABLO II

            A los queridos hijos superiores, alumnos y antiguos alumnos del Pontificio Colegio Español de Roma

            Queridos hijos: Salud y Bendición apostólica.

            Con la atención constante y paternal con que sigo la vida de los Cole­gios eclesiásticos de Roma, aprovecho gozoso esta ocasión tan oportu­na de celebrar solemnemente, el próximo día 1 de abril, junto con los Obispos de España y principalmente con vosotros, superiores, alumnos y antiguos alumnos de este Pontificio Colegio Español de San José, el primer centenario de su fundación.

            El Papa León XIII, de feliz memoria, quiso seguir con su paternal pro­tección vuestro Colegio, fundado poco antes por el Beato Manuel Do­mingo y Sol. Y todos los Romanos Pontífices siguientes continuaron mostrándole su afecto especial y sus más delicadas atenciones. Juan XXIII y Pablo VI visitaron vuestra sede anterior del Altemps y el mismo Pablo VI y yo hemos estado también, con gran alegría, en la actual. Y es justo: porque después de este siglo de vuestra historia no ha sido vana la esperanza de los fundadores, que quisieron el Colegio como Una siembra de buenos frutos para las Iglesias de España. Entre esos frutos me es grato recordar a los antiguos alumnos que honraron a la Iglesia en el servicio del episcopado; también el elevado número de alumnos, que han dedicado su trabajo durante tantos años a la forma­ción de los seminaristas, principalmente de España; por fin recordamos a aquellos que ofrecieron el ejemplo de sus virtudes en el ministerio pastoral y en el derramamiento de su sangre sacerdotal. Por esta abundancia de gracias celestiales, doy junto con vosotros gra­cias a Dios: a la vez que me dirijo paternalmente a vosotros, queridos sacerdotes y alumnos del Colegio, indicándoos brevemente unas ideas, que os puedan servir, a cada uno individualmente y a todos como co­munidad eclesial, de signo de este vuestro jubileo secular. Imitando a tantos y tan buenos antecesores, ofreced, con corazón generoso, la vi­da a vuestras Iglesias y a la Iglesia universal, de modo que, por vuestra estancia en Roma, deis ejemplos admirables de virtudes, tan necesa­rios a los sacerdotes de nuestro tiempo.

            De virtudes, digo, entre las que sobresalga la visión radical del Evange­lio, que exige continuamente de vosotros un gran entusiasmo pastoral, y que incluso os mantenga siempre dispuestos a aquellas actitudes esforzadas, que Dios puede pedirnos con frecuencia a los pastores de la grey, principalmente en estos nuestros tiempos. Pero nunca seréis ap­tos para esta actitud pastoral si no cultiváis, también radicalmente, la amistad y el trato intimo con Jesucristo, Sumo Pastor. Por vuestra especial dedicación a los estudios eclesiásticos, os doy un segundo consejo: el trabajo pastoral os pide hoy de modo singular una intensa formación intelectual. Que os quede, como experiencia Roma­na, ese recto equilibrio, por el que ni la preocupación del quehacer pas­toral os haga olvidar o abandonar la riqueza de los principios y del es­tudio, ni la exagerada dedicación al estudio reste importancia a la acti­vidad pastoral. Es más, ya que sois evangelizadores en estos tiempos nuevos de nuestra historia cristiana, vivid de tal manera la doctrina que podáis darla como desmenuzada al pueblo, hambriento de la Palabra de Dios.

            Por último, permitidme que con especial consuelo y esperanza, os dé un tercer consejo: por la venerable historia de vuestros antecesores, sé que los Obispos de España han dedicado a los alumnos, que salen del Colegio, a trabajar con preferencia en la formación de los seminaristas. Esto es lo que deseo pediros: sea cual fuera el ministerio que se os en­comiende, tened siempre en el corazón el sembrar, cuidar y pedir con ardor a Dios vocaciones sacerdotales. Que vuestra mejor herencia sea dar a la Iglesia nuevos sacerdotes, por los que, de alguna manera, vuestra entrega pastoral se perpetúe por años y años. Sea ésta vuestra gloria y vuestra corona, que el ejemplo de vuestro sacerdocio mueva fuertemente a otros jóvenes para seguir de cerca a Cristo: de este mo­do daréis un gran consuelo a la Iglesia, a vuestros Obispos y a mí mis­mo, afligidos por la disminución de sacerdotes.

            A María, la Virgen Madre, a la que durante tantos años honraron los alumnos del Colegio como Madre Clementísima, igual que vosotros continuáis honrándola, le pedimos ardientemente que ella sea garantía y esperanza de estos grandes votos, que hago por vosotros. Mientras espero celebrar con vosotros este vuestro jubileo, envío mi paterna Bendición a los Reverendísimos Patronos, el Cardenal Arzobis­po de Toledo y el Arzobispo de Sevilla, a todos los Obispos de España, al rector, superiores, alumnos y antiguos alumnos todos, dando gracias a Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo.


            Dado en Roma, junto a San Pedro, el día diecinueve de marzo de mil novecientos noventa y dos, décimo cuarto de mi Pontificado.

Juan Pablo II