IDEAS PARA UNA POSIBLE HOMILIA

 

1. Hablar del Beato Mosén nos obliga y ofrece la oportunidad de referirnos a uno de sus temas preferidos: La santidad sacerdotal y las vocaciones. Temas, por otra parte, de interés y urgentes tanto en su tiempo como en este nuestro.

Escuchemos en primer lugar  un texto del mismo Mosén Sol: «Ser sacerdotes y santos en medio del mundo es un milagro, y ese milagro lo haremos, y este milagro no se hará sin combates, tentaciones, penas, contradicciones, desmayos, temores, escrúpulos. Pues cuando las tentaciones nos persigan y las ocasiones nos atemoricen y las dudas nos aflijan y las contradicciones nos desmayen y las pasiones nos agiten, si estamos acostumbrados a acudir a Jesús Sacramentado, aunque nos parezca no tener fe y estar en tinieblas, una visita silenciosa al tabernáculo arrancará una compunción, tal vez una lágrima, que disipará nuestras dudas, calmará nuestra agitación y temores, devolverá la alegría y la paz. La experiencia os lo dirá. Jesús Sacramentado ha de ser, pues, el arroyo, el aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos».

Cierto, los sacerdotes vivimos circunstancias distintas de las que le tocó vivir a Mosén Sol. ¡Han ocurrido tantas cosas desde hace cien años! Han corrido muchas aguas bajo los puentes de nuestra historia eclesiástica, a veces turbulentas y en ocasiones cristalinas portadoras de fecundidad y alegría. Tampoco han faltado  sequías prolongadas; nos han acompañado vendavales que dejaron vacíos nuestros seminarios y trágicas aventuras que cubrieron de sangre nuestros presbiterios diocesanos.  El de Tortosa, nuestro presbiterio, es un testigo cualificado y también el grupo selecto de los  discípulos de Mosén Sol que engrosan la lista de sacerdotes que rubricaron su ministerio con el derramamiento de su sangre por la fe y sin otro motivo que el de ser sacerdotes ejemplares.

2. Los modos de vida sacerdotal y de la sociedad han cambiado demasiado aprisa para que todos hayan podido acompasar su caminar al mismo ritmo. Pero el “sacerdote santo” siempre ha sido y seguirá siendo un hito, una señal orientadora no solo de nuestra identidad sacerdotal, sino también  faro luminoso para la vida cristiana de quienes tengan la fortuna  de contar con un pastor según el corazón de Dios en su comunidad.

3. A Mosén Sol lo veneraron sus contemporáneos y lo seguimos venerando sus discípulos como un sacerdote cabal, sacerdote bueno y audaz, sacerdote santo. Fue un hombre bueno, hasta su sentido del humor le ayudaba a vivir la “humanidad” del sacerdote. Pero jamás perdió de vista sus funciones de “mediador de Dios”. El sacerdote no serviría  para representar  los hombre ante Dios si él no perteneciera a la raza. Jesucristo quiso necesitar ser hombre para poder sacrificarse ante el Padre en nombre y favor de los hombres.  Así resultó que la hostia en ese sacrificio consumida era al mismo tiempo, por un juego de prodigios, la hostia manchada y hostia aceptable. Los sacerdotes participamos y prolongamos el sacerdocio de Cristo.

4. La razón existencial del Beato Mosén  Sol  estuvo íntegra en dar a la Iglesia, y al mundo, muchos y santos sacerdotes. ¿Cómo consiguió serlo él y contagiarlo a los demás?

 4.1. La  fraternidad sacerdotal

Uno de los medios que el Concilio Vaticano II propone a los sacerdotes para su más fácil y mejor santificación, así como para la eficacia de su ministerio, es que  “mantengan el vínculo de la comunión sacerdotal”, pues “por sus cotidianas acciones sagradas, como por todo su ministerio íntegro, que ejercen en comunión con el Obispo y con los presbíteros,  se encaminan a la perfección de su vida”.

Una de las facetas más características en la espiritualidad sacerdotal, que propone el Beato  Manuel Domingo y Sol, es la unión de los presbíteros entre sí, a fin de que  logren con mayor facilidad su santificación en medio del mundo y promuevan  más eficazmente todos los intereses de Jesús. Lo dirá expresamente: “Ningún presbítero puede cumplir cabalmente su misión aislado y como por su cuenta, sino sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de los que están al frente de la Iglesia”

4.2. Santidad apoyada en virtudes sacerdotales cuidadas

Mosén Sol era de un conversar ameno; su amable y entera personalidad sacerdotal la simplificaríamos, sin necesidad de multiplicar sus textos, en los siguientes rasgos:

  • Limpia y sana alegría;
  • Reciedumbre moral;
  • Humildad y sencillez;
  • Saber y querer perdonar;
  • Delicadeza extrema de intención .

           
Santidad alegre. Así era Mosén Sol. Al estilo de San Francisco de Sales, de Santa Teresa de Jesús, de Santa Micaela del Santísimo Sacramento. Su temperamento amable, afectuoso, humanísimo, le inclinaba a la suavidad de trato y a la jovialidad de la vida sencilla y alegre en el Señor. Su amigo, también trabajador incansable en Tortosa, el más tarde cardenal Sanz y Forés decía que “nunca le abandona el buen humor”. El mismo Mosén Sol tenía hecho el propósito: “Servicio de Dios alegre y agradecido, a pesar de los trabajos, agobios y malestar”.

Bien penetrado tenía su espíritu de semejante verdad quien escribía a uno de su Operarios estas máximas dignas de antología: “No olvides que la tristeza es el mal  más grave para el alma después del pecado, y el que obedece cumple la voluntad de Dios, y el que la cumple ya no puede tener motivo de tribulación. Es lo único que ambiciono en nuestros Operarios: que tengan alegría espiritual que es la salsa de un buen apostolado. Con cinco minutos de pensar en la eternidad y una visita a Jesús Sacra­mentado, desaparecen todas las melancolías”.

4.3. En el centro, la Eucaristía

Él mismo nos lo ha indicado ya. Para Mosén Sol el centro, el motor, la fuente de su vida  sacerdotal y de su actividad pastoral es la Eucaristía. El inolvidable Juan Pablo II, en su carta sobre la Eucaristía nos deja unos textos en los que necesariamente encontramos un paralelismo casi literal con el de nuestro Beato tortosino: “Este asombro (el del acontecimiento Pascual y de la Eucaristía) ha de inundar siempre  a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística, pero de modo especial, debe acompañar al ministro de la Eucaristía (E. de E,5).

Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal…el sacrificio eucarístico es el centro y raíz de la vida de los presbíteros”.

“Postrémonos largo rato ante Jesús Sacramentado presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal y comunitaria en la adoración, con la ayuda de reflexión y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y en las experiencias de tantos místicos antiguos y recientes” (M.N.D, 19). ¿No nos suenan estas palabras en labios de  Mosén Sol? (Cfr.I, 5º, 31 y 8º, 23 y 15).

Mosén Sol fue un hombre ardientemente enamorado de la Eucaristía. “Llena todos los anhelos de mi espíritu, y de fruición cor meum et carnem meam”. Hablando a  futuros sacerdotes sobre la Eucaristía, les dice que  sea  “la  fuente donde bebáis las saludables  aguas de la gracia y, con ellas, pueda el Señor hacer fecundo vuestro ministerio”.

En manifiesta coincidencia con el Concilio Vaticano II cuando dice que “la caridad pastoral fluye ciertamente, sobre todo, del  Sacrificio Eucarístico que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero”, el Beato Mosén Sol predicaba.” La Eucaristía ha sido siempre para la Iglesia la fuente más vivificante de la santificación de los fieles. Ella es la que en todos los siglos ha formado los mártires, los confesores, las vírgenes. Ella es la que nos enriquece con los más ricos dones de Dios. Ella es la que nos instruye en las más heroicas virtudes. Sin Jesús Sacramentado, ¿qué sabríamos del amor, de la abnegación, del sacrificio?. Sin embriagarnos de ese vino que engendra vírgenes, ¿conoceríamos la castidad?. Sin unirnos a esa víctima divina del Calvario, ¿conoceríamos el espíritu de sacrificio?. Sin asistir a ese festín de amor, ¿conoceríamos la caridad?. Ella es la que lanza al misionero en alas de su celo a las más remotas regiones, para atraer almas al amor de su Amado”.

Sintetiza su pensamiento en una frase rápida y preciosa:”Una de las cosas que nos  avergonzaría en el cielo, si pudiera haber confusión, sería el que le hemos tenido en la tierra y no nos  absorbió toda la vida, todo nuestro corazón”

4.4. Sin necesidad de otros medios; sólo por ser sacerdotes

Mosén Sol decía que la Hermandad es “una obra sacerdotal diocesana organizada”. La condición de sacerdote diocesano se ha de manifestar en la unión con el Obispo y la colaboración estrecha con los sacerdotes del mismo presbiterio. Pensando y concretándolo en sus Operarios, Mosén Sol resumía así: “Los operarios, correspondiendo al nombre de diocesanos, y siéndolo en verdad, promoverán las Obras de carácter más universal y más en consonancia con los objetos de la Hermandad, cuando la diócesis lo requiera, bajo la dirección del obispo”.

La integración diocesana la entendemos los operarios no como algo simplemente con­veniente por razones humanas o pastorales, sino como un deber , tal como nos lo dejó dicho el Beato Fundador: “Es un deber de los operarios la colaboración en los apostolados del clero diocesano y la participación en sus reuniones y actos…La Hermandad, en su esencia y en su origen, es y ha querido ser, con mayor o menor acierto en su historia, un intento de poner de relieve la esencial fraternidad sacramental del presbiterio”

5. Tortosa fue  afortunada

Mosén Sol fue generoso, muy generoso y abierto; por eso no nos perdonaría que hablando en Tortosa no hiciéramos memoria de otros dos personajes que en Tortosa vivieron , para Tortosa trabajaron y en Tortosa se santificaron.

Sí, Tortosa fue afortunada porque contó en la segunda mitad del siglo XIX con un trío de ases  en su partida para mantener la fe , crecer en vocaciones y dar respuestas concretas a sus urgencias sociales: Santa María Rosa Molas, San Enrique de Ossó y el Beato Mosén Sol.

La madre Molas redime de la pobreza a los habitantes de la  “Casa de la Misericordia”. La estampa conservada en la memoria de los tortosinos de Madre Molas no es la de una santa revestida de fulgores, sino la de una monja “fregando el suelo en una balsa de agua por los pasillos de la Misericordia”. Madre Molas limpia la miseria y abre escuelas para las niñas más pobres de Tortosa, hasta tal punto que el Ayuntamiento la reconoce oficialmente y otros lo envidian por contar con ella.

San Enrique y Mosén Sol, los dos sacerdotes juntos, serán “un huracán  desatado en las calles de Tortosa. Eran admirados y queridos”. Tal vez la primera experiencia de fraternidad sacerdotal amasada por la amistad y la perfección sacerdotal vivida a fondo. La catequesis, la educación, la dirección espiritual… San Enrique es acreedor del título de insigne catequista, magistral educador y sacerdote santo.

Y Mosén Sol. Dos textos nos los definen. Uno tomado del Decreto de la declaración de sus virtudes heroicas: “De todos los que durante siglos han dedicado sus esfuerzos al fomento, sostenimiento y cuidado de las vocaciones sacerdotales, acaso ninguno lo hizo con tanto entusiasmo, con tanta prudencia, con tanto ardor como Manuel Domingo y Sol, sacerdote, justamente llamado el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales”.

El otro es de un gran admirador tanto de San Enrique como del Beato Mosén Sol. El cardenal Marcelo González Martín, entonces Arzobispo de Toledo y Primado de España, en la homilía de la Concelebración dando gracias por la Beatificación de Mosén Sol, dijo, entre otras cosas,”Nunca la más mínima sombra de vulgaridad apareció en la vida de Don Manuel Domingo y Sol, esa mancha frecuente en nuestras vidas sacerdotales, que afea la belleza irresistible de la caridad pastoral cuando se vive íntegra y plenamente. Ya fuese como Regente de las Parroquias a que le enviaron o como Consiliario de Asociaciones de jóvenes, en la Cátedra, en la dirección espiritual de las almas que a él se confiaban, en los trabajos catequéticos y periodísticos, los que realizó, por ejemplo, en compañía de su gran amigo y santo también el Beato Enrique de Ossó…, dondequiera que Don Manuel Domingo y Sol estuvo siempre tuvo una consigna: exigirse a sí mismo más  y más”.

Algo, ciertamente, había en él que al punto le conquistaba afecto y admiración. Aquella apacibilidad de su rostro, aquel sereno y dulce mirar, aquella exquisita cortesía, señorial y paternal a un tiempo; aquella conversación efusiva y discreta, grave y jovial y aun, a veces, con suaves ironías que siempre daban en el blanco; aquella piedad, en fin, tan sencilla, tan modesta y sin afectación, eran como destellos de un espíritu nada vulgar. Pero aquí se detenían muchos. ¿Es que se puede medir a simple vista la profundidad de los grandes ríos y basta, para conocer la longitud de su curso, calcular la distancia en línea recta entre el lugar de su nacimiento y el de su desembocadura? Tampoco era suficiente para conocer una vida tan profunda como la de Mosén Sol un trato superficial y pasajero, ni sus partidas de nacimiento y defunción bastan para medir la longitud de una existencia.

Porque así era el gran hombre: “Enérgico, constante, emprendedor, inflexible, sin miedo a la lucha cuando se atravesaba por medio la voluntad de Dios; desprendido, humilde, sencillo e ingenuo como un niño, cuando se trataba de intereses o conveniencia suya”.
           
En definitiva, un sacerdote bueno y audaz.
 

           
Lope Rubio Parrado
Director Espiritual
Teologado de la Hermandad en México