Fiesta de D. Manuel. Año del Centenario. Aspirantado mayor: 3 de febrero de 2008
1. D. Manuel, un encanto de sacerdote
Solemos utilizar la expresión: ‘es una persona encantadora’, referida a alguien;
Encontrarnos con una de esas personas hace brotar en nosotros entusiasmo e ilusión; produce alegría contagiosa, fuerte atractivo y estimulante optimismo.
Y lo aplicamos a ciertas personas, que vivieron o viven sus días con una pasión contagiosa y sus vidas mueven y conmueven y otros.
D. Manuel fue una de estas personas: un sacerdote encantador.
Muchas personas que tuvieron la suerte de conocerlo, se sintieron atraídas, encantadas…
2. ¿De dónde le venía ese encanto, capaz de mover y atraer a otras personas?
Sin lugar a dudas, era una persona que se sentía ‘agraciada’, muy regalada por Dios, elegida por Él para ser su sacerdote; digno de su confianza, por tanto.
Y es que la experiencia de sentirse ‘agraciado’, desencadena en la persona un modo particular de ‘ser’ y estar en el mundo.
Precisamente, desde esa hermosa experiencia de sentirse amado –elegido- por Dios, fue creciendo el deseo de entregarse más y más a Él y a su causa, a la extensión de su Reino, lanzándose hacia el futuro, apoyado fundamentalmente en esa elección amorosa del Señor.
Cuando una persona se siente amada, se vuelve una persona alegre, positiva, esperanzada…Y así:
¡Cuánta gente sencilla de las parroquias, simples obreros o campesinos, padres y madres preocupados por la educación de sus hijos, maestros en su difícil tara de educar a las nuevas generaciones acudían a él buscando orientación, luz y guía en sus vidas y trabajos!
¡Cuántas religiosas, de distintos conventos, se sintieron afortunadas al recibir sus consejos de padre, reconfortadas con sus palabras y deseosas de progresar por el camino de la santidad!
Pero, además, en nuestros archivos encontramos escritos hermosísimos de jóvenes seminaristas y de sacerdotes… que le compartían sus deseos de unirse a él, de formar parte de su Hermandad, de aprender a ser excelentes sacerdotes a su lado.
Ciertamente, su calidad humana, su vivencia espiritual, su corazón apostólico, su sentido práctico pastoral, su visión de Iglesia y sus proyectos a favor de las vocaciones, especialmente las sacerdotales… contagiaban, atraían, encandilaban a muchos que tenían un corazón semejante.
Y, aunque no aceptaba a muchos, dado que los quería de buen carácter, abiertos y disponibles, de buen corazón, apostólicos y, sobre todo, con ese deseo profundo de llegar a ser santos. Con los que reunió pudo realizar una tarea hermosísima en la Iglesia, como fue la de preparar en los seminarios a los futuros sacerdotes que el día de mañana atenderían las distintas comunidades y las transformarían en comunidades vivas, apostólicas, compro-metidas en la evangelización de sus contemporáneos.
No es extraño que los Obispos, al constatar esos frutos tan maravillosos, pidieran a D. Manuel a algunos de los sacerdotes que se le habían asociado para sus seminarios y sus diócesis, como sucedió aquí en México, empezando por Chilapa, Cuernavaca, Puebla, Querétaro…
3. Los Sacerdotes Operarios Diocesanos formamos parte de ese grupo de personas ‘atraídas’ por D. Manuel
Ustedes han tenido la suerte de conocer a D. Manuel, no directamente, sino a través de esos Sacerdotes Operarios Diocesanos que un día se sintieron atraídos por D. Manuel.
En muchos de ellos descubrieron ustedes algo muy especial también: su cordialidad, su cercanía, su preparación, su testimonio de vida, su rica experiencia espiritual, su espíritu de servicio… que es precisamente lo que les ha cautivado. Y así ¡cuántos de ustedes se sienten muy dichosos de haberlos conocido! ¡de considerarse entre sus amigos! Y lo expresan siempre con mucha alegría.
Pero todo eso ha sido posible, porque hubo un sacerdote llamado Manuel Domingo y Sol, que fue un encanto de sacerdote; mejor dicho que se convirtió en un encanto de sacerdote precisamente porque antes se dejó cautivar por Dios y por su causa.
¿Ustedes se imaginan lo que acontecería en el corazón de D. Manuel para que él se convirtiera en una persona tan encantadora? ¿Qué le haría experimentar Dios en esos ratos de coloquio íntimo, de intimidad apenas confesable, para que él no sólo no le negara nada, sino que estuvo siempre a su disposición para los planes que él tenía previstos realizar a través de su persona y ministerio apostólico?
Como nuevo Moisés, que al bajar de la montaña, después de haber compartido íntima-mente con Dios, despedía una gran luz, hasta el punto de deslumbrar a cuantos se le acercaban, así también D. Manuel atraído en lo más íntimo de su corazón por Dios, se sintió enteramente cautivado, de manera parecida a como siglos antes lo había afirmado el profeta: me sedujiste, y me dejé seducir.
4. Acción de gracias y petición
Por eso hoy les invito a sumarnos, todos juntos, a ese canto de alabanza y de agradecimiento al Señor, por este gran regalo que Dios hizo a su Iglesia: en la persona de D. Manuel y por ese grupo de sacerdotes que forman la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, a la que un día se sintieron atraídos por ese encanto de persona y por su celo apostólico.
Pero, al mismo tiempo, les invitamos a unirse a nuestra oración para pedir sacerdotes, profundamente cautivados por Dios, para que en medio de nuestras comunidades sean sacerdotes encantadores, al estilo de D. Manuel.
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