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PROYECTO DE HOMILIA SOBRE DON MANUEL
Textos bíblicos:
Jer 1, 4-9
Sal 39; Aleluya: Jn 15, 16
Mt 9, 35-38.
Celebrar es hacer fiesta; es ponderar, bendecir, alabar las “gestas” de alguien que nos es cercano, próximo, actual, vivo, aunque hayan pasado ya muchos años marcados por su ausencia; es traspasar el horizonte, otear el futuro, subrayar rumbos ya iniciados o marcar rumbos nuevos, iluminados, orientados y estimulados por la luz y energía que la memoria celebrada provoca.
Nos reúne hoy aquí celebrar, con la Memoria sublime, originante, adorable, de la muerte-resurrección de Jesús, Sumo y eterno sacerdote, la memoria pequeña, derivada, pero cercana, entrañable, de los cien años de la muerte, y con ella y en ella, de la trayectoria existencial de nuestro D. Manuel Domingo y Sol, el Beato Mn. Sol, sacerdote de la diócesis de Tortosa, el santo Apóstol de las vocaciones, el Fundador de la Asociación Sacerdotal “Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos”.
En él se cumplieron a la letra las palabras que acabamos de proclamar. Su trayectoria existencial muestra que también él fue escogido “antes de salir del vientre”, que fue consagrado desde el seno materno y nombrado y enviado como profeta sacerdotal, que recorrió caminos, emprendió aventuras arriesgadas, sin desfallecer ni sucumbir antes las dificultades, que supo hablar con palabras encendidas, con labios purificados. Celebrar su memoria es ocasión para “tener en cuenta cómo culminó su vida e imitar su fe” (cf. Heb 13, 7) . Los rasgos de su vivir y hacer sacerdotal abren horizontes, ofrecen pistas, marcan rumbos a nuestro ministerio presbiteral.
- Cura, y solo cura
Es el primer rasgo que llama nuestra atención. El Beato Manuel Domingo y Sol se concibe a sí mismo y manifiesta como cura, y solo cura. Alguien dedicado la vida toda casi en exclusiva a “cuidar” de personas, a “ofrecerles cuidados” de todo tipo y a todo género de personas, individualmente o en grupo.
Un cura lleno de humanidad, - “ser hombres de corazón...; no basta que seamos sacerdotes muy espirituales... hemos de ser hombres” (Selección de Textos, p.105) -, que se dejaba conmover por las situaciones de miseria física o moral de las personas a quienes trataba llegando hasta el abrazo a los pordioseros, que le dejaban en herencia su buena ración de piojos, llegando hasta las lágrimas ante los sufrimientos con que topaba, amable hasta la ternura con compañeros y alumnos, compasivo y misericordioso con cuantos pasaban necesidad hasta resolver sus situaciones, como las que dieron origen a la fundación de sus colegios de S. José.
Un cura no atado a territorio pastoral concreto, ni geográfico (parroquias, capellanías, beneficios) ni eclesiástico. Su territorio fue siempre y únicamente, si se permite la paradoja, las personas. Lo vivió así desde los primeros tiempos de su ordenación, como lo confiesa repetidamente y casi siempre con la misma fórmula, con toda simplicidad, a sus operarios: “Ante todo creo interpretar y leer vuestro corazón examinando el mío... Como por la misericordia de Jesús... no teníamos ninguna idea humana, ni aun de esas que son lícitas en la carrera sacerdotal, nos preocupaba menos lo que en otros forma un pensamiento de colocación o destino...Y una ambición santa parecía que hubiera querido lanzarnos a todos los campos” ( SelTextos pp.85-86). “Sacerdote, sin querer ser más que sacerdote. No párroco, ni beneficiado, ni otro cargo, sino sacerdote libre, sin ambiciones ni deseos más que el de trabajar por la gloria de Dios” (Ibíd.. 87). “En su instinto... (la Hermandad de S. O.) ha sido el dar forma a ese espíritu sacerdotal, latente en muchos corazones... rectos y grandes, a quienes no llena ningún destino particular... (con ) un espíritu libre. Una vida puramente sacerdotal. Lo que hubiéramos querido ser en el mundo, sin estar atados a parroquias, y sin ambiciones de cátedras, prebendas, pero resueltos a trabajar cuanto pudiésemos” (SelTextos, pp. 88-89).
Como consecuencia de no estar atado a un territorio concreto, su ministerio fue itinerante y su dedicación apostólica primordial, casi exclusiva, a lo largo de toda su vida, fueron la predicación, la dirección y orientación de personas individualmente o en comunidades religiosas o parroquiales; el fomento de actividades y obras apostólicas en territorios atendidos por otros y en su favor; emprendió, coordinó y sostuvo por todo el territorio español, y aun fuera de España, obras de gran envergadura, destinadas a multiplicar agentes pastorales; creó, acompañó y animó numerosas comunidades religiosas contemplativas y apostólicas. Fue un cura atento siempre y abierto a acudir allí donde las necesidades le demandaran o a los campos que la obediencia le sugiriera o encomendara.
Por lo mismo, la actividad más frecuente entre los curas, la administración de sacramentos, la prestación de servicios religiosos, rituales, fue muy escasa, centrada y casi limitada a la Eucaristía y a la reconciliación, convertida en él en orientación espiritual. Diríamos con terminología actual que fue primordialmente pastor-profeta, y solo muy escasamente pastor-sacerdote.
2. Un cura diocesano
Un cura que amó entrañablemente la tierra, geográfica y eclesial, en que nació, en que murió, en la que reposa. Fueron ciudades y aldeas de su tierra madre las que recorrió constantemente a lo largo de su vida. Vibra con los santos y las tradiciones de su tierra, de su patria chica, especialmente con la Patrona de su diócesis, la Virgen de la Cinta. La última actividad empeñativa de su vida, cercana ya su muerte, la constituye la organización de un homenaje, con motivo de su beatificación, a un santo mártir de la diócesis, el B. Gil de Fréderic.
A lo largo de su vida conoció en su diócesis de Tortosa un buen número de Obispos. A todos veneró. Con todos mantuvo una relación frecuente y cordial. A todos informaba de sus planes y proyectos. De todos recababa el oportuno consejo, especialmente en los momentos fundamentales de su vida y acción, como el establecimiento del Colegio de S. José, en 1873, y el de la fundación de la Hermandad diez años más tarde.
Como cura diocesano estuvo en contacto frecuente, permanente, con los presbíteros de su diócesis. Veía las dificultades apostólicas y espirituales de los curas, viviendo en soledad, agobiados por problemas económicos, desalentados por la incomprensión del ambiente, desanimados por sus fracasos apostólicos. Se sabía “cura” también de ellos, los considera y trata como a hermanos, entrañablemente queridos, y a todos ayuda, con todos colaboró, a todos anima, corrige, estimula, de todos cuida con entrañas maternas.
Esta atención y cuidado de los curas le lleva a descubrir la necesidad de unirse, de ser “apoyo mutuo en medio del mundo” (SelTextos, p.88), de trabajar juntos, “en unión con otros” ( Ibíd. 87. 90), asociados, coadunando los esfuerzos (cfr. Pláticas, 99) “de ayudarse y sustituirse en las obras que, de común acuerdo, resolvieran fomentar y establecer” (Ibíd.. 87), de “unirnos y ayudarnos, y hacer entre todos ciertos ministerios de celo...con esa mutua colaboración de unos con otros” (p.86).
Es este el ideal que le mueve en el momento central y cumbre de su vida, a los 20 años de la ordenación, a dar forma a una asociación sacerdotal, la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, “una unión de sacerdotes para trabajar mancomunados en los intereses de la gloria de Dios” (Ibíd.. 89). “ Nuestra obra es lo que serían... tres o cuatro cinco sacerdotes de una población...los cuales, movidos por su piedad y celo, se mancomunasen y se comprometieran formalmente a ayudarse y sustituirse en las obras que de común acuerdo, resolvieran fomentar y establecer” (Ibíd.. p. 87). “Nuestra obra es la unión de unos cuantos sacerdotes seculares para su más fácil santificación... y, para así, con esta unión, dar más resultado en su ministerio para la gloria de Dios y bien de las almas” (SelTex 91).
Fruto de este su espíritu y como expresión de su deseo de que la Asociación sacerdotal se encarnase en todas partes al servicio de cada iglesia particular bajo la orientación, directrices y obediencia cordial a los respectivos obispos, incorporó el carácter “diocesano” en el nombre mismo de la Hermandad por él fundada.
3. Un cura “misionero”.
Diocesano, sí. Pero no se encerró en su territorio, no se contentó ni limitó a pensar en y servir solo a su iglesia particular. Traspasó sus fronteras emprendiendo numerosos viajes fuera del territorio de su iglesia particular. Se convirtió en “diocesano” de muchas otras iglesias particulares, próximas a la suya, algunas, distantes de ella la mayor parte de las otras. Así conocen sus desvelos Valencia, Orihuela, Murcia, Almería, Plasencia, Burgos, Toledo, y hasta Lisboa, con los Colegios de S. José; Astorga, Toledo, Zaragoza, Cuenca, Sigüenza, Badajoz, Baeza, Jaén, Ciudad Real, Málaga, Barcelona, Segovia, Almería, Tarragona, con los seminarios diocesanos. Y Roma, con la fundación en 1892 y consolidación del Pontificio Colegio Español, al servicio de la formación del clero de todas las diócesis españolas, que tantos viajes y desvelos le consumió.
Esta ansia misionera quedará reflejada también y será transmitida a su Asociación Sacerdotal, destinada desde su carácter “diocesano” a todas las iglesias del mundo donde fuera requerida. “Un celo santo parecía querernos lanzar a todas las actividades y a todos los campos. Y en este campo podemos... fecundizar las parroquias todas, y llevar la antorcha del apostolado a los infieles, y atender al fomento de las obras generales de piedad en la diócesis... (Pláticas, pp. 41). “El operario ha de mirar como propios todos los intereses de Jesús y de su Iglesia... Que estén persuadidos de que somos para todo. Que se haga proverbial que al operario... siempre se le encuentra para todo... Que no pueda decirse de un operario que pudo hacer algún bien y no lo hizo” (SelTextos, p. 102). “Este celo es el que debe distinguir al Operario y darle nombre... Sobre todo celo por las vocaciones y operarios, tantas naciones, institutos, diócesis, hemos de llenarlo todo” (Pláticas 98).
4. Un cura “integrado-unificado”.
En medio de una actividad tan múltiple y variada, relacionándose con multitud de personas y personajes de toda categoría social y eclesial, desplazándose constantemente por tantas geografías, el B. M. D. y Sol se muestra un cura totalmente centrado, integrado, unificado.
Su centro afectivo y espiritual lo constituye la Eucaristía, el Jesús sacramentado, el sagrario. “Para mí Jesús sacramentado que está dentro del sagrario, que me mira, es la mejor práctica de la presencia de Dios, mejor que ninguna... “Mi vida es Cristo; y a ello aspiramos... porque a él hemos consagrado nuestro cuerpo, alma, intereses, ambiciones, fuerzas, y cuanto tenemos”(p. 141).
Se hicieron famosos sus “fervorines”, pláticas fervorosas, pronunciadas en la misa inmediatamente antes de la comunión y como preparación para ella, pronunciadas en los Colegios, seminarios y conventos. Llamaron la atención su recogimiento y fervor en la acción de gracias después de la celebración de la misa, de rodillas, junto al sagrario, donde se le inspiraban sus grandes obras, como la de la Hermandad. Se le sorprendía con “suspiros” del corazón, expresados en voz alta y en su lengua materna, el tortosí, cuando se creía solo en la capilla.
Una de sus actividades apostólicas más frecuentes fue la instauración de la Adoración nocturna en las parroquias de la diócesis. Y como corona de su vida eucarística, ya al final de sus días, vio realizado el sueño por muchos años acariciado de construir un templo, conocido como La Reparación, dedicado exclusivamente al culto eucarístico.
De sus sentimientos y vivencia dan testimonio también las palabras y compromisos dejados como herencia a sus seguidores en la Hermandad. “Si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, tal vez, tal vez encontraríamos que el origen de nuestro deseo por el bien y fomento de vocaciones eclesiásticas... ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado” (142). “Sí, si no ha sido Jesús sacramentado el origen y principio de nuestra vocación, será indudablemente el móvil de todas nuestras operaciones” (Pláticas 143). “Cuando las tentaciones nos persigan y las ocasiones nos atemoricen y las dudas nos aflijan y las contradicciones nos desmayen y las pasiones nos agiten, si estamos acostumbrados a acudir a Jesús Sacramentado, aunque nos parezca no tener fe y estar en tinieblas, una visita silenciosa al tabernáculo, arrancará una compunción, tal vez una lágrima, que disipará nuestras dudas, calmará nuestra agitación y temores, devolverá la alegría y la paz” (Pláticas, 143-144). “Jesús sacramentado ha de ser, pues, el apoyo, aliento, consuelo y anhelo de nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos. Mihi vivere, Christus. Christus in sacramento. (Pláticas, p. 144)
Integrado –centrado en su apostolado. El centro lo encontró en lo que él llamaría “la llave de la cosecha”, la promoción y formación de las vocaciones sacerdotales. Es la llave de la cosecha el tener clero mucho y bueno.” (SelTextos, 92). Ahí concentró todas sus energías, lo convirtió en el móvil de toda su acción. « Entre todas las obras de celo no hay ninguna tan grande y de tanta gloria de Dios como contribuir a dar muchos y buenos sacerdotes a la Iglesia » (SelTextos, p. 92). “No es esto de mayor gloria de Dios que todas las empresas y apostolados conocidos?” (Pláticas, 190) El mismo lo calificaba esto como su “gloria y su corona”. Y ha sido el reconocimiento que ha recibido de la Iglesia al ser proclamado con motivo de su beatificación como “el santo apóstol de las vocaciones ”.
“El Señor, sin merecerlo, sin advertirlo casi... nos presentó un bello panorama, y nos mostró un campo vastísimo, de facilísimo cultivo, de resultados indudables, campo en el cual, y con una vida puramente sacerdotal, pudiéramos impulsar coadunados, a todos los intereses de su máxima gloria, que nuestra piadosa imaginación y nuestro ardiente (celo) pudiera soñar” (Pláticas, p. 41).
Memoria y desafío
Esta memoria y celebración se convierte para nosotros en desafío y compromiso.
Desafío y compromiso de “ser hombres”, de cultivar en nosotros una humanidad que refleje “en la medida de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se transparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los demás... Para que su ministerio sea humanamente lo más creíble y aceptable, es necesario que el sacerdote plasme su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del hombre” (PDV 43)
Desafío y compromiso de vivir la caridad pastoral, el celo, hecha de sensibilidad humana ante las situaciones y las personas. “El sacerdote está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo esposo con la iglesia esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por esta rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de “celo” divino ( cfr 2 Cor 11, 2), con ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los “dolores de parto” hasta que “Cristo no sea formado” en los fieles (cf. Gal 4, 19)” (PDV 22).
Desafío y compromiso de vivir nuestro ministerio presbiteral a tope y en formas cada vez más fraternas, en equipos o comunidades que reflejen la fraternidad sacramental del presbiterio, y que son de hecho, como subraya el Beato, un medio especialmente adecuado y fecundo de santificación y de proyección apostólica.
Desafío y compromiso para centrar nuestras vidas en lo esencial, que seguirá siendo la Eucaristía, expresión y signo de una entrega permanente, tierna y radical a la comunidad a la que somos enviados a servir, y que impregne nuestro ministerio, en todas sus múltiples actividades, del amoris officium (PDV 23), del celo o caridad pastoral, gracias a los cuales, la Iglesia y las almas constituyen su principal interés,... y se hace capaz de amar a la iglesia universal y a aquella porción de iglesia que le fue confiada, con toda la entrega de un esposo a su esposa” (PDV 23).
Y, por fin, centrar nuestros apostolados hoy en la preocupación por las vocaciones en especial las sacerdotales, convirtiendo en práctica habitual lo que para D. Manuel era convicción cuando se trataba de incorporar nuevos operarios a su obra: “La vocación antes que a ellos nos debe entrar a nosotros; es decir, debemos tener el convencimiento de que son aptos... por ello he dicho que nosotros podemos invitar, puesto que esto no implica luego la vocación de ellos, que pueden consultar con Dios, con su corazón y con otras personas, y elegir libremente... El non vos me elegistis sed ego elegi vos, será un estímulo mayor para su docilidad”(Pláticas, 259).
Desafío y compromiso para seguir siendo hombres que, seducidos por Jesús, llenos de celo –caridad pastoral – como él por la gloria del Padre y por la salvación de los hombres, no sueñan sino en ir “por ciudades y aldeas predicando el Reino de Dios y liberando a todos los oprimidos por el espíritu maligno”. Y “rogando al dueño de la mies que envíe operarios para su mies”.
Luis Rubio
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