Fiesta de D. Manuel. Año del Centenario. Parroquia de la Herradura (México)
Todos recordamos, a buen seguro, las celebraciones con motivo del año 2000, declarado Año Santo por el Papa.
Y al estrenar el nuevo siglo, Juan Pablo II nos recordó:
- que toda la pastoral en la Iglesia debía situarse en la perspectiva de la santidad (NMI 30);
- y recalcando que ‘el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios’; de tal manera que sería un ‘contrasentido’ ‘contentarse con una vida mediocre, vivida bajo mínimos y con una religiosidad superficial.
Por tanto, como ya había indicado el Concilio Vaticano II, la santidad no es sólo para algunos ‘genios’ de la santidad, ni sólo para personas excepcionales… sino para todos, aunque ‘los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno’.
D. Manuel: un ejemplo concreto
Precisamente hoy comenzamos a festejar el centenario de la muerte de aquel gran sacerdote tortosino, cuya trayectoria existencial constituye un camino decidido hacia la santidad; camino que comenzó a las pocas horas de nacer, al recibir el bautismo en la catedral de Tortosa, y que ya, en los años de formación en el seminario, captó claramente que su máximo aporte a los demás, como sacerdote, sería acercándose, participando de la santidad de Dios y dejando que Él le llenara enteramente… Al estilo de Pablo: que no sea yo quien viva en mí, sino que sea Cristo quien viva en mí.
Igualmente, todos nosotros, desde el día de nuestro Bautismo, empezamos a llenarnos de la santidad de Dios. Tenemos vocación de santos. Dios nos llamó a ser como Él, -nos predestinó a ello- ahora y en el futuro para siempre.
Lo que tenemos que hacer el resto de la vida es luchar por conservarla, por no perderla y por no desperdiciarla, por vivir de acuerdo con esa nuestra vocación a la santidad.
Podríamos decir de nuestra santidad lo mismo que decía Miguel Ángel de sus esculturas: ya están ahí dentro, dentro de la roca, lo único que hay que hacer es quitar lo que sobra...
Y, ciertamente, cada uno de nosotros es un proyecto realizable de Dios, y tenemos el grave deber de colaborar en este proyecto. Ése ha de ser el único fin de nuestra vida: llegar a ser lo que Dios ha pensado de nosotros; es decir: ser santos, participar de su santidad
Y esto es lo que hizo la Iglesia al declararlo beato: señalar públicamente que había sido una persona que había colaborado extraordinariamente, de manera heroica, con Dios a la hora de que resplandeciera en Él el amor y la santidad de Dios.
Y ¿cómo lo hizo? Por el camino del amor
Sus mismos contemporáneos nos transmitieron que su corazón se desbordaba; sí, se desbordaba en amor de correspondencia; se sabía amado, elegido, escogido por Dios… Y ante esa realidad, de la que fue tomando conciencia progresiva, todo le parecía poco a la hora de corresponderle.
Así era D. Manuel… un hombre de gran corazón y que fue agrandándose por la fuerza del Espíritu, para poderle amar más y más, y devolverle amor con amor…
Un hombre que vivía ese amor apasionadamente, y que ese amor se traducía externamente en una entrega constante, en una generosidad que le hacía convertirse en regalo para los demás, un ministerio sacerdotal en el que ponía en juego toda la riqueza de sus sentimientos e iba haciendo realidad, a veces hasta lo indecible, lo que todos los días al empezar la jornada decía en la celebración eucarística: ‘Hagan de sus vidas algo parecido a lo que hecho por ustedes’. Así D. Manuel fue eucaristizando su vida, convirtiéndola en correspondencia de amor a Dios y haciendo de su vida un regalo para los demás.
2. Ayudó a otros a alcanzar la santidad
No sólo avanzó, él solo, de manera heroica por la senda de la santidad, sino que ayudó a muchas otras personas a ser y a actuar de acuerdo con su vocación a la santidad.
D. Manuel falleció unos cincuenta años antes de la celebración del Concilio Vaticano II, ese Concilio que señalaría claramente que todos estamos llamados a la santidad, y que no estamos llamados a salvarnos solos, sino con otros.
Sin embargo él ya había acuñado aquella frase tan conocida, y repetida por nosotros los operarios, atribuida a D. Manuel:
No sabemos si estamos designados a ser río caudaloso o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida. Pero más brillante o más humilde nuestra vocación es cierta: no estamos llamados a salvarnos solos.
Y así, coherente con esa convicción, D. Manuel ayudó a muchos a avanzar por el camino de la santidad: a los jóvenes (en especial), a los maestros, a los catequistas, a los obreros, a las religiosas, a los sacerdotes…
Pero llegó un día en que él se preguntó honestamente: ¿a cuántos podré ayudar, atender, guiar? ¿a 100, 300, 800, 6,000 a los largo de mi vida? ¡Qué pocos le pareció!
Su corazón tenía mayor amplitud y horizontes sin límite… tenía corazón de apóstol.
Y un día, Dios le dio a entender (sería un 29 de enero…) un medio de gran alcance.
Fundar una asociación de sacerdotes (la Hermandad),
- a quienes invitaría y llamaría con la finalidad primera de ayudarse a ser ellos mismos mejores, más santos…
- pero, a al vez, que no tuvieran otro objeto, ni tarea, ni encomienda mayor que la de ayudar a los demás a descubrir esa vocación única: ser santos; y ayudarles a realizarla en su propio estado de vida: unos como laicos, otros como religiosos, y a otros, de manera muy especial, como sacerdotes.
de tal manera que si ofrecía sacerdotes además de bien preparados, ‘santos’ a la Iglesia, cada una de las comunidades a las que después serían enviados, se renovarían, crecerían en frutos de santidad, llegarían a ser comunidades vivas y ejemplo para las otras.
Por eso, feligreses de la Herradura… han sido ustedes muy afortunados, puesto que desde la erección de este parroquia han sido acompañados por sacerdotes operarios, muchos de ellos extraordinarios, al estilo de Mosén Sol.
A muchos de ustedes les han acompañado en momentos muy singulares de su vida cristiana: los iniciaron en la senda de la santidad, al administrarles el bautismo, les han acompañado y orientado en momentos muy especiales, como son los aquellos en los que uno opta por un estado de vida: de esa comunidad algunos Dios los ha llamado para la vida religiosa, a otros para el sacerdocio, y muchos para la vida laical. A cuántos de ustedes les prepararon y acompañaron a la hora de optar por el matrimonio, y bendijeron su unión matrimonial ante Dios y han alentado su misma vida cristiana para que avanzaran por el camino de la santidad…
Ojalá sepamos agradecer a Dios el regalo que Dios hizo a su Iglesia en la persona de D. Manuel y en sus sucesores.
Y nuestro agradecimiento se traduzca en un verdadero compromiso para corresponder con amor a esa vocación a la que todos estamos llamados… de tal manera que nuestra parroquia sea de verdad una parroquia toda ella vocacional, y sea ejemplo, como quería San Pablo de las suyas, ejemplo y estímulo para otras muchas otras que no tan tenido la suerte de ser atendidas por los PP. Operarios Diocesanos, fundados por el beato Manuel Domingo y Sol.
.
José Luis Ferré
|