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Entrevista al Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios con motivo de la apertura del primer centenario de la muerte del sacerdote de Tortosa, Manuel Domingo y Sol, reconocido eclesialmente como el «santo apóstol de las vocaciones sacerdotales» y beatificado por el Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro el 29 de marzo de 1987.
LA HERMANDAD, EN CLAVE DE «SOL»
―mediadores de «la gran orquesta de Dios»―
D. Ángel Javier Pérez Pueyo es un sacerdote aragonés, de Ejea de los Caballeros (Zaragoza) que chapurrea un poco el catalán. Vive en Roma desde hace 18 años aunque «está más en el cielo que en la tierra» ya que se pasa la mitad del tiempo viajando. Fue elegido con treinta y tres años miembro del Consejo General en el que desempeñó la función de Coordinador de Pastoral. Desde 1996 es el Director General de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos: una singular fraternidad de sacerdotes diocesanos, fundada por el Beato Manuel Domingo y Sol en 1883.
«tenemos sobradas razones
para la gratitud y la esperanza»
¿Qué le ha traído por Tortosa?
- Participar en los actos programados con motivo de la apertura del centenario de la muerte de Mosén Sol. Pero, sobre todo, rendir, una vez más, tributo de gratitud a esta bella ciudad episcopal del sur de Cataluña, asentada en las dos riveras del Ebro, por habernos engendrado eclesialmente a la vida.
Tributo de gratitud?
- Nadie es padre de sí mismo. Uno puede ignorarlo. ¡ Da lo mismo ! Por sus venas corre igualmente su sangre y su ADN se halla inscrito en su propio corazón. Muchos, entre los que me cuento, tenemos una deuda de gratitud con Tortosa. Le debemos lo que somos a vuestro paisano, a Mosén Sol, a quien el Papa Pablo VI no dudó en llamar «santo apóstol de las vocaciones sacerdotales». Quienes nos hemos beneficiado de la herencia eclesial que Mosén Sol nos legó, realmente nos sentimos unos privilegiados.
¡ Gratitud compartida, entiendo !
– Por supuesto. Así es el Señor. Vosotros le ofrecisteis a uno de vuestros hijos. Él os regaló, a cambio, toda una familia con alma universal: la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús.

Pero el centenario ¿no es en el 2009?
- Efectivamente, el 25 de enero de 2009 se cumplirá propiamente el centenario de su muerte.
¿Entonces?
Los sacerdotes operarios hemos querido prepararnos para este acontecimiento de gracia durante todo este año. Hemos tomado como fecha emblemática la de su fiesta litúrgica, el 29 de enero.
¿Con qué tres notas definiría a Mosén Sol?
Como un «tortosí de pro» (tal com cal), un hombre de corazón (bueno y audaz). Sin duda, uno de los hijos más ilustres que ha tenido Tortosa a finales del siglo XIX. Como un sacerdote cabal, apóstol infatigable de las vocaciones sacerdotales. Como un santo, de carne y hueso. En su tiempo, se juntaron un verdadero trío de ases. No en vano, Tortosa se la conoce como cuna de santos.
¿Cuál fue su herencia eclesial?
- Al morir dejó una estela de cien hombres trabajando escondidos en diez colegios de vocaciones, en dieciocho seminarios, en dos templos eucarísticos y en el Pontificio Colegio Español de San José de Roma. Como él mismo diría, trabajando sin ser vistos pero en las «raíces del bien».
Aunque se ha triplicado el número de efectivos y de obras en estos años, no han sido los operarios ―a ejemplo de Mosén Sol― amigos de grandes alharacas. Por los puestos a ellos confiados, les habría resultado fácil medrar, buscar el aplauso o el reconocimiento… Sin embargo, de ordinario, han preferido trabajar en la sombra, sin hacer apenas ruido, en «la raíz misma del apostolado», conscientes de haber dado con el medio más eficaz para la promoción de todos los demás campos pastorales. Pero, encerrados en los claustros de un Seminario, en los patios de un colegio, en los muros de un templo eucarístico… es difícil, por no decir imposible, recibir demasiados parabienes. Han preferido parecerse, como su fundador, a «la gota de rocío que envía Dios a la planta desconocida». Sencillos, cercanos, sin puesto fijo, disponibles siempre...
Cuándo y dónde conoció a Mosén Sol

- A los diez años cuando ingresé en el Seminario Menor de Zaragoza. Lo conocí a través de los sacerdotes operarios. Eran mis formadores. La verdad es que apenas recuerdo que nos hablaran de Mosén Sol. Ahora entiendo y valoro su prudencia y discreción. Sin embargo, el espíritu alegre y fraternal que les caracterizaba se fue impregnando imperceptiblemente en mi vida y en la de otros tantos jóvenes. Por eso a Mosén Sol le fueron naciendo nuevos «hijos» en Cataluña, Valencia, las dos Castillas, Extremadura, Galicia, Aragón, Andalucía, Murcia, Asturias, Navarra, Cantabria… También allende los mares, en México, Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Venezuela, Estados Unidos… Y más tarde en el continente africano, en Guinea, en Zambia, en el Congo, en Angola... Hijos que durante toda la vida han dedicado las mejores energías al servicio de las vocaciones en la Iglesia universal.
Y qué siente
- Una profunda alegría y gratitud al Señor por «ser hijo de tan buen padre». Pero, al mismo tiempo, una gran responsabilidad.
Responsabilidad, ¿por qué?
- Porque la herencia que Mosén Sol nos legó tiene todavía grandes potencialidades contenidas… ¡Ojalá acertásemos a desvelarlas, desentrañarlas y compartirlas con las próximas generaciones!
Y qué piensa hacer
- Tratar de poner a toda la Hermandad, a cada uno de los sacerdotes operarios, en clave de «SOL»
¿Y a Tortosa?
– ¿Por qué no? Pero esto ya no depende de mí.
Suena muy bien, TORTOSA en clave de «SOL». Pero, en qué consistiría
- En hacer realidad el sueño de Dios: formar una gran y única «orquesta». Dios ya cuenta con director (su propio Hijo) y partitura (Sagrada Escritura). Su gran desafío sigue siendo poder integrar en ella a todos los instrumentos. En esta «orquesta» los instrumentos son muy singulares.
No le entiendo
- Es muy sencillo. En la «orquesta de Dios» los instrumentos son las propias personas, agrupadas igualmente en tres grandes familias. La familia de l@s laic@s, la de l@s consagrad@s y la de los ministros ordenados. Cada persona, como si de un instrumento se tratara, tiene un timbre característico (vocación) que nos permite adivinar de qué instrumento se trata y a qué familia pertenece. ¡ Y qué bien suenan todos juntos !
Dios ha adornado a cada persona con abundantes gracias y cualidades; les ha invitado a formar parte de su «orquesta»; les ha proporcionado las mediaciones adecuadas para que puedan descubrir su timbre característico; les ha ayudado a cultivar y desarrollar su propia singularidad; pero, al mismo tiempo, les ha hecho descubrir su complementariedad personal y familiar:
- la familia de l@s laic@s, colocada en el corazón del mundo, lleva a cabo su tarea evangelizadora por medio de la familia, del trabajo laboral, cultural, económico, político, social… Trata de integrar la fe y la vida.
- la familia de l@s consagrad@s, llamada a ser parábola del Reino, signo de que Dios es el único absoluto, trata de vivir en el día a día su seguimiento radical al Señor en pobreza, castidad y obediencia.
- la familia de los ministros ordenados (obispos, sacerdotes y diáconos), identificada con Cristo buen Pastor ¾que no vino a ser servido sino a servir, que partió el pan y se dejó partir entregando su vida por nosotros, que estuvo al lado de los más débiles y necesitados¾ convoca y vertebra la comunidad cristiana.
¿No es fácil equivocarse de familia?
- ¡ Por supuesto ! Aunque se nota rápido por lo “desentonado” o “desafinado” que uno anda por la vida… Pero Dios, que se las sabe todas, que es bien consciente de lo despistados que somos algunos y lo difícil que les resulta a otros encontrar su verdadera familia, ha llamado y dotado de una fina sensibilidad a quienes puedan ayudarles, en cada tiempo y cultura, a despertar, acompañar, discernir, formar y sostener su propia vocación.
¡Hermosa tarea!
- Aunque ardua y delicada. No siempre resulta fácil conseguir que cada uno descubra y escuche la «música de Dios» que resuena en su interior. Más difícil todavía es que la comparta con los demás.
Una gracia singular
– Un don inmerecido… Así lo cuenta uno de los que tuvo la dicha de recibirla, el Beato Manuel Domingo y Sol: «enero, 29-30, concepción de la Obra de operarios diocesanos. Después de la misa en santa Clara. El Señor, sin merecerlo, sin advertirlo casi, descorrió la cortina y nos presentó un bello panorama, y nos mostró un campo vastísimo, de facilísimo cultivo, de resultados indudables, campo en el cual, y con una vida puramente sacerdotal, pudiéramos impulsar, coadunados, todos los intereses de su máxima gloria, que nuestra piadosa imaginación y nuestro ardiente celo pudiera soñar jamás. Y sin saber cómo, nos ha puesto en ella dándole organización por medio de nuestro objeto singularísimo y único hasta hoy en el mundo, del fomento de vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas».
¿No es esta propiamente la tarea que realiza eclesialmente la Hermandad?
– Por lo menos es la misión a la que hemos sido llamados... No sé si con esta imagen he logrado desvelar cuál es, por pura gracia divina, el don recibido y la misión eclesial confiada.
Perfectamente. Pero, ¿cómo se hace?
– Esta es la cuestión. Al margen de los resultados, que actualmente son exiguos, creo como Mosén Sol que «entre todas las obras de celo no hay ninguna tan grande y de tanta gloria de Dios como contribuir a dar muchos y santos sacerdotes a la Iglesia». ¡Mucho clero y bueno!… Con esto todo puede esperarse.
¡ Lo tiene crudo, entonces !
- Efectivamente. Tal vez lleguemos a lamentarlo ―como tantas cosas― cuando falten o escaseen. Entonces echaremos de menos su presencia y valoraremos su misión. El sacerdote, como el primer violín en la orquesta, ayuda a que cada uno «afine» y «adecue» (conjunte) su sonido con el de los demás. Se trata de una vocación «humanizadora», de servicio, que por su fina sensibilidad de espíritu descubre el carisma con que Dios ha adornado a cada uno, reconoce su propia dignidad personal y favorece su complementariedad.
Resulta muy sutil este matiz
– A mi entender, es la clave («la llave de la cosecha») para que puedan fructificar y multiplicarse todas las demás gracias divinas. Es trabajar en la raíz misma del apostolado, conscientes de haber dado ―como diría Mosén Sol― con el medio más eficaz para la promoción de todos los demás campos pastorales.
¡ Pero muy iluminador !
– No se me olvidará el aplauso que arrancó del auditorio el testimonio que Mons. Edmundo L. F. Abastoflor ofreció en mayo de 1994 durante el I Congreso continental latinoamericano de vocaciones celebrado en Itaicí (Brasil). Al ser consagrado obispo de Potosí (Bolivia) en 1985 se percató enseguida del exiguo número de sacerdotes con que contaba la Diócesis. No se resignó a creer que cualquier intento iba a resultar inútil como le auguraban. Y comenzó a trabajar pacientemente con un puñado de laicos. Les acompañó en su proceso personal hasta que fueron madurando y llegaron a descubrir y valorar su propia vocación cristiana. Lo más sorprendente fue que ellos mismos no sólo acogieron con gratitud su propia vocación sino que se convirtieron en verdaderas mediaciones para la llamada y el acompañamiento vocacional de otros muchos… Nueve años después providencialmente aquella Diócesis se había visto enriquecida con una «legión» de cristianos comprometidos y se había multiplicado el número de sacerdotes.
Nuestra humilde pero más fecunda contribución eclesial seguirá siendo tratar de preparar a los nuevos evangelizadores sacerdotes que promuevan y disciernan los carismas y crear el microclima adecuado (comunidades de fe y de vida) donde puedan nacer, crecer y madurar todas las vocaciones (laicales, religiosas y especialmente las vocaciones al ministerio ordenado). Comunidades de llamados que llaman y acompañan a otras personas llamadas. Comunidades que integran la dimensión vocacional y colorean de manera significativa toda la actividad pastoral.
Está insinuando entonces…
Estoy tratando de decirle ―tal como humildemente veo las cosas― que no podemos seguir lamentándonos por más tiempo… Que tenemos que ser testigos de esperanza y colaborar con pasión para que se haga visible en el mundo el Reino de Dios. A cada uno le corresponderá aportar lo mejor de sí mismo para tratar de renovar las comunidades cristianas. La alegría y la paz interior serán nuestro mejor signo de credibilidad.
Ayudar a cada uno a descubrir que Dios le llama por su nombre, le invita a crecer en su amistad, le hace partícipe de su propia felicidad y le pide que colabore con Él es nuestro verdadero desafío. Nuestra primordial ocupación y preocupación seguirá siendo pedirle al Señor que nos regale:
* Educadores, filósofos, historiadores y artistas (literatos, pintores, músicos, cantantes…) que sepan plasmar y transmitir con belleza una imagen integral del hombre.
* Ingenieros y arquitectos que pongan la técnica al servicio de la felicidad de las familias y de las comunidades.
* Economistas,administradores,directores de empresas cuyo valor máximo no sea el dinero sino la dignidad de las personas.
* Políticos, diplomáticos y militares que busquen la paz y el progreso de todos.
*Médicos, bioquímicos, farmacéuticos que colaboren con el Creador conservando la vida y preservando la salud de sus hermanos sin sentido mercantilista.
* Hombres y mujeres entregados a los más pobres y marginados: asistentes sociales, auxiliares de la medicina, rehabilitadores que ven en el rostro de los que sufren y en los más necesitados la imagen de Cristo y les proporcionan una mayor dignidad humana.
* Ingenieros agrónomos y técnicos de la industria que sepan planificar y explotar los recursos de la tierra racionalmente y en bien de todos.
* Abogados, jueces y notarios que interpreten correctamente la ley y defiendan la justicia.
* Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, misioneros y misioneras, laicos y laicas consagradas que, ante la sed de Dios que hoy tiene la humanidad, extiendan la buena noticia a todas las gentes.
* Etc.
Pero esto es muy utópico… ¿Cómo lo haría operativo?
Haciéndoles a todos ustedes «partícipes de este mismo carisma» que un día recibimos como herencia los operarios para el bien y la edificación de toda la humanidad. Imbuidos por el mismo celo apostólico de Mosén Sol, enraizados en la eucaristía, logremos una verdadera «vocacionalización» de toda la Iglesia:
* Que ponga a cada Diócesis en actitud de respuesta vocacional y logre “despertar” la vocación a la que todos estamos llamados y hacerla crecer.
El servicio eclesial consistiría en integrar en la vida de las diferentes Diócesis un equipo de sacerdotes diocesanos, consagrad@s y laic@s comprometidos que, impregnados por este carisma vocacional, colaborasen con el Sr. Obispo en la promoción, formación y sostenimiento de todas las vocaciones.
* Que acompañe y sostenga a cuantos ejercen un ministerio eclesial, especialmente a los ministros ordenados.
Son muchas las tensiones que actualmente vive el sacerdote y cuantos ejercen un ministerio eclesial en el seno de las comunidades o movimientos. Tensiones que provocan situaciones de fatiga, de cansancio, de desilusión, de incomprensión, de desorientación existencial, de inseguridad personal, grupal e institucional… Atender y tratar de sanar a estos sacerdotes y evangelizadores consagrad@s y laic@s que no encuentran sentido a su vida o servicio pastoral sería una bendición para todos.
La formación permanente del clero ayuda a superar el individualismo, la desidia, posiciones cerradas, la desmotivación del ministerio... Ofrecer una serie de servicios de formación permanente que integren todas las dimensiones (humana, espiritual, intelectual y pastoral) y creen ámbitos comunitarios (ecosistemas) en el propio presbiterio posibilita a los sacerdotes compartir la fe, sus inquietudes y preocupaciones, sus ilusiones y proyectos; poder vivir con paz y profundidad su propia vocación; llevar a cabo corresponsablemente la misión encomendada y, en definitiva, sostener su vida y ministerio es una de las necesidades más demandadas actualmente.
* Que forme a los futuros pastores y a sus formadores de acuerdo con aquellos rasgos más significativos que ha caracterizado el proyecto educativo que impulsó Mosén Sol en los Seminarios que le confiaron: el espíritu de familia; la mística de equipo; la dedicación absoluta a la tarea formativa; la presencia de los formadores; la atención personalizada; la obediencia cordial; la dedicación a la formación sacerdotal por vocación; la universalidad eclesial; la exigencia y selección de los candidatos; la formación del corazón sacerdotal; el tratar de educar con el testimonio; la fidelidad al obispo…
Veo que la Hermandad tiene futuro
– El futuro sólo Dios lo sabe. Pero, si lo que en realidad me quieres preguntar es si tiene razón de ser hoy la Hermandad…
Eso
¡ Ya lo creo… ! La Hermandad ―aunque algunos a veces te perdonen la vida― tiene razón de ser mientras el hombre y la mujer tengan necesidad de búsqueda de sentido y de felicidad… Es decir, siempre. Cada operario ―aunque nunca hayamos sido más de trescientos― sigue siendo para cualquier persona, un verdadero signo de esperanza. Somos muy consciente de ser un «milagro» de Dios. Una vez más, la potencia de Dios se manifiesta en la debilidad. Tenemos conciencia de ser vocación de fermento. Nuestra contribución eclesial es muy sencilla y humilde pero muy fecunda y de un alcance multiplicador incalculable.
Pero los frutos ¿no son demasiado exiguos?
Las leyes matemáticas no siempre se ajustan a los cálculos de la providencia… Las semillas esparcidas al viento tienen su propio lugar ―muchas veces paradójico― y su ritmo adecuado para madurar y fructificar. Si logramos ser pacientes e impulsamos comunidades que integren la dimensión vocacional en toda actividad pastoral irá emergiendo paulatinamente una Iglesia, como señalaba ya el Concilio Vaticano II, toda ella ministerial, que favorece la complementariedad y la colaboración recíprocas, que valora los distintos ministerios y carismas que el Espíritu suscita. En cada comunidad de vida y de fe habría que garantizar que cada bautizado pudiera hacer crecer y madurar su propia vocación cristiana. Sólo así nuestras comunidades, compuestas por personas vocacionadas que tienen un lugar y una misión a desarrollar, no sólo acogerían con gratitud su propia vocación y la desarrollarían sino que se convertirían además en verdaderas mediaciones para la llamada de otros, también a la vida consagrada y al ministerio presbiteral. Los nuevos movimientos laicales o institutos eclesiales que integran en su seno laic@s, consagrad@s y sacerdotes, son ya un indicio tenue pero fehaciente de esta nueva floración vocacional. No cabe duda que este rebrote vocacional está cristalizando nuevas formas de ámbitos donde vivir la propia fe.
No le canso más ¿Le gustaría añadir alguna otra cosa? …
Concluyo parafraseando el texto emblemático del Beato Manuel Domingo y Sol: «No sabemos si nuestra labor en el futuro será muy apreciada, solicitada o valorada... Tampoco si acertaremos siempre en la delicada y ardua tarea eclesial confiada… Pero tenemos la certeza de que trabajando y dedicándonos de lleno a la tarea vocacional, estaremos respondiendo al sueño que Dios despertó un día en Mosén Sol.
Existen, como ve, sobradas razones para la gratitud y para la esperanza. Doy gracias a Dios por los operarios que nos ha regalado, por los que fueron surgiendo en otros países, por los proyectos pastorales que nos han encargado y por quienes los han hecho posible. También por la confianza que el Episcopado en las diferentes iglesias locales ha depositado siempre en la Hermandad al encomendarle la ardua y delicada tarea de formar a los futuros sacerdotes y promover todas las vocaciones. Aunque es cierto que se trata de indicadores sencillos y humildes son los que sostienen hoy nuestra esperanza cuando nos disponemos a inaugurar con gozo el centenario de la muerte de Mosén Sol.
Tortosa, 29 de enero de 2008
 
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Rvdo. D. Ángel Javier Pérez Pueyo
Director General
Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón del Jesús
Via della Cava Aurelia, 145 - 4º
00165 ROMA
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