Beato Manuel Domingo y Sol: cien años de su muerte

 

Ell 29 de enero pasado se inició la apertura del Centenario de la muerte del Beato Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Image En Tortosa (Tarragona) su ciudad natal, donde ejerció el ministerio sacerdotal y desde donde se extendió su Obra a las distintas diócesis de España y América, moría Mosén Sol el 25 de enero de 1909. A su muerte dejó en marcha: 8 Colegios de vocaciones; la dirección de 16 seminarios diocesanos; los seminarios de Chilapa, Cuernavaca y Puebla en Méjico, así como el templo de san Felipe. No en vano el Papa Pablo VI le llamaría: “el santo apóstol de las vocaciones sacerdotales”.

Su amor al sacerdocio y la penosa situación en que se encontraban los seminarios en su tiempo, le lleva a fundar en Roma, después de muchos sinsabores, el Pontificio Colegio Español de San José. El Papa León XIII en 1887 cede a los obispos españoles el Palacio Altemps, donde queda definitivamente instalado el Colegio. Mosén Sol piensa que del Colegio de Roma “han de salir los apóstoles de las diócesis españolas”. El Colegio, decía, “está destinado a promover los estudios eclesiásticos en España, que están a tan desnivel”. En el momento actual el catálogo de colegiales llega a 3400, con novecientas cincuenta tesis doctorales y más de dos mil licenciaturas. Mosén Sol lo tenía claro: “supuesto que el clero es la llave de la cosecha, ¡cuánto importa su formación e instrucción!”.

En el Templo de Reparación de Tortosa, última obra de Mosén Sol, el obispo de la diócesis, Mons. Javier Salinas, presidió una solemne concelebración eucarística, con la que dieron comienzo los distintos actos que tendrán lugar a lo largo de este año jubilar. “Don Manuel vivió -dijo el obispo- tiempos difíciles, de grandes cambios sociales y eclesiales. Momentos que crearon incertidumbres en el corazón de muchos cristianos, y también desafección respecto a la Iglesia. Signo de ello fue una crisis vocacional de gran alcance. Sin embrago, el Señor, que permanece siempre con nosotros, aunque su barca, la Iglesia, parece que zozobra, continuaba llamando alguno de su pueblo para que le siguieran como pastores de su Iglesia. Pero, ¿qué sería de esta llamada si no hubiera quienes llamaran en su nombre? La vida de Don Manuel fue una gran respuesta vocacional”. El templo de Reparación, especialmente ese día, era una invitación a ofrecer nuestra vida con Cristo en la Eucaristía. La ferviente actividad del Beato Manuel Domingo y Sol, sus numerosas obras de apostolado solamente se explican porque sus raíces se hundieron en la eficacia de la Eucaristía. “Esta es la fragua –decía- donde se calienta el corazón y se enardece para sacrificarse por sus hermanos”. Cogió como lema de su vida el del apóstol san Pablo: Para mí vivir es Cristo. “Mi vida es Cristo-afirmaba- y a eso aspiramos, porque a El hemos consagrado nuestro cuerpo, alma e intereses, ambiciones y cuanto tenemos. Pues, mihi vivere Christus est in Sacramento: Nuestra vida interior sea Jesús Sacramentado y olvidado. Con eso seremos perfectos”. Entendió plenamente que la espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística y así se lo transmitió a sus seguidores.

En este año del centenario de su muerte estamos llamados –como nos recordaba Mons. Salinas- a dar gracias a Dios por tantos dones que nos ha concedido a través del Beato Manuel Domingo y Sol. Hoy como entonces seguimos teniendo necesidad de sacerdotes buenos y audaces que estén dispuestos a llamar y descubran a otros el sentido profundo de su vocación.

 

Andrés Salvatella
Rector del Templo de Reparación de Tortosa

Aparecido en Ecclesia Digital 11/2/2008