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(Conferencia pronunciada por don Julio García Velasco en Tortosa, Valencia, Majadahonda, Murcia, Madrid...)
MOSÉN SOL,
UN HOMBRE DE CORAZÓN
Celebramos el centenario de la muerte del Beato MD y Sol, Mosén Sol en las tierras de Cataluña y Levante. Nace en Tortosa, a orillas del Ebro. el 1 de Abril de 1836¡Era Viernes santo, el día de la más grande oscuridad y tinieblas que ha tenido lugar en el mundo, cuando viene a la tierra de Tortosa el niño Sol!. Nace en una familia tradicional de doce hijos. Inmediatamente, el 2 de abril, Sábado santo, recibió el bautismo en la catedral.
Su padre, Francisco Domingo, un hombre honrado y buen cristiano, era maestro tonelero. Su madre, Josefa Sol, se distinguía por su gran corazón. A quienes la reprendían por sus “excesos de caridad” con los pobres, les respondía, aludiendo a las dos puertas de su casa: “las limosnas salen por una puerta y entran por la otra”. Dios no se deja ganar en generosidad.
Mosén Sol, un hombre de corazón. Decía: “Jesucristo es su corazón”.
La palabra “corazón”. Para los semitas: el núcleo íntimo de una persona, el centro unificador de su ser, de donde proceden las decisiones y, por tanto, las acciones exteriores. Amar a Dios “con todo el corazón” (Dt 30, 6). “Os daré un corazón nuevo…os arrancaré el corazón de piedra…carne” (Ez 36, 26). El corazón es el “centro” de Jesús, lleno de amor, del amor de Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4). Hay personas de buen corazón y personas de mal corazón. M.Sol, un hombre de muy buen corazón.
Un corazón entregado a los pobres. Sus preferidos, como lo son de Dios.
El amor a los pobres lo aprendió de su madre, de manera sobresaliente.
Sabemos que lo que recibía por su ministerio de vicario y los estipendios de misas iban a parar a los pobres. “Mi familia me alimenta y me viste”. Con eso tenía bastante.
María, su hermana, entregaba de su parte, sus ropas nuevas a sacerdotes pobres. Le parecía una exageración, pero M.Sol le decía: “Debemos practicar la caridad cuantas veces sea conveniente y, una vez convencidos de la necesidad, socorrerla, aunque para ello tengamos que vender la camisa”.
«Estando mi hermano en casa, decía su hermana, no tengo nada seguro». Ni siquiera la comida del día, pues en ocasiones echaba mano Mosén Sol de las viandas ya preparadas para obsequiar a sus visitantes o a los mendigos.
Ya en las vísperas de su ordenación sacerdotal, para imitar a J. Pobre, que no tenía donde reclinar su cabeza, hizo este propósito:Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas, y lo feo que resulta el ser interesado, además de no tener apego a nada, procuraré, con el permiso de mi director, en las festividades principales, quedarme sin nada. Así sería ya un hombre libre para amar... En 1890 escribía: “en el Colegio de S. José, se reparten todos los días 400 raciones a los pobres, y viene a él toda la miseria de Tortosa”. Así vivió él la pobreza y se comprometió con los pobres.
Su corazón se volcó en las religiosas. Apenas tomó posesión de su cargo de Vicario de Santa Clara, se vio obligado, por efecto del movimiento revolucionario, a desplegar toda suerte de actividades y estrategias a fin de impedir que se cumpliera la amenaza de expulsión de las religiosas de su monasterio, decretada por el Gobierno, para convertirlo en hospital militar de guerra.
Ante semejante peligro Mosén Sol trabajaba sin descanso: celebraba misas, oraba y hacía orar por esa intención, y redactó en 1868 los borradores de varias cartas que, firmadas luego por la Abadesa, enviaban las monjitas a la Condesa de Reus, doña Francisca Agüero, esposa del general Prim, ministro de la guerra en el gobierno provisional presidido por Serrano, después de la llamada “Revolución gloriosa” y la huída de Isabel II a París. En dichas cartas suplicaban a la Condesa que interpusiera en favor de ellas la poderosa influencia de su marido para que se frustraran los planes del Gobierno revolucionario. En esta ocasión, la intervención de la Condesa obtuvo un resultado plenamente positivo.
No sólo por las clarisas, sino por todas las religiosas de Tortosa batalló, incansable, M. Sol.
No contento con eso, fundó varios conventos de clausura en Tortosa y Castellón para que fueran como pararrayos y lámparas encendidas en medio de la oscuridad y desconcierto de nuestro mundo y un indicador de la trascendencia que da sentido a la vida.
Era el corazón de un pastor que dedicó infinitas horas al confesonario y a la dirección espiritual.
Antes del alba salía ya de casa para dirigirse al convento de Santa Clara. Allí, a solas, pasaba Mosén Sol largo tiempo ante el sagrario, hasta que empezaban a ir llegando penitentes.
Muchísimo tiempo y energías dedicó nuestro Beato a la dirección espiritual de las jóvenes en proceso de acompañamiento y discernimiento vocacional.
Tenía el don singularísimo de conocer e intuir vocaciones. Cuando se ponía al alcance de su mano alguna de las que él entendiera ser «buena para amiga del Señor», según decía Santa Teresa, no la dejaba ya.
La fama de “monjero” cundió como pólvora por toda la ciudad y diócesis, y no faltaban comentarios para todos los gustos.
Muchos murmuraban diciendo que las jóvenes a quienes confesaba, todas acababan siendo religiosas, y a esto respondía M.Sol: «No lo digan en esos términos, sino al revés: que todas las jóvenes que quieren hacerse religiosas vienen a confesarse conmigo.»
A causa de esa prevención, declara una de ellas que no la dejaban en casa que se acercara a su confesonario.
Nos cuenta mosén Sol algunas cosas que parecen de novela: «El jueves último entró fulanita en el convento, y hubo una tempestad horrorosa en casa al saberlo, y su padre quería matar a Mosén Sol y mis pobres hijitas me aconsejaban que me escondiera. Pero ya se ha pasado un poco la tormenta».
Otro día, el padre de una novicia, furiosamente indignado contra mosén Sol, se acercó a él revólver en mano, dispuesto a todo. Entonces él, con enorme serenidad y calma, le dijo: «Ya puede usted disparar, si quiere». La dulzura de sus palabras aplacó las iras de aquel hombre, que se trocó en fervoroso amigo de Mosén Sol y de aquella comunidad, y, a pesar de tener que hacer muchas horas de camino, casi no pasaba semana que no fuese a visitar a su hija.
Al final de su vida le entraban remordimientos por si había dedicado demasiado tiempo a las religiosas, pero lo cierto es que él había obrado siempre con un corazón libre y limpio y, en ocasiones, con mucha paciencia. A este propósito, con un tono de buen humor, contaba confidencialmente a un sacerdote operario:
«Ayer vino la señora X... Estará hasta el sábado. Es una santa alma, pero capaz de hacer santos a los que ella tiene confianza».
Y hablando de otra “santa” por el estilo, decía: «Sí que desearía que fulanita (Z...) fuera a verle a usted. Ya tendría usted bastante con una visita, y compadecería entonces al Dr. Sol, que la ha sostenido ¡siete años!”.
Para la formación cristiana de los niños ideó una “Hermandad de maestros católicos”, unidos a los operarios, proyecto que no pudo realizar.
Mosén Sol era, sobre todo, un corazón enamorado de los jóvenes:
A propuesta del Obispo de Tortosa, el 5 de febrero de 1864, el Rector de la Universidad de Barcelona confirió oficialmente a M. Sol la cátedra de religión y moral del Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Tortosa..
Desempeñó dicha cátedra hasta que, al triunfar la Revolución del 68, fue suprimida en los centros de enseñanza del Estado aquella asignatura.
Durante los años de enseñanza no se limitó al mero y exacto cumplimiento de sus obligaciones de catedrático, sino que aprovechaba la influencia y ascendiente que ejercía sobre sus discípulos, para encaminarlos en el seguimiento de Cristo y devoción a la Virgen.
Acostumbraba a llevarlos de paseo a las afueras de la ciudad, donde, bajo su vigilancia, se divertían y jugaban, mientras él se entretenía leyendo. Solía enviar a alguno de los chicos a comprar dulces para obsequiarles. Al regresar, tenía mucho cuidado de que marchasen directamente a sus casas.
Para contrarrestar los efectos desastrosos de la Revolución en el orden religioso y social, organizó en 1869, La «Juventud Católica» de Tortosa. Quería una juventud alegre, piadosa y comprometida. Por eso, una de las iniciativas de la Academia de la «Juventud» fue la de establecer «Escuelas nocturnas para obreros y artesanos».
La Congregación de san Luis
Se le encargó a M.Sol la dirección y desarrollo de la Congregación de san Luis que fue, sin duda, su más brillante y fecunda labor en pro de la juventud seglar de Tortosa. Enseguida, para realizar sus anhelos, decidió fundar una revista que fuese órgano de la Congregación de Tortosa, y lazo de unión de cuantas había establecidas en España.
En diciembre de 1881, salió a la luz pública el primer número de la revista mensual titulada «El Congregante de San Luis», con veintidós páginas de texto. Llegó a alcanzar fama, prestigio y carácter nacional. Fue el primer periódico de las Congregaciones marianas.
Pero Mosén Sol no se queda en lamentos sobre la juventud; busca soluciones prácticas. Y muy pronto adquirió 2.700 metros cuadrados de terreno para establecer un Gimnasio o Círculo de recreo, con salones para capilla, biblioteca, teatro y juegos.
Con el Gimnasio, no se limitó al cuidado espiritual de los congregantes. Además de gran cantidad de juegos de toda clase, estableció una especie de casino, que servía café, cigarrillos, licores, y meriendas. Todo, bajo la mirada atenta de los directores de la Congregación, que les procuraban revistas y libros de amena lectura, y organizaban frecuentes veladas literarias y teatrales.
Llegó a reunir hasta 150 congregantes de la sección de estudiantes. Para adiestrarlos en el apostolado social cristiano, estableció secciones destinadas a varias cosas: recoger ropas, que distribuían luego entre los pobres; visitar los jueves las cárceles, y consolar, obsequiar y disponer a los presos para la recepción de los Sacramentos, instruyéndolos en la doctrina cristiana; animándoles a honrar piadosamente cada semana a la Santísima Virgen de la Cinta y al Santísimo Sacramento; otros se dedicaban a repartir entre las clases trabajadoras «La Lectura Popular», (editada por Claravana) que pretendía difundir gratis entre el pueblo la sana lectura moral y religiosa
Pasados los años, hablando un día con un padre jesuita, confesaría con lágrimas en los ojos: «Ah, Padre. ¡La formación de la juventud, ésa es la grande obra! ¡El salvar a la juventud de Tortosa ha sido por muchos años mi sueño dorado!
En septiembre de 1891 llevó a Roma la Peregrinación de Congregantes marianos, para conmemorar el Tercer Centenario de la muerte de San Luis Gonzaga.
Llegados a Roma, el 20 de septiembre, celebraron una solemne función religiosa en la iglesia de San Ignacio, ante el altar donde reposan los sagrados despojos de San Luis.
Terminada la celebración de la eucaristía, dirigió M. Sol a los jóvenes una inflamada alocución, que conmovió profundamente e hizo derramar abundantes lágrimas entre los que le escucharon. Un extranjero, que estaba absorto escuchándole, exclamó «¡Este sacerdote es un santo!»
El Papa, en la reducida audiencia para la representación oficial, saludó muy cariñosamente y dio las gracias más sinceras a Mosén Sol.
M. Sol era un corazón ambicioso, santamente insatisfecho que finalmente encuentra la “llave de la cosecha” en todos los campos de la gloria de Dios: las vocaciones sacerdotales.
En aquel tiempo, el Seminario de Tortosa había sido destrozado por la Revolución del 1868, y los pocos seminaristas que aún quedaban, vivían diseminados por la ciudad, con hambre y sin formación.
Entonces, todo comenzó con un encuentro providencial. Resulta que un día se encuentra mosén Sol, en el Arco de Romeu de Tortosa, con un seminarista, llamado Ramón Valero, con una cara de hambre que daba pena mirarlo. Era una tarde de febrero de 1873.
Este jovencito sale de la casa alquilada donde recibía las clases de filosofía y se va a comprar una vela para poder estudiar aquella noche. Por cierto, vivía en una buhardilla, comía de limosna, como sus compañeros, y estudiaba cuando buenamente podía.
El y otros dos compañeros recibían un plato de sopa que les daba otro mosén, y pasaban hambre.
A Mosén Sol se le conmueven las entrañas, como a Jesús cuando veía a la muchedumbre como a ovejas que andaban descarriadas y extenuadas, sin pastor. Pero inmediatamente, su mente queda iluminada para siempre.
- “Mañana, a las once, venís los tres a mi casa”.
Así comenzó la obra de Dios a favor de las vocaciones sacerdotales, por medio del corazón compasivo y misericordioso de mosén Sol
El joven Valero y sus compañeros no volvieron a conocer el hambre. A final de curso, les dijo: “Hasta octubre, hijos míos, que entonces estaréis mejor”.
Y se pone inmediatamente manos a la obra. A mitad de verano, los sacerdotes de la diócesis reciben una carta circular de su puño y letra, en la que les informa que se abre una casa en Tortosa, llamada “Colegio de san José”, para dar un hogar y formación a seminaristas pobres. Y así fue: veinticuatro seminaristas y una casa humilde inauguraron lo que podríamos llamar el primer Colegio de san José.
A los dos años, tuvo que comprar una casa más grande porque ya los seminaristas ascendían a 50. Al curso siguiente, cuenta con el llamado palacio de san Rufo y 98 alumnos. Al año siguiente, 30 más le piden cobijo, y ya no hay sitio. ¿Qué hacer?
Tiene 190 alumnos, pero dispersos en distintos lugares de la ciudad. No se puede seguir así, e inmediatamente propone la idea de construir un Colegio, capaz y con las condiciones necesarias para la formación de los futuros sacerdotes. Sus colaboradores más íntimos le tachan de iluso, visionario, incorregible soñador… Aún no conocen a mosén Sol. Pues sí, el 1 de enero de 1878 compró los terrenos necesarios y el 11 de abril se colocó la primera piedra del Colegio.
No faltaron las críticas y amarguras, pero llegó el 11 de octubre de 1879 y fue inaugurado oficialmente el Colegio de San José de Vocaciones eclesiásticas, de Tortosa, con 300 alumnos, sí, sí, 300, más los 100 que continúa manteniendo gratuitamente en el palacio de san Rufo. Ahora, así es la vida, todo fueron felicitaciones y enhorabuenas.
Este tipo de Colegio, adquirió fama entre los obispos y muy pronto M. Sol lo fue estableciendo en Valencia, Murcia, Orihuela, Plasencia (Cáceres), Almería.
Al no poder hablar de todas estas fundaciones, me limitaré a decir algo de Valencia, Burgos y Lisboa, si hay tiempo.
En Valencia abundan también los seminaristas pobres. D.Manuel no lo duda, allá se va, el 24 de julio de 1884. Una vez más, los comienzos no dejan de ser curiosos. Resulta que en la calle de la Unión malvive un grupo de seminaristas bajo la alta dirección de una mujer “mayorcita”, de armas tomar. Tanto es así, que don Manuel prefirió no discutir con ella, y dirigió sus pasos a algo mucho más ameno, nada menos que a lo que se llamaba el Huerto de las fresas.
Era una finca espaciosa de la calle Alboraya, muy cerca del seminario diocesano. Aquí estaba, sin duda, la solución, y el día primero de octubre de 1884 inauguró don Manuel su nuevo Colegio de san José, con 54 alumnos. Si hubiera dispuesto de un espacio mayor, dice el mismo mosén Sol " hubiéramos tenido este año más de 200. Hay un sin fin para el año próximo, pero si no hay local, no podremos”. Pues, claro que podrá.
El 14 de Abril, con la terrible amenaza del cólera, escribe: “Otra vez me tiene usted en Valencia, adonde he venido para ultimar la compra de un terreno, seis mil duros, (¿cuántos euros?) y empezar las obras del Colegio que suponen ocho mil duros más, cantidades que estoy buscando; pero todo se andará, si los microbios no lo estorban”. Mosén Sol cumplió una vez más su palabra: el 2 de septiembre se colocó la primera piedra.
El día 2 de febrero de 1887, reservó el Santísimo en la capilla provisional del Colegio de Valencia. Para él, un Colegio sin eucaristía era como una casa sin dueño, fría y deshabitada. De todos modos, aquella capilla improvisada le resultaba muy poca cosa, por lo que ambicionó una iglesia grande y solemne, que no dudó en calificar “la catedral josefina”, inaugurada el 2 de febrero de 1901.
Ese día, de grandísima fiesta entre alumnos, sacerdotes y amigos, tuvieron que sufrir el ataque del terrible “enemigo”. Nos lo cuenta el mismo mosén Sol: “ el día 2, fiesta de nuestra Reserva (la instalación solemne del Santísimo), antes de terminar, por la tarde, vino una turba y apedreó las colgaduras y balcones del Colegio, y tuvimos encerrados a los 400 fieles, hasta las siete de la noche, que vino la Guardia Civil y los dispersó. No hubo desgracias personales”. No es broma, ya contaba con 354 alumnos y éso, al enemigo no le hacía ninguna gracia.
Del calor de Andalucía (Almería) pasó al frío de Burgos. A M. Sol el frío le asusta. Estamos en 1894. De aquella ciudad, con aires de Corte, le piden que se haga cargo de dos colegios. M. Sol dice que lo siente mucho; no puede ser; la “tela” de los operarios no da para más. Pero ante las muchas presiones y súplicas, finalmente cede y acepta ambos colegios, pero con la condición de construir pronto un edificio grande y único. Las cosas no van a ser nada fáciles. Por lo pronto, compra terrenos para el nuevo colegio, poniéndose de acuerdo, nada menos que con el marqués de Comillas. Pero surgió un problema:
Unas religiosas vecinas ponen el grito en el cielo porque, ¡con el nuevo edificio, se van a quedar sin sol!, pero si ellas no necesitan ponerse morenas, digo yo. En este caso, don Manuel tiene una respuesta del mejor estilo humorista, y le dice, en broma, al rector: “Ponga un suelto en los periódicos, diciendo que el casino republicano va a comprar ese terreno para hacer un casino y jardín para el desahogo de la gente; ya verá cómo pronto piden que se pongan ahí los de san Jos锡¡
Las monjas cedieron y las obras fueron adelante. En septiembre de 1898 es trasladada la comunidad de los seminaristas al nuevo edificio, y el 2 de Noviembre escribe M. Sol: “En Burgos, sin cocina y con 226 alumnos”.
Nos vamos a Portugal, a Lisboa concretamente. (Cardenal Netto, Mons Vico) Una historia para no dormir, sumamente compleja, que terminó mal. En octubre de 1896 llegan los operarios, pero pronto comienzan los problemas. En marzo de 1901,algunos grupos sectarios, muy violentos, apedrean a los “paes espanholes” que dirigen el colegio de la capital.
El palacio patriarcal está custodiado por caballería todas las noches, por las intentonas contra los padres españoles”.
D.Manuel comenta: “Si la Providencia de Jesús quisiera que saliéramos por motivo de los masones, sería una salida muy gloriosa. Sería una bendición”.
Así sucedió: muy pronto, el ministro portugués declaró que eran jugadas sucias de la masonería; y “dijo al señor cardenal que debían ir fuera los sacerdotes operarios, que no respondía de lo que pudiera suceder”. Ellos hicieron las maletas y se fueron. Mosén Sol decía: “en los más grandes sufrimientos, mi corazón no tiembla”.(“Si no os reciben…”).
El trabajo por las vocaciones se convirtió en el gran objetivo apostólico de mosén Sol. Pero, al hablar de vocaciones no pensaba solamente en los sacerdotes y religiosos, sino que incluía también a los seglares, cosa entonces desconocida.
De hecho, a los mismos seglares les decía: «Cuán pocas veces hemos puesto nuestra palabra, nuestro talento, nuestra influencia, nuestros intereses al servicio de la gloria de Dios y para la salvación de las almas! ¡Cuán poco hemos meditado que Dios nos quería para cooperadores suyos, cada uno según sus facultades y su vocación! Y continuaba con aquellas famosas palabras que circulan en estampas y escritos por todo el mundo: "No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos».
Concretamente, les compromete seriamente en la acción social, por medio, sobre todo, de los Círculos católicos.
D. Manuel y el Colegio de Roma. Aquí vemos de modo sobresaliente la grandeza de su corazón.
Teniendo en cuenta su conocimiento de la triste realidad de los seminarios de España, y desde el testimonio tan positivo que estaban dando bastantes obispos españoles de los Colegios de san José, la conclusión era evidente: es urgentísima la formación del clero. Y para ello, lo mejor, establecer un Colegio de san José en Roma.
Ante la realidad del catolicismo español pasivo, conservador, muy poco formado, y un clero sin una teología actualizada y sin imaginación creativa para hacer frente a los retos del momento, M. Sol se da cuenta de que hay que reaccionar y la idea del Colegio en Roma podría servir de mucho para la necesaria renovación de la Iglesia en España.
Inmediatamente se pone en contacto con Roma, recabando detalles de casas, arriendos y precios. Y se entera de que hay un religioso Trinitario, El P. Antonio Martín, Padre General de los Trinitarios Calzados, quien decía que su casa y convento, estaba expuesta a ser arrebatada por el gobierno italiano o por el español apenas muriera él, si moría sin transformarla en un colegio o instituto español.
M. Sol escribe al P. Martin. Este, como es lógico, pide a los operarios que se hagan con atestados de los obispos de España recomendando la Hermandad, para con ellos solicitar del Papa el Breve de transmisión del edificio a favor de la misma. Luego, no contento con eso, exigió la hipoteca de los colegios de Tortosa, Valencia Murcia y Orinuela
A pesar de todo, Mosén Sol comienza pronto a desengañarse porque, al parecer, el P. Martin pretende ceder el edificio a otras instituciones, algunas de las cuales llegan a recurrir a las recomendaciones de la Regente de España.
Mosén Sol no entra por ahí, y sigue su camino con esperanza y paciencia infinita.
Estando así las cosas, el Papa concedió el permiso al padre Martín, y el contrato privado entre la Hermandad y el P. Trinitario “se firmó la tarde del 5 de diciembre, echándose a llorar el pobre P. Martin, porque aquella transferencia significaba la extinción de su orden de la Trinidad por ser aquella la única casa que les quedaba en todo el mundo. Con esto, ¿terminó ya la película? ¡Qué va!. Siguieron las presiones de otras congregaciones sobre el dichoso P. Martin.
Mosén Sol no espera más y resueltamente sale para Roma. En la Ciudad Eterna, es cariñosamente acogido por los capellanes de Montserrat, hospital y casa para los peregrinos españoles, real edificio español, en la hermosa via Giulia.
El P. Martin, por su parte, enigmático, reservado hasta última hora, comenzaba a dar pruebas de que su juego no era claro. De hecho, había entrado en tratos con otra institución religiosa. De ahí sus prisas por desprenderse cuanto antes del contrato que había firmado con la Hermandad. Pero al mismo tiempo quería guardar con ella las apariencias de justicia y quedar así ante la opinión pública como que era ésta quien le abandonaba a él.¡Vaya juego!
Las negociaciones duraron ¡año y medio. (Llegan a Mosén Sol atestados favorables de un buen grupo de obispos españoles).
Se suceden rápidamente muchos acontecimientos, y finalmente el 27 de diciembre de 1890 recibe Mosén Sol carta de los Trinitarios en que le decían que el Papa hacía la cesión del convento de Via Condotti “a la Hermandad de sacerdotes Españoles del Sagrado Corazón de Jesús”. Por fin, ¿asunto resuelto? No Señor. Fue una firma inútil. Arreciaron las intrigas, y el P. Martín, a las claras, se pone en tratos con los padres dominicos.
Entonces, se planteó una batalla en toda regla. En carta a un operario le cuenta M. Sol: “La crisis que atravesamos es espantosa. (Grandes personajes a favor y en contra)
A pesar de todo, Mosén Sol le confiesa: “Mi corazón no se cambia aun en las amarguras y resentimientos. Las grandes tribulaciones y persecuciones contra la Obra en Roma, Valencia, Murcia, etc., no han llegado a perturbar mi ánimo, ni mucho menos me han inquietado el espíritu con aversión ninguna a las personas”.
Ahora, dice, estaremos en Montserrat. Y efectivamente, el 29 de marzo, a las 10 de la mañana, llega a Roma con 7 chiquillos. Y se alojan, con el primer rector, Benjamín Miñana, en la sala Hospital de Montserrat. Luego llegarían otros cuatro más. Y el 1 de abril de 1892, primer viernes y cumpleaños de mosén Sol, se inaugura oficialmente, con la aprobación papal, claro, el colegio español de san José en Roma.
Realmente, la fundación del Colegio de Roma revela la talla humana, la santidad y el corazón grande de mosén Sol.
Pero aquí no acaba todo. Montserrat no es el lugar definitivo. Dado que el gobierno de España recela del nuevo Colegio español, las cosas se arreglaron para que la estancia en Monserrat fuera provisional. (Palacio Altieri).
León XIII preguntará con frecuencia a mons. Merry del Val sobre la situación del colegio en Montserrat. Mosén Sol, el buen cura de Tortosa, ha aprendido mucho en Roma. Llega un día a decir: “El Papa es el Papa, pero las cosas de Roma las hacen los que no son Papas”. Y, muy inteligente, él tiene también un “espía” en el Vaticano, al lado del Papa, monseñor Merry del Val. Este, un buen día le revela, casi al oído, que el Papa León XIII viene insinuando para Colegio Español el palacio Altemps, una preciosidad de edificio al lado de la famosísima Piazza Navona. Efectivamente, en marzo de 1893 el Papa cede el palacio Altemps, propiedad de la santa Sede, al episcopado español, con la dirección a perpetuidad por parte de los Sacerdotes Operarios de M. Sol.
El día 30 de septiembre llegó a Roma don Manuel. El rector del Colegio, don Benjamín Miñana, siguiendo el ejemplo del Fundador, tomó posesión del palacio Altemps, colocando en la mejor habitación un cuadro de san José. El 11 de noviembre, M. Sol instaló el Santísimo en la hermosísima capilla del Colegio. Contaba ya con 60 alumnos. Cobijando el sagrario, estaba la hermosa y muy venerada Virgen de la Clemencia. (Hasta ahora: 3.500 alumnos; más de 100 obispos, profesores seminarios…).
Su corazón de padre fundador. Ocurrió que una mañana, aún casi a oscuras, una luz especial invadió su alma. El mismo nos lo dirá: “Jesús Sacramentado me inspiró la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, el día 29 de enero de 1883, a las siete y media de la mañana”. Ahora ya no hay dudas. Lo sabemos. La Hermandad de sacerdotes Operarios Diocesanos, nació una mañana fría de enero, al calor de la eucaristía. “Nuestra obra ha brotado del corazón de Jesús Sacramentado, silencioso, olvidado, desconocido, ultrajado”, dirá el padre Fundador..
Después de las consultas pertinentes y orar mucho, el día 17 de mayo de 1883, el Obispo de Tortosa, Señor, Aznar y Pueyo, aprobó verbalmente la Hermandad.
Esto supuesto, ya corría prisa celebrarlo. Y allá sube mosén Sol, el 16 de Julio, con los cuatro primeros operarios y amigos, al maravilloso desierto de las Palmas, (Castellón) para el “bautizo” oficial y solemne de la anhelada Hermandad, junto a la Virgen del Carmen, la más hermosa, y preparada de todas las madrinas.
Desde la altura, en medio de un imponente monte de pinos, se contempla la inmensidad y hermosura, en el mar de Benicassim, del manto azul de la Señora. Y allí oran, intercambian opiniones, trazan esquemas, y sientan las Bases de la Institución. Todo está ya definitivamente en marcha. Se dedicarán a las vocaciones, al trabajo con la juventud y al fomento de la devoción y espíritu de reparación al Corazón de Jesús. Y queda muy claro lo que ha de ser la Hermandad: una “fraternidad sacerdotal”: Hemos de ser pues, sacerdotes, y nada más que sacerdotes, y santos; y trabajar cuanto podamos por la gloria de Dios, y, a ser posible, en unión de otros”, siendo y viviendo como verdaderos sacerdotes diocesanos, con una dirección común para mantener el espíritu universal y familiar de la Hermandad.
“Nadie la ha fundado”. Es el sacerdocio del Vaticano II, vivido en fraternidad , libertad y desprendimiento, para ayudar a los hombres a encontrar y vivir la vocación: a la santidad como hijos de Dios, a ser sal de la tierra y luz del mundo en la fe y seguimiento de Cristo, y al trabajo por el reinado de Dios como laico, religioso o sacerdote…
(Rasgos del operario: ser hombres; abiertos y comunicativos; desprendidos y libres; hombres de equipo; diocesanos; amigos de los jóvenes; profundamente eucarísticos. Así fue él.
¿De dónde sacaba su fuerza apostólica? La eucaristía fue la pasión y la raíz de todo su ministerio: "Si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, encontraríamos que el origen de nuestro deseo del bien y del fomento de las vocaciones eclesiásticas, de que Dios nos dé muchos y buenos sacerdotes, ha sido nuestro instintivo amor a Jesús sacramentado".
Mosén Sol fue un perfecto enamorado de Jesús. Esto explica su vida y su ministerio. El nombre de Jesús estaba permanentemente en sus labios, porque brotaba en todo momento en su corazón. (Hablaba con él en voz alta). Hasta durmiendo pronunciaba el nombre de Jesús. "Jesús sacramentado ha de ser el apoyo, el aliento, consuelo y anhelo de todo nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos".
En enero se apagó el Sol. Era el día 25 de enero de 1909, un día frío de invierno cuando se apagó el Sol de don Manuel en ésta tierra sombría. Pero inmediatamente se encendieron todas las luces del cielo para recibirle en todo su esplendor. No faltó un buen número de pobres que, con lágrimas en los ojos y la plegaria en los labios, contemplaban por última vez aquellas manos, siempre abiertas para socorrerlos, y cerradas ahora para siempre, estrechando el crucifijo.
El entierro fue una imponente manifestación de sentimiento de Tortosa entera. Los balcones de las casas por donde pasaba el fúnebre cortejo ostentaban colgaduras negras. Las exclamaciones que brotaban de los labios de la gente del pueblo al paso de los restos de su paisano, ponían bien de manifiesto la fama de santo en que le tenían.
El 21 de abril de 1926 los venerandos restos de Mosén Sol fueron trasladados, con gran solemnidad, del cementerio de Tortosa al Templo de Reparación, donde quedaron definitivamente depositados en el artístico mausoleo costeado, por suscripción nacional, entre los amigos, admiradores y devotos de M. Sol. El acontecimiento revistió caracteres de apoteosis y resultó un verdadero plebiscito nacional confirmatorio de la fama de santidad. (Card. Vidal y Barraquer, Tortosa, Avila, Madrid).
Pasaron los años y felizmente, el 29 de marzo de 1987 fue declarado Beato por el Papa Juan Pablo II. Esperamos que pronto pueda ser canonizado como modelo sacerdotal y como “Santo apóstol de las Vocaciones Sacerdotales” como le nombró el Papa Pablo VI en 1970, para toda la Iglesia universal. ¡Dios quiera que lo podamos ver y celebrar!
Julio García Velasco
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