BEATO MANUEL DOMINGO Y SOL
sacerdote por los cuatro costados

 

El 9 de enero de 2009 se cumple el centenario de la muerte del Beato Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Había nacido en 1836. Con motivo de este centenario, pergeñamos una semblanza de esta figura de la Iglesia y de la trayectoria de la obra que puso en movimiento, intentando presentar en síntesis lo que fue Mosén Sol, lo que representa, lo que soñó y encarnó, dentro del amplio panorama de ministerios sacerdotales que ocupó su existencia en la diócesis nativa. A la vista del conjunto de su acción ministerial, ofrecemos el título que encabeza este escrito como la mejor y más exacta síntesis de su trayectoria sacerdotal.

Proyecto de ayer, ¿válido para hoy?

Manuel Domingo y Sol fue un sacerdote secular de la diócesis de Tortosa, y su vida y obra se despliegan en el arco de la segunda mitad del siglo XIX. Fue, en primer lugar, un hombre de su tiempo y un sacerdote que vivió y vibró pastoralmente en el contexto de la Iglesia y de la sociedad en los que discurrió su existencia.

A los cien años de su muerte, debemos precavernos de caer en la tentación, como  tantas veces se hace en estos casos, de presentarle como profeta que adivinó el futuro y ”se adelantó a su tiempo”, como innovador de caminos inéditos que el tiempo ha convalidado y, por ello, le hacen ser una figura de plena actualidad. Más en concreto, se puede pensar que “se anticipó al Concilio Vaticano II”, y que éste no ha hecho sino sancionar sus rumbos ministeriales. Esto debe ser debidamente matizado en aras de la objetividad. La formación teológico-pastoral-espiritual, la concepción del apostolado, la espiritualidad y la idea del sacerdocio y, en última instancia, la Iglesia en la que vivió, trabajó y a la que se entregó Mosén Sol distan mucho de ser lo que hoy pensamos a partir del Vaticano II. Repetimos, fue “un hombre y un sacerdote de su tiempo” con todas las consecuencias, y, desde este punto de vista, no podemos presentarle como modelo acabado que hayamos que reproducir exactamente y sin matices en nuestros días y en nuestra Iglesia postconciliar.

Pero no todo acaba aquí. Ideas, proyectos, talante pastoral y, sobre todo, la concepción del sacerdocio que D. Manuel intuyó y comenzó a poner en práctica, han perdurado vigentes a lo largo del tiempo y, en algunos puntos capitales, han sido ampliamente avalados por el Vaticano II, lo que nos permite afirmar, por tanto, que cuenta hoy con la cobertura del magisterio solemne de la Iglesia. Por consiguiente, puede decirse que la herencia del Beato Manuel Domingo y Sol encuentra en nuestro hoy eclesial una amplia acogida y representa, para quienes nos hemos enrolado en su obra, un estímulo y una garantía sólida para continuarla. En las líneas que siguen se expondrán las razones para ello.

Volvamos al título de este trabajo, que, en nuestra opinión, globaliza fielmente la figura y la obra de Mosén Sol: sacerdote por los cuatro costados. Desglosaremos este enunciado en varios puntos que despliegan su contenido y, al hilo de la exposición, mostrarán la originalidad y novedad que conlleva.

"Sacerdotes y sólo sacerdotes"

Comencemos por la obra cumbre de D. Manuel: la fundación de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos. Una obra nítidamente sacerdotal, esto constituye su propia entraña y es su denominación de origen. Pero tiene sus peculiaridades.
Los operarios son, en frase repetida una y otra vez por el fundador, “sacerdotes y sólo sacerdotes, y santos”. Encontramos aquí el énfasis máximo del sacerdocio, desnudo de cualquier otro aditamento ―«sólo sacerdotes»―, que D. Manuel explicitaba con suma claridad: sin ambiciones de cargos, títulos, honores y otras apetencias, incluso legítimas; es  sencilla y llanamente el sacerdote en cuanto tal, sin adjetivos que lo recortaran.

Y... sacerdotes diocesanos. D. Manuel fue siempre y murió siendo sacerdote diocesano de Tortosa. En el surco por él trazado, la aspiración constante de la Hermandad ha sido que sus miembros, en lo que de ella dependa, estén incardinados en una diócesis, cuyo obispo renuncia a disponer directamente de ellos para que se integren en las tareas de la Hermandad bajo la dirección de sus responsables. Esta diocesaneidad “sui generis” quiere la Hermandad que rebase el ámbito meramente jurídico y que, de hecho, los operarios actúen ministerialmente en total sintonía con cada obispo en cuya diócesis trabajen, se sumen a sus proyectos pastorales y mantengan una cordial relación con la diócesis incardinante y el presbiterio respectivo. La disponibilidad del operario ha cuajado en una expresión familiar “ad intra”: “que no se diga de un operario que pudo hacer el bien y no lo hizo” La historia de la Hermandad muestra que esto es posible.

La defensa del carácter puramente sacerdotal de la Hermandad le costó a Mosén Sol muchos sinsabores y largas esperas, que duraron toda su vida. Pero no cedió. En manera alguna aceptaba que su Hermandad fuera asimilada a los religiosos ―«sacerdotes y sólo sacerdotes»―, sin que ello significara menor estima por la vida religiosa, a la que alabó y admiró siempre. A este respecto, es significativo que, en su abundante ministerio de dirección espiritual, llevara a los claustros religiosos numerosas vocaciones. Pero el marco jurídico de la vida religiosa no era el que él quería para acoger su carisma.

Un modo de ser y vivir el sacerdocio

Es este un segundo capítulo destacado e identificador de la Hermandad fundada por Mosén Sol. Lo denominamos «modo de ser y vivir el sacerdocio». Es otra vertiente fundamental, otro modo de definir la Hermandad: cómo ser sacerdote y vivir el sacerdocio. Se integran aquí el “sólo sacerdotes” y la “diocesaneidad”. La hermandad lo ha expresado desde el principio con la fórmula vida y trabajo en equipo. En palabras  del fundador: «no sacerdotes aislados, sino mancomunados».
Sin duda que aquí subyace una intuición que rebasaba el modo habitual de concebir el sacerdocio diocesano en tiempos de D. Manuel, y es lo que posteriormente ha granado espléndidamente en la Iglesia del Vaticano II con la teología de la “fraternidad presbiteral sacramental” o del “presbiterio”.

Este modo de vivir el sacerdocio está en íntima relación con el nombre  “hermandad” que el fundador dio a su obra. Este solo nombre  habla por sí mismo de familia, de intimidad, de comunicación y transparencia, de relación y afecto interpersonal, de corresponsabilidad, de ayuda y corrección fraterna... El fundador confiaba más en este estilo de vida familiar que en los reglamentos y normas disciplinares, que siempre redujo a los mínimos  Este talante familiar debe dar un tono peculiar a la vida en el interior de la Hermandad en todos su niveles. El espíritu familiar debe impregnarlo todo.

"Lo vocacional", tarea especificadora

¿Qué campo pastoral, de los múltiples que tiene la Iglesia, debe ocupar preferentemente la Hermandad? La tradición ya secular lo ha concretado en «lo vocacional». A esta meta llegó Mosén Sol después de un amplio recorrido ministerial, y aquí encontró la tarea más peculiar de la Hermandad, que ha reafirmado sin titubeos este ministerio peculiar.

Algo más concreto cabe destacar en este tema: el horizonte más amplio de “lo vocacional”, sin ningún tipo de reducción, pues bien es sabido que “vocación” se circunscribía de ordinario a los llamados al ministerio sagrado o a la vida religiosa. D. Manuel y la Hermandad tienen en cuenta todas las vocaciones y servicios eclesiales; en términos intrainstitucionales hablamos de vocaciones “sacerdotales, religiosas y apostólicas o laicales”. La Iglesia lo ha reconocido en palabras de Pablo VI, quien denominó a D. Manuel “el santo apóstol de las vocaciones”. El mismo fundador promovió todo tipo de vocaciones, que encaminó tanto a los seminarios como hacia diversas congregaciones religiosas o al apostolado seglar. Esta herencia la ha conservado la Hermandad, y la promueve particularmente en sus diversos Institutos o Centros Vocacionales, y en sus publicaciones.
Actualmente, la pastoral vocacional en toda su amplitud es una de las solicitudes de ayuda más frecuentes que recibe la Hermandad de parte de numerosas diócesis.

Queremos recoger otro dato que apunta a una nuevo campo de acción pastoral vocacional. En los últimos años, ha tomado cuerpo en el Hermandad el tema de «vocacionalizar» los campos de actividad pastoral. Es otro capítulo de la tarea vocacional: fomentar, formar y acompañar desde cualquier plataforma pastoral la diversidad de vocaciones, servicios y ministerios latentes en el pueblo de Dios por la siembra de carismas del Espíritu, en una Iglesia “toda ella ministerial”. De esta forma, “lo vocacional” deja de ser un sector pastoral más entre los diversos existentes, sino que se convierte en una dimensión de toda pastoral. La tarea vocacional adquiere así un rumbo del  que cabe esperar los mejores frutos, a condición de que se asuma esta perspectiva por los diversos agentes pastorales.

Pero también en el vasto campo vocacional, y desde tiempos de Mosén Sol, la Hermandad tiene una prioridad neta por las vocaciones sacerdotales, a las que D. Manuel denominaba «la llave de la cosecha», consciente del significado del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad. A esta luz, el mismo fundador respondió a peticiones de los obispos, algo no previsto en principio, para que la Hermandad asumiera la dirección y formación de los seminarios diocesanos, que cuenta con una larga y rica trayectoria hasta nuestros días, y que ha sido quizá lo que más ha contribuido a crear la propia imagen de la Hermandad en Europa, en América y últimamente en África. No deja de ser sintomático que la mayor parte de las solicitudes que recibe hoy la Hermandad se refiera a la formación de ministros ordenados.

La Hermandad al servicio del sacerdocio lo plasmó Mosén Sol de modo significativo en la fundación del Colegio Español de San José, en Roma, con la intención de elevar el nivel teológico-espiritual del clero español. D. Manuel descubrió aquí una necesidad urgente y acudió al reto sin escatimar costos. La Hermandad ha proseguido la empresa iniciada por su fundador. Más de cien años de vida de dicho Colegio ofrecen hoy los abundantes frutos que ha reportado a la Iglesia y la sociedad españolas.

Pedagogía con sabor familiar

Hay que suscitar vocaciones, ayudando a su alumbramiento, pero, ante todo, hay que formarlas para que lleguen a su madurez. Se desemboca así en la pedagogía de la vocación.

¿Cómo educar o formar? En tiempos de Mosén Sol, y en tiempos no tan lejanos a nosotros, la principal arma formativa era la disciplina, con su amplia secuela de reglamentos, normas y horarios minuciosos, en lo que se confiaba como medio principal educativo. En una palabra, la formación gravitaba sobre la fiel aplicación de las normas rectoras de cada centro.

La historia es testigo de que en este campo Mosén Sol significó una inflexión en la pedagogía sacerdotal dominante hasta entonces, que fue innovador con el estilo familiar, del que da fe la abundantísima correspondencia que mantuvo con los operarios responsables de la formación.

En todos los campos de la pastoral vocacional y, de modo singular en los Centros de Formación para el ministerio sagrado, la Hermandad recibió una herencia que viene del mismo fundador, permaneciendo fiel al estilo familiar. Sin duda no es ajeno a este estilo el mismo nombre «hermandad» de la institución. Las ventajas de ello son tan indiscutibles para los formandos como son indiscutibles las altas exigencias para los formadores, exigencias que no se le escapan a nadie. Para los formadores comporta la presencia, la cercanía, la convivencia, la relación personal con cada educando, el respeto al ritmo y situación de  cada persona, la comprensión afectiva, la dedicación total... La persona es educada de una en una, no en masa.  Por otra parte, el cargo asumido agota en sí mismo todas las expectativas personales, sin que pueda concebirse como plataforma para escalar peldaños en el escalafón eclesiástico.

Opción por los pobres

Hoy es comúnmente aceptado el lema «opción preferencial por los pobres». ¿Cómo se ha situado la Hermandad en este tema, y cómo actuar en el campo de sus objetivos específicos?

El primer dato se lo debemos al mismo D. Manuel. El germen o semilla de su opción por “lo vocacional” se debe al encuentro ocasional con un seminarista pobre, Ramón Valero, que no vivía en el seminario y, junto con otros, dependía de la caridad de la gente buena. Este encuentro fue un “kairos” para Mosén Sol, y el primer detonante para emprender su peculiar proyecto vocacional.

A partir de ahí se inició un movimiento sugestivo. D. Manuel emprende la creación de  la red de «Colegios de San José». Eran instituciones para la formación de seminaristas que carecían de recursos económicos, que la Hermandad erigía y sostenía en todos los sentidos, al mismo tiempo que existían los seminarios diocesanos tradicionales. Los “Colegios de San José” ha proporcionado a diversas diócesis, sin costo alguno para ellas, miles de sacerdotes diocesanos. Una aportación callada y desinteresada, las más de las veces desconocida, pero que habla por sí misma de su significación.

Estos “Colegios de San José” se transformaron con el tiempo en seminarios menores. Pero la Hermandad no ha olvidado la “opción preferencial por los pobres” y, de hecho, se ha  propuesto  la “opción por los pobres” como criterio a la hora de discernir las peticiones de ayuda que le llegan.

Espiritualidad

Hoy podemos afirmar que la espiritualidad del operario es, sin más, la del sacerdote secular diocesano tal como la ha diseñado el concilio Vaticano II. Es, sin duda, un dato más para reafirmar la naturaleza sacerdotal de la Hermandad.

Mosén Sol, como hombre y sacerdote de su tiempo, practicó y fomentó diversas devociones, pero encontró en la eucaristía el secreto manantial que alimentaba su vida y su obra. Él nos habla de su “instintivo amor a Jesús Sacramentado”, a cuyo calor nació la Hermandad en aquella mañana y en aquel convento tortosino, durante la acción de gracias después de celebrar la misa. Repetirá una y otra vez que la Hermandad se la debe a Jesús Sacramentado.

Hijo del siglo XIX, el Corazón de Jesús fue uno de los centros de especial interés espiritual para D. Manuel, quien acertó a unirlo a la eucaristía en una singular fórmula muy suya: “Corazón de Jesús Sacramentado”. Hoy hablamos en la Hermandad de “espiritualidad eucarístico-reparadora”, orientación que debe ser peculiar del clero diocesano.

La centralidad de la eucaristía en la espiritualidad del sacerdote está hoy fuera de toda discusión, y bastaría la doctrina del Vaticano II para confirmarlo. Por otra parte, la espiritualidad «específica» del sacerdote, felizmente relanzada por el Vaticano II, encuentra en el Beato Manuel Domingo y Sol datos significativos en los que no podemos detenernos ahora.

Merece la pena decir algo sobre las virtudes sacerdotales y el modo de enfocarlas en el proyecto sacerdotal de D. Manuel.

Los consejos evangélicos tienen para el operario todo el valor y la urgencia que la Iglesia proclama para todo seguidor de Jesús. En la Hermandad se viven con alguna peculiaridad. La obediencia es el único voto aceptado por D. Manuel en la Hermandad por razones de orden pastoral, organizativo y exigible en cuanto institución, pero es en el fondo la obediencia que contrae todo sacerdote en la ordenación. Con todo, un dato precioso añade Mosén Sol: obediencia cordial, con lo que este adjetivo entraña de sinceridad, sintonía, libertad y transparencia. La castidad es la inherente al estado del ministro ordenado. En cuanto a la pobreza, no está ligada en la Hermandad a un voto, sino que se usa la fórmula: «promesa de practicar la pobreza». Al operario se le concede un amplio margen para gestionar sus bienes, salvando siempre la corresponsabilidad económica y la “comunión de bienes” con la institución. Los ingresos del operario pertenecen a la Hermandad y él funge como administrador responsable de los mismos.

De todo lo que antecede se deduce que la espiritualidad del operario no gravita sobre los votos, sino sobre el sacramento del orden. En una palabra, es la propia y específica del clero diocesano.

Concluimos este recorrido sobre espiritualidad con otra nota que merece la pena destacar. Mosén Sol delinea el perfil del operario como libre apostólicamente. Hay que explicar esta expresión. Para el fundador de la Hermandad significa que debe estar libre de ataduras familiares, económicas o de otro tipo, sin muchos lazos legales o formales. Esto se orienta y debe desembocar en una decidida disponibilidad pastoral para acudir allí donde la Iglesia requiera sus servicios a través de los respectivos responsables de la Hermandad.

Herencia y reto para la Hermandad

En la senda trazada por el Beato Manuel Domingo y Sol y en fidelidad al carisma institucional, la Hermandad ha realizado en el tiempo, con más o menos acierto, el proyecto carismático de su fundador. La Hermandad ha sido y sigue empeñada en ser la «institucionalización del carisma de Mosén Sol», en una relectura constante de dicho carisma al ritmo de la vida y orientación de la Iglesia. Porque “la genuina fidelidad al carisma exige el despliegue del mismo”; su dinamismo no se ha agotado. “No apaguen la fuerza del Espíritu” (1 Tes 5, 19)

 

 

 



Román Sánchez Chamoso