HOMILÍA. Fiesta litúrgica del beato Manuel Domingo y Sol
Aspirantado mayor, 29-1-2008
Tres palabras de un posible diccionario de D. Manuel, que reflejan aspectos importantes de la personalidad de nuestro Fundador:
- Agradecimiento (gratitud)
D. Manuel fue una de esas personas que, en medio de su pequeñez y de sus limitaciones se sintió ‘mirado’ y ‘llamado’ por Dios, incluso mucho antes de que él pudiera dar el primer paso.
Captó a su manera y de modo progresivo que había sido llamado no por sus méritos sino por la iniciativa gratuita de Dios; de que Dios tenía un plan muy especial para él… Para eso le buscó una familia concreta, muy cristiana y solidaria, sus padres no dejaron transcurrir muchas horas, al día siguiente, para que fuera hijo de Dios, el Espíritu de Dios lo invadiera, y fuera miembro de una Iglesia a la que él honraría con frutos de santidad y con la fundación de la Hermandad. Llegaría a ser uno de sus hijos predilectos.
Al ir tomando conciencia de esta realidad que le sobrepasaba, fue surgiendo en D. Manuel un deseo cada vez más sincero de correspondencia a Dios.
Son significativos los propósitos u objetivos que él se propone ya en los años de teología y con anterioridad a la ordenación, que denotan esa actitud de fondo que después se reflejaría de varias formas a lo largo de su vida. Al mismo tiempo busca un acompañante espiritual…; no quiere exponerse…
A tanto amor de parte de Dios, manifestado en su elección, sólo cabía corresponderle con amor, entrega y disponibilidad para honrar su Nombre y glorificarlo; como solía decir de manera espontánea: ‘para mayor gloria de Dios’.
De ahí la preocupación constante, a lo largo de su vida, por cultivar en su corazón el amor a Dios. Un cultivo, como todos nosotros sabemos por experiencia, que necesita tiempo, espacio, abono, vigilancia… Si no dedicamos tiempo a la vida interior, a la oración personal, al encuentro íntimo con Dios, podremos llegar a ser ‘profesionales de Dios’, especialistas, pero no ‘amantes’. Y D. Manuel fue un gran amante, porque cultivó la experiencia del amor de Dios en su corazón.
El papa Juan Pablo II en la última encíclica que firmó, dedicada precisamente a la Eucaristía, afirma que ni la Iglesia ni el sacerdocio se conciben sin la Eucaristía.
Parangonando la afirmación, también nosotros podemos decir que la vida de D. Manuel no se entiende ni se podría escribir sin esa referencia básica a la Eucaristía.
La Eucaristía fue para él una verdadera escuela donde se fue haciendo sacerdote, donde fue caldeando su corazón de apóstol y donde aprovechaba para preparar a los futuros sacerdotes.
Un sacerdote que no se contentaba con cumplir la obligación de celebrarla, sino que la disfrutaba, la prolongaba en los ratos de preparación previos y la disfrutaba en sus ratos de acción de gracias y la saboreaba en sus visitas y ratos de adoración al Santísimo que iban acompañando sus largas jornadas de trabajo.
¡Qué fácil resulta dejarnos llevar por el activismo, como nos advertía el Concilio Vaticano II!… y dejar de lado lo más importante: avanzar hacia la santidad.
D. Manuel solía hablar, a este propósito, de varias clases de sacerdotes: malos, tibios, buenos, santos…como resultado de esa mayor o menos vivencia eucarística.
Pero años más tarde, ese otro gran sacerdote enamorado de la Eucaristía, que fue el papa Juan Pablo II, un 1 de abril de 1987, en la catedral de Santiago de Chile, a los sacerdotes allí reunidos,
“Un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su Misa.
Misa sin amor, sacerdote estéril;
Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas.
Devoción eucarística descuidada y no amada, sacerdocio desfalleciente y en peligro”.
La cercanía y amistad con Aquel (Jesús) que había venido a la tierra como el ‘gran regalo de Dios a la humanidad’ favoreció, sin lugar a dudas, que él se convirtiera en otro gran regalo para sus semejantes.
Sus cualidades, su patrimonio familiar, su tiempo, su especialización, su vivencia espiritual, sus proyectos personales… lo supeditó, lo puso todo al servicio del plan de Dios…acogiendo vitalmente la invitación que hizo Jesús a sus discípulos. ‘Hagan esto en memoria mía’.
Me imagino que no le sería nada fácil repetir estas palabras al celebrar la eucaristía.
¡Cómo le costaría y cómo le pediría a su Maestro, a quien representaba, que el ayudara a hacer de su vida ‘algo parecido’ a lo que hizo Jesús; a hacer de su vida un verdadero regalo.
Y precisamente porque no se reservó nada, porque aprendió a darse a hacerse regalo; Dios le fue poniendo en cada momento los destinatarios que Él le tenía asignados en los que se regalara: jóvenes del Instituto, feligreses de la parroquia de la Aldea, maestros, obreros, religiosas… y como si esperara Dios a que se convirtiera en un regalo mucho más precioso, al final lo asignaría a una porción de la Iglesia muy especial: regalo fuera de serie, al fundar y acompañar a la Hermandad hasta su muerte.
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Ojala, la celebración de este año nos ayude a ser más agradecidos con el Señor, un agradecimiento que no puede limitar a un decir ¡gracias!, sino a demostrárselo con más amor, con un mayor cultivo de nuestros corazón, en convertirnos en mayores ‘amantes’ del Señor.
Pero, al mismo tiempo, que seamos personas eucarísticas, sacerdotes que vivan desde y para la eucaristía. Y esto hay que aprenderlo en estos años de formación. Nuestras misas del futuro serán lo que vayamos aprendiendo ahora.
Y que también nos preparemos y dejemos a Dios que nuestras vidas se conviertan en verdaderos ‘regalos’ para los demás.
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José Luis Ferré
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