Centenario de la muerte del Beato Manuel Domingo y Sol

Un hombre de corazón

En Tortosa (Tarragona), ha sido inaugurado el Centenario de la muerte del Beato Manuel Domingo y Sol, fundador de los sacerdotes Operarios Diocesanos. El 25 de enero de 1909 moría en Tortosa uno de los sacerdotes más influyentes del último siglo en la Iglesia española: sobre todo en la renovación de los seminarios y la pastoral de las vocaciones. Mosén Sol, como se le llamaba en su tierra, era, ante todo, un hombre de corazón

Como Jesús, Mosén Sol se conmovía ante la necesidad de los pobres y daba con generosidad cuanto tenía. El amor a los pobres lo aprendió de su madre, de manera sobresaliente, y será una de las características más significativas de su personalidad humana y espiritual.

María, su hermana, entregaba de su parte sus ropas nuevas a sacerdotes pobres. «Estando mi hermano en casa -decía-,   no tengo nada seguro». Ni siquiera la comida del día.

Y, junto a la compasión y bondad de corazón, encontramos en su vida una enorme actividad, una inquietud apostólica y evangelizadora incansable. Él mismo confesó un día que, a los pocos años de su ordenación sacerdotal, una ambición santa se apoderó de su corazón: no se sentía satisfecho con todos los trabajos que llevaba entre manos: parroquia, enseñanza, misionero por todos los pueblos de la diócesis, apostolado intenso con jóvenes y obreros, escritor... Quería llegar a todas partes y aunar sus esfuerzos con otros sacerdotes que tuvieran sus mismas inquietudes, para trabajar juntos, donde Dios quisiera y como Él quisiera, a las órdenes del obispo, sin ambiciones de cargos o privilegios, ni deseos más que el de trabajar por la gloria de Dios. Inspirado por Dios, se centró   en lo que él llamaba las dos palancas más eficaces para hacer el bien: las vocaciones y la juventud.

Muchísimo tiempo y energías dedicó a la dirección espiritual de las jóvenes en proceso de acompañamiento y discernimiento vocacional. Muchas jóvenes de Tortosa y de los pueblos de la diócesis iban a confesarse con él. Tenía el don singularísimo de conocer e intuir vocaciones. En 1869 organizó la Juventud Católica de Tortosa. Quería una juventud alegre, piadosa y comprometida. Por eso, una de las iniciativas de la Academia de la Juventud fue la de establecer escuelas nocturnas para obreros y artesanos.

En diciembre de 1881, sacó a la luz pública el primer número de la   revista mensual titulada El Congregante de San Luis, con veintidós páginas de texto. Llegó a alcanzar fama, prestigio y carácter nacional. Fue el primer periódico de las Congregaciones Marianas en España. Muy pronto adquirió 2.700 metros cuadrados de terreno para establecer un Gimnasio o Círculo de recreo para los jóvenes.

Llegó a reunir hasta 150 congregantes de la sección de estudiantes. Para adiestrarlos en el apostolado social cristiano, estableció secciones destinadas a recoger ropas, que distribuían luego entre los pobres; a visitar los jueves las cárceles, consolando, obsequiando y disponiendo a los presos para la recepción de los sacramentos, e instruyéndolos en la doctrina cristiana; a rezar a la Santísima Virgen de la Cinta y al Santísimo Sacramento; a repartir entre las clases trabajadoras La lectura popular y otras cosas semejantes.

Su corazón apostólico ideó, en 1886, un proyecto de institución de Maestros Católicos. Soñaba con fundar una Hermandad de Maestros Católicos, levantando para ello colegios adecuados en las ciudades donde hubiese Normales del Magisterio, para ayudarles económicamente y organizarlos en vida de comunidad, durante el tiempo de sus estudios, con el fin de infiltrar en ellos un profundo espíritu cristiano. Por diversas razones, no pudo realizar este importante proyecto. Para salir al paso y contrarrestar los efectos demoledores producidos por cierta publicación tortosina sectaria y blasfema, comenzó a editar en 1871, en unión con su   amigo don Enrique de Ossó, hoy san Enrique, un periódico semanal titulado El amigo del pueblo, «que recibieron -dice él mismo- con gozo indecible los buenos católicos en aquellos aciagos días».

Las vocaciones

El trabajo por las vocaciones se convirtió finalmente en su auténtica obsesión. Pero, al hablar de vocaciones, no pensaba solamente en los sacerdotes y religiosos, sino que incluía también a los seglares, cosa entonces desconocida. «Sí -decía-, todos debemos ser auxiliares de Dios; todos tenemos esta vocación. No estamos destinados a salvarnos solos».

Serán las vocaciones sacerdotales lo que él mismo llamará la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios. En aquel tiempo, el Seminario de Tortosa había sido destrozado por la Revolución del año 1868, y los pocos seminaristas que aún quedaban vivían diseminados por la ciudad, con hambre y sin formación. El encuentro providencial con uno de estos seminaristas le lanzó a trabajar sin descanso para dar casa, calor, comida e instrucción a los estudiantes seminaristas. A mitad de verano, los sacerdotes de la diócesis reciben una carta circular de su puño y letra, en la que les informa que se abre una casa en Tortosa, llamada Colegio de San José, para dar un hogar y formación a seminaristas pobres. A los dos años, tuvo que comprar una casa más grande, porque ya los seminaristas ascendían a 50.   Al curso siguiente, eran 98. Y al año siguiente, 30 más le piden cobijo, y ya no hay sitio.

Tiene 190 alumnos, pero dispersos en distintos lugares de la ciudad. No se puede seguir así, e inmediatamente propone la idea de construir un Colegio, capaz y con las condiciones necesarias para la formación de los futuros sacerdotes. El 1 de enero de 1878, compró los terrenos necesarios; y el 11 de abril, se colocó la primera piedra. El 11 de octubre de 1879 fue inaugurado oficialmente el Colegio de San José de Vocaciones eclesiásticas de Tortosa, con 300 alumnos, más los 100 que continúa manteniendo gratuitamente en un palacio de la ciudad.
Este tipo de Colegio adquirió fama entre los obispos y muy pronto lo fue estableciendo en Valencia, Murcia,   Orihuela,   Plasencia   (Cáceres), Almería, Burgos, y finalmente en Lisboa. De aquí, debido a maniobras sucias de la masonería, los Operarios tuvieron que abandonar su misión en Portugal. En Roma, después de innumerables trabajos y fatigas, fundó, en 1892, el Pontificio Colegio Español de San José.

«Jesús Sacramentado me inspiró la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos», escribe. La Hermandad es una fraternidad sacerdotal: «Hemos de ser sacerdotes, y nada más que sacerdotes, y santos; y trabajar cuando podamos por la gloria de Dios, y, a ser posible, en unión de otros», siendo y viviendo como verdaderos sacerdotes diocesanos, con una dirección común para mantener el espíritu universal y familiar de la Hermandad. Manuel Domingo y Sol sembró, a manos llenas, y al final de su vida dejó establecidos 10 colegios para vocaciones eclesiásticas, la dirección de 18 seminarios en España y América, 2 templos de Reparación, varios conventos de clausura y el Pontificio Colegio Español de San José en Roma. Y todo fue obra de un sacerdote bueno, profundamente eucarístico, con un corazón   que no se cansó de amar, de trabajar infatigablemente, movido por el amor apasionado a Cristo y a los hombres. El 29 de marzo de 1987, fue declarado Beato por el Papa Juan Pablo II. Ahora esperamos que pronto pueda ser canonizado como modelo sacerdotal.



Julio García Velasco

Alfa y Omega

7/2/2008