Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús
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MOTIVACIÓN

 

Queridos operarios:

La celebración de la XXI Asamblea general –como bien sabéis– va a tener lugar en Tortosa por coincidir providencialmente con el año conmemorativo del 1 er Centenario de la muerte del Beato Manuel Domingo y Sol.

Se trata de dos acontecimientos de gracia que convergen. No pue­den ni deben discurrir simplemente en paralelo. La figura de Don Manuel, su vida y su obra, han de ser referencia obligada y fecunda para ambos.

En un caso y en otro, estas efemérides van a significar también para cada operario un verdadero aldabonazo que refuerce nuestra propia identidad y pertenencia institucional.

No comenzamos ahora a preparar la XXI Asamblea general. Llevamos ya desde julio de 2002 cuando iniciamos el sexenio. A lo largo de estos años de oración, reflexión y discernimiento compartido, hemos tratado de hacer viable –gracias a la inestimable colaboración de la Congregación del Clero y de la Comisión jurídica que se creó– el cauce eclesial que nos permita adecuar el espíritu que el Señor inspiró a Mosén Sol en 1883, preservando incluso en su integridad las Constituciones que él mismo redactó de puño y letra.

Sin embargo, el mayor desafío que tenemos que afrontar ahora, una vez que el Santo Padre nos conceda definitivamente el ansiado cambio de figura canónica como Asociación Pública Clerical de Derecho Pontificio, será cristalizar, objetivar, concretar… aquellos indicadores que mejor visibilicen hoy la singularidad de esta fraternidad presbiteral a la que por gracia de Dios hemos sido llamados.

Se trata, sin duda, de un privilegio insólito el que nos ha tocado vivir a los operarios de esta generación. Volver a recrear ahora aquella etapa «constituyente» implica no sólo una gran madurez y responsabilidad por parte de cada uno sino, sobre todo, una mayor fidelidad y santidad, si cabe, para poder así responder mejor a los nuevos retos y desafíos que la Iglesia tiene en el ámbito de la pastoral vocacional.

La decisión que ahora adoptamos es una responsabilidad que asumimos todos. Por eso, a la XXI Asamblea general, debería llegar la voz de cada uno de los operarios, a través de los distintos asambleístas, que refrende el Estatuto y el Directorio de la Hermandad que nuevamente os adjuntamos con las últimas aportaciones enviadas por unos y otros. Será a los asambleístas a quienes les toque estudiar, analizar y elaborar la redacción definitiva que se presente a la aprobación de la Santa Sede.

Estoy seguro que, una vez más, los operarios sabremos estar a la altura cuando tengamos que mostrar nuestro rostro más genuino en aquellos servicios que la Iglesia nos confíe.

 

Angel J. Pérez Pueyo
Director General


UNIDOS
con el vínculo de la caridad

 

 

 

 

Unidos con el vínculo de la caridad es una expresión que Don Manuel siempre incluye en sus múltiples definiciones de la Hermandad y que proponemos como eje transversal de la Asamblea General XXI.

El paso de Instituto secular a Asociación sacerdotal va a cambiar nuestra forma oficial de mancomunarnos. Ya no se hará mediante consagración sino mediante vinculación. Y este vínculo no puede ser otro que el “vínculo de la caridad”, como quería Don Manuel. Un vínculo que no devalúa la exigencia de santidad, sino que busca su raíz en el ministerio. «El sacerdocio, como estado, no está incluido en los estados de perfección, esto es, de obligación de tender a la perfección por medio de los consejos evangélicos, lo cual es propio del estado religioso; pero, por razón de su dignidad, ministerio y oficio, no sólo debe tender precisamente a la perfección, sino que debe suponerla ya, debe ser perfecto; de modo que, en este sentido –si se me permite la expresión– es mucho más exigente y radical que el que está en el estado religioso, porque éste basta que tienda a conseguirla; el sacerdote debe poseerla actu » ( Escritos I, 8, 99).
Si hasta ahora la consagración a Dios en la Hermandad la llevábamos a cabo con la profesión de los consejos evangélicos configurándonos con Cristo, casto, obediente y pobre , ahora es la configuración sacramental con Cristo, cabeza y pastor, la que impone al sacerdote un nuevo motivo para alcanzar la santidad, a través del ministerio que le ha sido confiado y para responder a la gracia que le ha conformado. Como dice el Concilio: «Desempeñando el oficio de buen pastor, los sacerdotes encontrarán en el mismo ejercicio de la caridad pastoral el vínculo de su perfección sacerdotal que reduzca a unidad su vida y acción» (PO 14).

“Ningún tema me parece más propicio como base de toda otra reflexión, que el que nos indica y revela el primer artículo de nuestras Constituciones, o sea, el fin de nuestra humilde Hermandad, esto es, nuestra más fácil santificación nos es inherente por nuestro estado sacerdotal. Haec est voluntas Dei: sanctificatio vestra: ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación en ella. No debo dejar de manifestar aquí que no se ha puesto la ‘mayor' santificación sacerdotal, que en alguna copia de las primitivas provisionales se había puesto y se quitó, y se puso sólo ‘más fácil' por dos razones:
1.ª porque el estado sacerdotal es de por sí, estado de perfección, y allá debe aspirar todo sacerdote, y, por consiguiente, aumento siempre creciente de su santificación; y 2.ª porque la Hermandad debe componerse, y en ella sólo deben ser admitidos aquellos sacerdotes distinguidos, en los cuales debe existir ya el deseo de su mayor santificación, mediante las prácticas de la misma, la vigilancia constante de uno a otros y el mutuo ejemplo y ayuda y vigilancia, y el apartamiento de una vida aislada” ( Escritos I, 6, 54).

Proponemos preparar la Asamblea general XXI en torno a este eje: “Unidos con el vínculo de la caridad”. Caridad que es, en primer lugar, el mismo Dios, que nos une más allá de la solidaridad en el pecado, en la comunidad de salvación; salvación de la que somos instrumentos vivos, unidos a Jesucristo, por el ministerio recibido. Un ministerio, fundamentalmente de comunión y fraternidad en el Espíritu. La Caridad en la que todos estamos enraizados se hace efectiva en la caridad pastoral que nos mancomuna en la misma entrega a la misión compartida y en la caridad fraterna que crea lazos entre nosotros. Todas estas dimensiones quedan significadas sacramentalmente en la eucaristía, “sacramentum caritatis”, “centro y raíz de toda la vida del presbítero” (PO 14).

Así pues, nuestro paso a Asociación sacerdotal conlleva una vinculación (no una nueva consagración con votos) que no es ya sólo de carácter jurídico , sino también sacramental (vinculum caritatis) y fraternal (que nos reúne en equipos de vida y trabajo).

Si antes el contenido de la consagración eran los votos, ¿cuál será ahora el contenido de la vinculación y hasta dónde debe llegar? Para responder a esta cuestión capital proponemos abordar las cuestiones fundamentales de la naturaleza de la Hermandad desde una doble óptica: el operario y la Hermandad –las partes implicadas en el «vínculo»–:

 

1. Disponibilidad del operario / Gobierno en la Hermandad

«No estamos destinados a salvarnos solos»; «el sacerdote no se salva ni se condena solo».
«Lo más amargo en la vida del espíritu, lo mismo en las cosas interiores del alma, que en la ejecución de los actos exteriores en nuestra vida, es la duda y el temor de si cumplimos la voluntad de Dios» (Escritos I, 5, 25).

Como signo y sacramento de unidad a la que está llamada y destinada la gran familia humana, la Iglesia realiza su misión evangelizadora como un solo cuerpo, cohesionado por el Espíritu santo que suscita variedad de carismas y ministerios para edificar la comunión y realizar la misión. La voluntad del Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
La respuesta a esa voluntad divina es nuestra disponibilidad a su plan de salvación sobre el mundo, que queda significada en el celibato sacerdotal, como signo de entrega a Dios, compromiso radical de seguir a Jesús… «señal de amor sin reservas y estímulo de caridad abierta a todos» ( Sacerdotalis Coelibatus 24).
«El Señor despertaba en nosotros santas y superiores aspiraciones. El celo por su gloria nos tenía poco satisfechos en nuestras obras sacerdotales, o en las que aun antes de ordenarnos se presentaban a nuestra vista. Y una ambición santa parecía que hubiera querido lanzarnos a todos los campos» ( Escritos I, 5, 21).

Estamos unidos por el “vínculo de la caridad” estando disponibles para colaborar en el plan de salvación de Dios, en el ministerio de Jesús, realizando, desde el carisma, obras comunes, en un lugar y un tiempo determinados.

a) El operario: El «vínculo» nos compromete a cada operario a la disponibilidad. ¿Qué características tendrá que tener dicha disponibilidad?: ¿universal? ¿condicionada por las obras carismáticas? ¿por las regiones geo­gráficas? ¿por las edades? ¿por situaciones personales...?

b) La Hermandad: La disponibilidad de cada operario la tiene la Hermandad en cuanto gobierno y organización: ¿cómo tiene que ejercerse este servicio para que sea significativo y eficaz?: ¿presencia generacional, de los lugares geográficos, de las plataformas pastorales… en el Consejo? ¿cómo deberían articularse las distintas delegaciones para un servicio de gobierno más ágil y una distribución de personal más eficaz?


2. Austeridad del operario / Los bienes en la Hermandad

«Nada más que sacerdotes y santos... Es el sacerdote en medio del mundo, pero sin querer ser más que un sacerdote. No párroco, ni beneficiado, ni otro cargo, sino sacerdote libre, sin ambiciones, ni deseos más que el de trabajar por la gloria de Dios” ( Escritos I, 5, 22).

La caridad pastoral nos dice que quien es signo portador de la palabra, de la eucaristía y del pastoreo de Cristo lo es también de su modo de amar hasta dar la vida: su solicitud divina por los hombres le llevó hasta despojarse “de su rango y tomó la condición de esclavo... se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz”. Si Dios, que es agape , es la Caridad con la que somos amados, la caridad pastoral es el eros , “la caridad debida”, el celo pastoral que nos une a Jesús en busca de la oveja descarriada, y con él a todos los trabajadores de su viña. Nuestra caridad pastoral tiene su origen fontal en la caridad pastoral de Cristo que nos es transmitida por el Espíritu, a partir de nuestra Ordenación. Ella es «el principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero» (PDV 23). Por eso, los sacerdotes «en el ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal» (PO 14).
El olvido de sí y entrega a los demás queda significado en el estilo de vida desprendido y austero del sacerdote, como el Buen Pastor que, a diferencia del mercenario, no busca su interés y su provecho. La Hermandad, asegurando la atención material y espiritual de los operarios, pone las condiciones para que no falte esta entrega.

«Si os preguntara si todas vuestras aspiraciones eran trabajar donde fuera y como Dios quisiera y a la voluntad de Prelado y en lo que las circunstancias os proporcionaran, pero con verdadero celo de las almas, según vuestras fuerzas y sin buscar ninguna comodidad en vuestro estado, me contestaríais que sí. Y el mantenimiento de este espíritu forma la esencia y naturaleza de nuestra obra». «Debemos agitar la llama de la caridad para llegar a la perfección de la caridad debida, /puesto que/ el sacerdote es más de los otros que de sí. Jesucristo le ha escogido para esto... Además, en el ejercicio de los poderes sacerdotales, somos más para los otros que para nosotros: bautizamos, predicamos, absolvemos, decimos Misa. Verdad que hay profesiones sociales, v.gr.: abogado, médico, pero /lo son/ para sí también. El sacerdote, no. Es el hombre de la caridad y debemos practicarla hoy más que nunca» ( Escritos I, 7, 56).
«No teníamos ninguna mira humana, ni aún de esas que son lícitas en la carrera sacerdotal, nos preocupábamos menos de lo que en otros forma en ellos su pensamiento de colocación, de destino» ( Escritos I, 5, 19).

Nuestra entrega, desprendimiento, “pobreza”, son expresión de nuestra unión por el vínculo de la caridad .

a) El operario: El «vínculo de la caridad» nos compromete a una vida austera. Sostenido por la Hermandad en sus necesidades materiales y espirituales, colaborará con ella con todo lo que percibe por el ministerio. ¿Cómo concienciar y educar en una real praxis de comunicación de bienes? ¿qué signos visibilizarían hoy de un modo más adecuado esta comunicación?

b) La Hermandad: Se obliga a cuidar de los operarios y a tener una previsión de administración-gestión de sus recursos económicos y del mejor aprovechamiento pastoral de las aportaciones de los miembros. ¿Qué aspectos habría que mejorar para llevar una gestión económica más eficaz y más pastoral que manifieste que nuestros bienes están en función de las personas (ancianos, enfermos, aspirantes…) y de los proyectos pas­torales? ¿Qué cauces seguir para una comunión de bienes entre las distintas delegaciones?

 

3. El equipo de operarios / Vida y trabajo en Hermandad

«Nada más que sacerdotes y santos... y a ser posible en unión con otros... Nuestra Obra es lo que harían, concretándolo a una sola parte, tres o cuatro o cinco sacerdotes de una población… los cuales movidos por su piedad y celo, se mancomunasen y se comprometiesen formalmente a ayudarse y sustituirse en las obras que de común acuerdo resolvieran fomentar y favorecer, mediante una rígida obediencia» ( Escritos I, 5, 22).

La fraternidad es un regalo, un don que se ha de suplicar al Señor, como fuente de renovación humana: una obediencia que favorezca la ayuda mutua y que esté al servicio de la misión; directores que manifiesten la caridad con que Dios nos ama; formas de vida en equipo que se inspiren en la caridad fraterna y estén al servicio de la caridad pastoral; vida fraterna y caridad apostólica que se haga oración, servicio y testimonio, que ayude al crecimiento de las personas.

El Concilio Vaticano II (PO 8) dice que los presbíteros «unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental… desempeñan con todo un solo ministerio sacerdotal para los hombres… Cada uno de los presbíteros se une, pues, con sus hermanos por el vínculo de la caridad, de la oración y de la total cooperación, y de esta forma se manifiesta la unidad con que Cristo quiso que fueran consumados para que conozca el mundo que el Hijo fue enviado por el Padre. Además, a fin de que los presbíteros encuentren mutua ayuda en el cultivo de la vida espiritual e intelectual, puedan cooperar mejor en el ministerio y se libren de los peligros que pueden sobrevenir por la soledad, foméntese alguna especie de vida común o alguna conexión de vida entre ellos, que puede tomar formas variadas, según las diversas necesidades personales o pastorales; por ejemplo, vida en común; donde sea posible, mesa común o, a lo menos, frecuentes y periódicas reuniones. Hay que tener también en mucha estima y favorecer diligentemente las asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, por una ordenación apta y convenientemente aprobada de la vida y por la ayuda fraterna, pretenden servir a todo el orden de los presbíteros».

«La obediencia es una ley de la naturaleza angélica y humana y de toda criatura. La obediencia es la base de toda organización. Sin ella no hay cohesión. La tranquilidad que da, una de las cosas que más me han inquietado el hacer las cosas, y saber si es voluntad de Dios, y uno se ha tranquilizado cuando ha podido tener un Director resuelto que le haya dicho sí o no. Pues eso que lo deseamos para nuestra tranquilidad lo tendremos superabundantemente y por deber en la Hermandad. Mas la nuestra no ha de ser puramente una obediencia militar. Somos milicia, mas voluntaria, y siempre hemos de ser voluntarios de Cristo. Pero sí ha de ser una obediencia cordial; no con el fin de un deber sino por voluntario ofrecimiento. Por lo tanto hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato. Este debe ser el distintivo. No quisiera que fuera necesario el ordenarlo en virtud de obediencia, por deber, por mandato. El Operario al cual se le acostumbre a mandar secamente no debe estar satisfecho de sí mismo, será mala señal. Para ello, pues, a nuestros operarios se les permite, y hasta se mandará que manifiesten no sólo las razones que vea de imposibilidad de la cosa, sino aun de la repugnancia que sienta en ella, y aun la inclinación y gusto que siente. Porque como lo principal que se busca en nuestra Obra (que es su fuerza, es la sinceridad) será mejor que lo manifieste así. En cosas grandes y pequeñas. Más en pequeñas que en grandes, más ofende la indiferencia en las cosas pequeñas que en las difíciles» (Escritos I, 5, 26).

Estamos unidos por “el vínculo de la caridad” por la fraternidad, la coordinación y la armonía entre los operarios.

a) El operario: El «vínculo» nos compromete a la obediencia, es decir, a insertarnos en un proyecto pastoral común, en un equipo de trabajo, a coordinar el apostolado concreto con otros, a supeditar nuestros compromisos personales con el proyecto de equipo, a vivir en una casa común, no a nuestro aire sino en equipo. ¿Se percibe un sólido sentido de pertenencia en los operarios? ¿En qué signos se nota?

b) La Hermandad: Creará las condiciones concretas para que se pueda vivir como grupo articulado con unos mínimos comunes y un espíritu de comunión entre sus miembros. Equipos organizados con un director-animador y con tareas y proyectos comunes. ¿Son eficaces los equipos tal como están planteados para la maduración del operario? ¿Dónde colocar los acentos? ¿Qué otro modo de organización podría darse?

 

4. Obras de los operarios / Carisma de la Hermandad

La Obra que Don Manuel ideó «no debía ser sino Pía Unión de Sacerdotes seculares, unidos con el vínculo de la caridad y de una dirección común, para promover, libres de todos otros cargos, los intereses de máxima gloria de Jesús en las diócesis» (Carta a D. Benjamín Miñana, 22 junio 1894). En la constante definición de Don Manuel aparece como objetivo: «para promover los intereses de máxima gloria de Jesús», que no son unos apostolados particulares. Para Don Manuel, en un binomio casi permanente, la gloria de Dios es la salvación de los hombres. Se trata de una expresión que excita el «celo» en toda obra de apostolado. Para Don Manuel el criterio de discernimiento no viene por exclusión de unas tareas y selección de otras, sino al contrario por inclusión de todas. «El celo por su gloria nos tenía poco satisfechos en nuestras obras sacerdotales. Y una ambición santa parece que hubiera querido lanzarnos a todos los campos… no pensando que al fin era un campo muy limitado. Hubiéramos querido tener medios para todo y aunar nuestros esfuerzos para multiplicar así la gloria de Dios… Y el Señor, sin merecerlo, sin advertirlo nosotros casi, sin pensarlo ni poderlo prever, descorrió la cortina y nos presentó un bello panorama, y nos mostró un campo vastísimo, de facilísimo cultivo, de resultados indudables, campo en el cual, y con una vida puramente sacerdotal, pudiéramos impulsar coadunados, a todos los intereses de su máxima gloria, que nuestra piadosa imaginación y nuestro ardiente /celo/ pudiera soñar jamás» ( Escritos I, 5, 19).
Los Colegios de vocaciones, la Obra de las vocaciones sacerdotales, y posteriormente los Seminarios, comenzando con el mismo Colegio español de Roma, son una forma de responder al deseo de llegar a todo. Don Manuel encontró «la llave de la cosecha» de todos los campos de la gloria de Dios en el fomento y la formación del clero.

No está desconectado del primer objetivo la atención a los jóvenes: «El fomento de vocaciones, llave de nuestras empresas. El beneficio que el Señor nos ha hecho [al] convertirnos en apóstoles de las vocaciones nos abre franca entrada hoy ya con todos los jóvenes, y luego más tarde cuando tengáis una red de hijos esparcidos por el mundo». «De las juventudes deben salir, por un lado vocaciones eclesiásticas que pueblen los seminarios, y por otro, hombres prácticamente católicos y fervorosos que lleven la vida a las parroquias». La grandeza de miras («un campo vastísimo») de la formación del clero, también la tiene Don Manuel en la pastoral juvenil: «Tenemos que salvar la juventud y, por medio de ella, la sociedad».

La Iglesia ha señalado, como «un deber de la misión sacerdotal» la siembra de la vocación, «por el que el presbítero se hace partícipe de la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios del Pueblo de Dios» (PO 11). Y esto lo hace fundamentalmente «con el ejemplo de su propia vida humilde y laboriosa, llevada con alegría, y el de una caridad mutua y una unión fraternal en el trabajo» (OT 2). Para la pastoral juvenil y vocacional se requieren «sacerdotes y personas capaces de transmitir, con entusiasmo y con el ejemplo de su vida, el amor a Jesús» ( Pastores gregis 54).

Don Manuel, reconociendo la coralidad de las vocaciones, sitúa a la Hermandad y a los operarios, como generadores de comunión, clase media sacerdotal, en el punto que las une a todas: «Pero me diréis tal vez: todas las almas celosas, todos los sacerdotes dignos, todas las instituciones religiosas tienen idéntico fin y se proponen los mismos objetos: la gloria de Dios, la salvación de las almas, junto con su propia santificación, los intereses de Cristo, en fin, generales. Cierto que todas las almas tienen por objeto los intereses y aun los generales de Jesús, pero no todos los tienen como idénticos medios. Más aún: todos los Institutos tienen además un objeto particular que aun les caracteriza y distingue, para que hermoseen todos juntos a la Esposa de Cristo circundata varietate. Y este carácter particular los reduce, si podemos decirlo así, a cierto círculo determinado, del cual no les conviene salir, si quieren mantenerse en el buen nombre que la Providencia les señaló… No sólo no tienen el carácter de universidad sacerdotal, sino que aun el objeto especialísimo de ellas no tiene el resultado tan trascendental y tan general, y tan eficaz como el nuestro para los intereses de la máxima gloria del Corazón de Jesús» ( Escritos I, 5, 19).

La organización de la Hermandad, «más independiente, libre y desahogada que la del apretamiento de un instituto religioso apostólico», le permite y facilita la «permanencia» eficaz «respecto a los objetos generales de la gloria de Dios en las diócesis, en las parroquias». En cambio, en los institutos religiosos su «misma organización impide a cada uno de ellos el obrar con regularidad y permanencia en las obras a que puedan dedicarse. En estos institutos, el individuo es nada, la obra lo es todo. Y esto que es una gran ventaja para los individuos, y aún más para el Instituto, porque los tiene más muertos, es en cambio ocasión de menos consistencia y resultados para el fomento de ciertas obras permanentes de bien general en las parroquias y aun en las ciudades».

Como si Don Manuel intuyera que la promoción de las vocaciones está inserta en la pastoral general de la Iglesia, más que como una actividad concreta como una dimensión de toda ella (NvnE), indica a los operarios que su carácter puramente sacerdotal y el amplio objeto de buscar «máxima gloria de Dios» les permite llegar a la llave de la cosecha: «Esto por el objeto especial de nuestra Obra que es el fomento de vocaciones eclesiásticas; que nos da entrada hoy, y nos dará con el tiempo en las parroquias, lo que no les sería tan fácil a otras Obras e instituciones sacerdotales. Mas para ser operarios y operar en las parroquias y formar nuestras obras..., la ocasión de un sermón de una fiesta, que sólo por ser forastero ya lo hace bien; unos ejercicios a los jóvenes o las jóvenes, una instalación de una congregación, una conferencia al Círculo de obreros que siempre se puede tener prevenida. El visitar simplemente la vela nocturna a la cual nos llamen y se quejan de mi abandono. Cualquier cosa y sin grandes condiciones».

El vínculo de la caridad nos une en unas mismas obras o tareas apostólicas de «carácter general» en las diócesis. La promoción y formación de las vocaciones es un estímulo para una mayor preparación y formación adecuada «para estar a la altura» de la misión así como una exigencia de santidad.

a) La Hermandad: ¿ofrece los cauces suficientes para que los operarios se puedan dedicar a esta tarea carismática? ¿Tiene tareas significativas que identifiquen su carisma hacia fuera y permita a los operarios vivir su ministerio? ¿Qué obras deberían mantenerse y cuidarse en cada delegación para mostrar esta significatividad?

b) Los operarios: ¿nos preocupamos de nuestra cualificación y formación? ¿brota de nuestra solicitud por todos los hombres y toda la Iglesia nuestra entrega sacerdotal?

 

5. La espiritualidad eucarístico-reparadora

«¿Cómo se concibe tanto sacrificio? ¿cómo se explica tanto heroísmo? Mirad a ese sagrario. Ese es el que sostiene... y sin ayuda suya no podrían sostenerse en esa vida emprendida. Esta es la fragua donde se calienta el corazón y se enardece para sacrificarse por sus hermanos» ( Escritos I, 2, 23).

En la última cena Jesús quiso instituir junto con la eucaristía la unidad del grupo de los apóstoles. Frente a sus disputas por el primer puesto, él con el lavatorio de los pies (Jn 13) da ejemplo del servicio humilde que resuelve los conflictos que causa la ambición y enseña a los primeros sacerdotes a buscar el último puesto. Durante la cena enuncia asimismo el precepto del amor recíproco y da el alimento y abre la fuente que da fuerza para observarlo: “Tomad y comed... Tomad y bebed”. Los apóstoles no serían capaces de amarse como Jesús los amó, pero la eucaristía les da la capacidad de vivir la comunión eclesial y sacerdotal. El modelo de unidad de los discípulos es la que reina entre el Padre y el Hijo y por ello reza Jesús tras la última cena.

El lema que nos hemos propuesto en el I Centenario de la muerte de Don Manuel ha sido otra de esas frases significativas suyas: “Mihi vivere Christus est in Sacramento”. La celebración del Centenario quiere contribuir a mantener fielmente nuestra identidad ministerial, actualizando los sentimientos y actitudes de nuestro Fundador. Él mismo toma como lema de su vida esta expresión de Pablo a Filipenses: «Nuestro es, y aspiramos a que sea, el lema del Apóstol San Pablo: Mihi vivere Christus est: Mi vida es Cristo, y a ello aspiramos, porque a El hemos consagrado nuestro cuerpo, alma, intereses, ambiciones y cuanto tenemos. Pues, mihi vivere Christus est in Sacramento: Nuestra vida interior sea Jesús Sacramentado y olvidado. Con eso seremos perfectos» ( Escritos I, 5, 31).

La espiritualidad eucarístico-reparadora adquiere en nosotros un acento especial, pues como nos dice Don Manuel: «No sólo es uno de los objetos primordiales de la Obra, no sólo es la devoción fundamental; no sólo es el emblema especial o sello de nuestra Hermandad, sino que debe ser el sentimiento peculiar, constante, tierno, interior de nuestros corazones» ( Escritos I, 5, 31). Volver nuestros ojos a Don Manuel y penetrar en sus sentimientos más profundos es un camino seguro para nuestra revitalización como operarios; recrear nuestra propia identidad y vivir con gozo nuestra pertenencia a la Hermandad.


ÍTER A SEGUIR

 

 

 

Cada uno de los puntos señalados podría ser objeto de una reunión de operarios coordinada por los propios asambleístas según criterios geográficos, de edad o de plataformas, de manera que éstos recojan el parecer y el sentir de los operarios al respecto.

En cada reunión se podría elaborar un guión a partir de los contenidos ofrecidos y del Estatuto y Directorio, que aquí se incluye a modo de “instrumentum laboris”, cuyo esquema sería:

1. Lo que dice Don Manuel (sobre ese tema);

2. Lo que establecen nuestras normas (el Estatuto y el Directorio);

3. La vida ordinaria del operario (sus dificultades y problemas reales).