Queridos operarios asambleístas:
Con emoción contenida, en esta casa entrañable donde reposan los restos del amigo del alma, San Enrique de Ossó, me dirijo a vosotros al iniciar en Tortosa, cuna de Mosén Sol, donde fuimos engendrados eclesialmente, la XXI Asamblea general de la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Corazón de Jesús que providencialmente coincide con el 125 aniversario de la fundación de esta singular fraternidad presbiteral y con la conmemoración del 1er Centenario de la muerte del Beato Manuel Domingo y Sol.
Cambio de figura canónica
Efemérides que reforzarán, sin duda, nuestra identidad y pertenencia institucional precisamente en este momento tan significativo para nosotros en que se ha producido el ansiado y anticipado cambio de figura canónica como Asociación Sacerdotal de Derecho Pontificio el día 22 de mayo, festividad del Corpus Christi, que nos va a permitir adecuar fielmente el espíritu que el Señor inspiró a Mosén Sol en 1883 y preservar incluso en su integridad las Constituciones que él mismo redactara de su puño y letra.
Nuestro mayor desafío
Nuestro mayor desafío ahora, como si volviésemos a recrear aquella etapa constituyente vivida por los primeros operarios junto a Mosén Sol, será la de concretar aquellos rasgos que mejor visibilicen hoy la singularidad de esta fraternidad presbiteral, enraizada en la eucaristía, a la que por gracia de Dios hemos sido llamados.
Con el paso del tiempo muchos no distinguirán los matices que ha habido que tener en cuenta para salvaguardar en fidelidad la impronta recibida. Pero sí descubrirán si los sacerdotes operarios con quienes hablen, a quienes escuchen, quienes les proclamen el evangelio o partan para ellos el pan viven realmente con la misma sensibilidad y hondura que vivió Mosén Sol. Vislumbrarán lo que distingue a este puñado de sacerdotes diocesanos, cuya gran fuerza de atracción sigue estando en su estilo de vida familiar ; la vida y trabajo en equipo; la sencillez, capacidad de acogida y austeridad, sin ambición de honores, cargos, privilegios; la espiritualidad eucarístico-reparadora tan propia del clero diocesano; la libertad apostólica, sin ataduras familiares ni económicas; la obediencia cordial, sin servilismos; disponibilidad universal; el celo ardiente por la promoción, formación y sostenimiento de todas las vocaciones, especialmente al sacerdocio.
La fuente, como reconoce el propio Mosén Sol, fue siempre su instintivo amor a Jesús Sacramentado: « si descendiéramos al fondo , al manantial de nuestra piedad, tal vez, tal vez, encontraríamos lo que no habíamos reparado ni discurrido: que el origen de nuestro deseo por el bien y fomento de las vocaciones eclesiásticas , de que Dios tenga muchos y buenos sacerdotes, de que no entren futuros sacrílegos y maleadores de almas, ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado , aun sin darnos nosotros cuenta de ello» (Escritos I, 5º, 31) .
Este ideal hermoso y noble no se consigue, sin embargo, de forma aislada. Aquí es donde la inspiración recibida por Mosén Sol cobra pleno sentido: sólo al lado de otro hermano ? «en unión de otros» según sus mismas palabras? es posible llegar a ser hombre, y sacerdote, y santo. Esta es la verdadera identidad de la Hermandad : Jesús Sacramentado reúne en torno a sí a un puñado de curas y los envía a cultivar las vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas. Tan sencillo, tan estimulante, y al mismo tiempo tan arduo y delicado como eso.
La Hermandad no es más que «la Pía Unión de sacerdotes seculares, para promover los intereses de Jesús, mediante esta unión y sin trabas particulares. No es por lo tanto, en su raíz , la Obra exclusiva con nuestro amor al fomento de vocaciones eclesiásticas . Este fomento ha sido la ocasión y Dios nos ha dado providencialmente este objeto primordial, como medio universal y eficacísimo para el mejor logro de esta unión » (Escritos I, 5º, 55b).
La singularidad
Cómo desearía que redescubriéramos con gozo lo afortunados que somos por el hermoso tesoro que el Señor nos ha regalado al llamarnos a esta singular fraternidad presbiteral; por la riqueza que nos aporta para alcanzar la santidad y la plenitud de sentido en nuestra vida personal y ministerial; por la libertad y autonomía para administrar lo propio y lo común; por la grandeza de espíritu y la altura de miras que proporciona el estar siempre disponible para responder; por el privilegio de poder vivir una doble pertenencia jurídico-afectiva con la diócesis de origen y afectivo-pastoral con la diócesis a la que servimos; por el genuino sello sacerdotal infundido por Mosén Sol sin ninguna otra aspiración que la de ser humildes sacerdotes que trabajan por la gloria de Dios en la Iglesia universal; por la impronta vocacional que Dios ha grabado en nuestro corazón y nos permite valorar todos los carismas eclesiales y favorecer la complementariedad de todas las vocaciones; por la suerte de poder compartir la búsqueda de sentido con los jóvenes mostrándoles la libertad y la plenitud que Cristo les ofrece; por tratar de «eucaristizar» toda la vida como expresión de que es en la eucaristía donde se enraíza nuestra propia espiritualidad como creyentes y como presbíteros.
Y novedad
Y, al mismo tiempo, que nos percatáramos de la novedad que aporta eclesialmente nuestra Obra. Mosén Sol supo, ya entonces, hacer síntesis y armonizar dos binomios: «diocesano-religioso» y «local-universal» que tantos quebraderos de cabeza siguen dando a los Prelados... Inspirado por el Señor supo descubrir en ellos más que un obstáculo el modo más genuino de poder contribuir eclesialmente en las iglesias locales en las que colaboramos:
– Mosén Sol, cuando habla de la «clase media sacerdotal» está pensando en los sacerdotes operarios, como un modelo nuevo de encarnar la fraternidad presbiteral y de ejercer el ministerio. Años más tarde el Concilio le dará la razón al ratificar que la fraternidad presbiteral hunde sus raíces en el propio Sacramento del Orden y recomendará fomentar alguna forma de vida común o alguna comunidad de vida entre los sacerdotes (PO 8).
– Por otra parte, Mosén Sol, tiene la certeza de que la raíz de la identidad del sacerdote operario está en el propio Sacramento del Orden y no en una nueva Consagración con votos. Y este vínculo no puede ser otro que el «vínculo de la caridad». Vínculo que no devalúa la exigencia de santidad, sino que busca su raíz en el propio ministerio.
Un verdadero privilegio el que os toca vivir hoy
Un verdadero e insólito privilegio es el que nos está tocando vivir a los sacerdotes operarios de esta generación. Poder volver a acercarnos a la figura de nuestro beato Fundador, recrear aquella etapa «constituyente», nos va ayudar a reproducir hoy en formas nuevas su misma audacia, creatividad y santidad.. La historia –que siempre ha sido maestra de la vida- nos recuerda que la mayor parte de los avances y progresos sociales y eclesiales se han producido cuando se acierta a redescubrir tradiciones que habían sido olvidadas, ignoradas, silenciadas o descuidadas… Estoy convencido que si nos atrevemos –como nos sugiere nuestro fundador -a reconducir nuestra vida y ministerio desde el instintivo amor a Jesús Sacramentado, nos proporcionará no sólo una gran madurez y responsabilidad en la misión sino, sobre todo, una mayor fidelidad y santidad para responder mejor a los nuevos retos y desafíos que la Iglesia tiene en el ámbito de la pastoral vocacional.
Centremos nuestras mayores y mejores energías en la promoción y atención a los sacerdotes y a cuantos ejercen algún ministerio eclesial, ofreciéndoles el acompañamiento, discernimiento, formación y sostenimiento vocacional adecuado. Tratemos de servir humildemente de fermento en el presbiterio donde trabajemos tratando de recrear su unidad e identidad. Cada día es más frecuente, por desgracia, descubrir su fragmentación y hallar en su interior sacerdotes «heridos», cansados, desencantados, descentrados, «deshabitados»… que buscan ser «asistidos» en otros ámbitos diferentes al que la Iglesia local les ofrece como su hábitat natural, «microclima», de crecimiento y santificación.
Que el Beato Manuel Domingo y Sol, «apóstol de las vocaciones sacerdotales» y los operarios mártires nos ayuden a encarnar su singular modo de vivir y ejercer el ministerio presbiteral y revitalizar los diferentes presbiterios diocesanos.
Con el cariño de siempre.
Ángel Pérez Pueyo
Director general